Capítulo 6
JERÓNIMO
Pasaban las nueve de la noche cuando Jerónimo metió la llave en la cerradura del apartamento de su padre, situado en la zona del antiguo Reino de Valencia. Sabía que su padre no lo esperaba.
—¿¡Papá!?
El vestíbulo estaba en penumbra, apenas iluminado por el resplandor tenue de una farola que se colaba entre las cortinas mal cerradas.
Le dio a la luz. El caos del ambiente era el mismo de siempre, con un aire familiar que lo reconfortaba y lo irritaba a la vez.
El pasillo tenía el olor persistente del tabaco Ducados que su padre, a pesar de sus intentos fallidos por dejar de fumar, no lograba erradicar.
La Navidad se acercaba y, aunque habían prometido pasarla juntos, la realidad era que ambos vivían en un estado de desconexión incómoda.
Desde la separación de sus padres, su madre se había mudado a Castellón con Gabriel, su hermano pequeño, y pasarían las fiestas con una tía.
Jerónimo, tras semanas de discusiones porque se negó a abandonar Valencia, había aprendido a vivir por su cuenta en un piso compartido con otros tres estudiantes.
Sin embargo, había mantenido el acuerdo tácito de cenar con su padre los lunes.
Una costumbre que Antonio consideraba una tregua silenciosa en su tensa relación. Ese día era miércoles.
Jerónimo cruzó el pasillo hacia el comedor y dejó la bolsa del trabajo en una silla.
El desorden habitual reinaba en la estancia: papeles, pólizas de seguros y documentos apilados caóticamente en la mesa del comedor, que ahora estaba convertida en oficina improvisada.
Podía imaginarse a su padre, con su cabello canoso y expresión cansada, sentado allí.
Aunque todavía tenía una corpulencia que lo hacía parecer imponente, últimamente parecía encogido, como si el caos estuviera ganándole la batalla.
—¿Papá? ¿Estás en casa?
El silencio fue la única respuesta.
En una esquina del comedor, el tendedero seguía lleno de ropa arrugada desde el lunes. Camisas y pantalones colgaban como una metáfora de la vida de Antonio: suspendidos, a la espera de encontrar su lugar.
Su padre nunca había sido organizado, pero la ausencia de su madre se hacía evidente en los pequeños desastres cotidianos que se acumulaban.
Cogió una taza de café olvidada en la mesa y la llevó a la cocina.
El fregadero estaba lleno de platos sin lavar.
Abrió la nevera y encontró una fiambrera con macarrones que su padre había preparado la noche de su última cena juntos.
Destapó el recipiente y lo olió. Aún parecían comestibles. Metió la fiambrera en el microondas, pero algo lo detuvo antes de pulsar el botón. Dejó la cocina atrás y se dirigió al dormitorio de su padre.
La puerta estaba entreabierta, dejando pasar un débil rayo de luz del pasillo. Empujó con suavidad.
—Papá… soy Jero. ¿Estás durmiendo?
Encendió la luz. La habitación estaba vacía. La cama estaba deshecha, las sábanas arrugadas en un desorden que parecía haberse congelado desde la última vez que Antonio dejó la habitación con prisa. Jerónimo se acercó y, de forma automática, empezó a alisar las sábanas y la colcha.
Recorrió la habitación con la mirada, buscando alguna señal de dónde podía estar su padre. Desde hacía meses, Antonio viajaba con frecuencia a Madrid por trabajo, y últimamente, incluso cuando estaba en Valencia, parecía siempre ocupado, resolviendo problemas que nunca explicaba.
Pero esta vez no había mencionado nada.
Volvió al comedor y se desplomó en el sillón donde su padre pasaba horas entre papeles.
Desde que Jerónimo se mudó con los estudiantes, las conversaciones con su padre se habían diluido, cada vez más espaciadas, cada vez más tensas. Ambos parecían esperar algo del otro sin saber exactamente qué.
Sin darse cuenta, se quedó dormido en el sillón.
Cuando despertó, el cuello le dolía por la mala postura.
La casa estaba en completo silencio, salvo por el lejano sonido de un coche que pasaba por las calles desiertas.
Recordó los macarrones en el microondas.
Se levantó, los calentó y se sentó a la mesa, rodeado del desorden.
Siempre había sentido que su padre esperaba demasiado de él, pero ahora parecía ser él quien esperaba algo de su padre. Una señal de que aún podían compartir algo más que el silencio.