Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 8
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Capítulo 8

CHRISTIAN

Las luces de Piccadilly se reflejaban en destellos sobre el capó azul metálico del BMW. El motor emitía un rugido suave y constante y llenaba el espacio como un metrónomo que marcaba el ritmo de la conversación.

—Sabías los detalles de la misión —dijo Christian con las manos firmes en el volante.

Su tono era seco y acusador.

Con la espalda recta, Adrian mantenía la mirada fija en las luces navideñas que colgaban de los edificios victorianos, difuminadas por el cristal empañado.

—No podía decirte nada, pero no sabía que mi compañero ibas a ser tú.

Christian apretó los labios y dejó que sus ojos volvieran a la carretera.

—Y ahora que lo sabes, ¿por qué no le dijiste nada a John?

Adrian respiró hondo con los dedos jugueteando distraídamente con el cuero del asiento.

—No lo sé —titubeó.

Christian giró la cabeza lo justo para mirarlo de reojo. Los instrumentos cromados del salpicadero lanzaban reflejos sobre el rostro de Adrian, que esbozó una sonrisa para restar tensión al momento.

—Está bien —dijo Christian al final—. Vamos. Tenemos mucho que hacer. Te quedas en mi casa. Te guardé la bolsa del Arsenal en el maletero.

—Vaya coincidencia.

—Sí, mucha. —Christian sonrió levemente mientras giraba hacia Tower Hill.

—Es solo temporal —dijo Adrian de repente.

Christian asintió, pero no pudo evitar que una idea se le atravesara: seis meses de romance a escondidas no encajaban en su definición de «temporal».

—¿Qué le dijiste a tu mujer? —preguntó con cautela.

—Le dije que necesitaba un tiempo para estar solo, pero no pareció sorprenderse… Como si lo hubiera sabido todo el tiempo.

Christian chasqueó la lengua.

—Estás más cabreado porque tu mujer se lo tomó con calma que por haber salido del armario.

—No tiene gracia.

—No pretendo que la tenga.

Adrian cruzó los brazos y desvió la mirada incómodo.

—Hablaremos del tema en otro momento.

Christian guardó silencio y se concentró en la carretera mientras las calles de Londres pasaban en una sucesión de luces y sombras.

—Tú no sabes lo que es abandonar a una mujer y una hija —murmuró Adrian rompiendo el silencio.

—¿Quieres que te lleve de vuelta? —replicó sin apartar los ojos del camino.

—No quise decir eso. Yo…

—Mira —le cortó Christian—, yo nunca te he obligado a nada.

Él lo miró en silencio, como si buscara las palabras adecuadas, antes de poner una mano sobre el muslo de Christian. Este sintió un cosquilleo en el estómago que le resultaba tan familiar como inquietante.

—Para el coche —le ordenó Adrian con suavidad.

—¿Aquí?

—Aquí.

Él detuvo el coche junto a un callejón, iluminado tenuemente por farolas que titilaban en el aire frío de la noche.

Adrian se inclinó hacia él, rodeándolo con un abrazo que tenía tanto de consuelo como de desesperación. El abrazo fue tan fuerte que dolió. Como si Adrian intentara fundirse con él, agarrarse a un mástil. Anclarse a algo que lo mantuviera a flote.

Christian mantuvo las manos en el volante y dejó escapar un suspiro, aliviado y tenso al mismo tiempo, permitiendo que el momento se alargara entre ellos.

Lo miró de reojo mientras Adrian seguía aferrado a él, y se permitió un momento de vulnerabilidad en su interior. Amaba a ese hombre, pero se preguntaba si alguna vez Adrian podría amarse a sí mismo lo suficiente como para amarlo a él de verdad.

En ese instante, las realidades paralelas de su relación se hicieron palpables para Christian. Había noches en las que creía en Adrian con todo su ser, y otras en las que fingía creerle para no perderlo.

Esa noche no supo si lo creía o simplemente quería creerle.