Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 5
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Capítulo 5

CHRISTIAN

Entre taxis negros y autobuses rojos de dos pisos, Christian se incorporó al tráfico de Piccadilly y avanzó en la noche. Enderezó la espalda y sacudió ligeramente la cabeza, intentando alejarse de la incomodidad de la conversación con Adrian y preparándose mentalmente para la cita con John McCabe.

Al llegar a Annenberg Courtyard, frenó suavemente junto a un majestuoso árbol de Navidad que proyectaba destellos de colores en el frío patio adoquinado.

Apagó el motor, salió del coche y notó que Adrian había dejado algo olvidado en el asiento trasero: una bolsa del equipo de fútbol del Arsenal con el icónico cañón blanco bordado sobre un fondo rojo.

La agarró, todavía irritado, y la lanzó al maletero con más fuerza de la necesaria.

Un conserje de rostro redondeado y mejillas coloradas apareció junto a él.

Sin cruzar palabra, le entregó la llave del BMW y el hombre desapareció con el coche en la noche.

Al levantar la vista, Christian vio a su jefe, John McCabe, observándolo desde un ventanal en el segundo piso.

Alzó la mano para saludarlo, pero John desapareció casi al instante como un espectro.

Su jefe siempre tenía un lugar nuevo para reunirse.

Un hombre vestido de negro, con la postura rígida de un portero de hotel de lujo, lo esperaba junto a una gran puerta de entrada a la Royal Academy of Arts. Sin pronunciar palabra, el hombre inclinó apenas la cabeza antes de girarse y guiarlo hacia el interior.

Christian lo siguió por un pasillo alfombrado en tonos cálidos con un tenue aroma a madera pulida y cuero envejecido.

En las paredes colgaban retratos de personajes ilustres de la época victoriana que lo observaban con un silencio solemne.

Subieron una escalera de mármol y al llegar al segundo piso, el guía abrió una puerta que daba paso a una pequeña sala presidida por una mesa redonda de caoba pulida rodeada de sillas de cuero marrón oscuro.

Tomó asiento, paciente pero invadido por una curiosidad inquieta.

Trabajaba para una organización secreta no gubernamental que le ofrecía una vida de espionaje, riqueza y viajes.

Podía sonar muy glamuroso, pero su trabajo era bastante aburrido la mayor parte del tiempo.

Para el mundo, era solo un tripulante de cabina de British Airways.

En secreto, era un mensajero de información confidencial.

Era el arte de pasar desapercibido: un mensajero dentro de una organización fantasma.

Estaba bien pagado y el riesgo era relativamente bajo, pero Christian anhelaba algo más.

Quería un papel que le diera verdadera relevancia en la organización.

Un suave clic interrumpió sus pensamientos.

La puerta lateral se abrió y apareció John McCabe, apoyado en su bastón.

Era un hombre alto y delgado con una presencia imponente que, incluso cojeando, llenaba cualquier sala.

Su rostro, cincelado por profundas arrugas, evocaba la firmeza de un águila vieja que aún conservaba su mirada penetrante.

Lo más distintivo era su bastón: una pieza de madera oscura con un león tallado en la empuñadura que parecía una extensión de su brazo derecho.

No solo le daba apoyo, también ocultaba un cuchillo en su interior.

Se acercó a Christian y le dio un beso en la frente.

—¿Cómo está, muchacho? —saludó con su particular acento americano.

—Bien, jefe —respondió Christian, observando la opulencia del lugar—. Veo que ha subido de nivel. La última vez que recibí un encargo, nos reunimos en una de las estaciones fantasma de Londres.

John tomó asiento y dejó el bastón junto a él.

—Cierto, la estación de Aldwych —dijo con una sombra de ironía en la voz—. Pero esta vez, muchacho, el encargo es distinto. Quiero que sea parte activa de una misión.

—¿Como informante?

—No. Como agente de campo.

Christian se inclinó hacia delante, sorprendido.

—Vaya… ¿El genio de la lámpara me ha concedido mi primer deseo?

—Y el único. No abuse de su suerte.

—¿Qué… qué tengo que hacer?

John lo observó con mirada calculada.

—¿Qué sabe sobre Pinochet?

Christian se rascó la barbilla.

—¿Dictador chileno amante de los golpes de estado? También experto en convertir estadios de fútbol en cárceles y… déjeme pensar… Ah, sí, las malas lenguas dicen que fue amigo íntimo de nuestra querida Thatcher. Una relación… un tanto… peculiar.

—Muy gracioso. Nunca he entendido el humor inglés. Si a eso lo llaman sofisticación, me quedo con mi humor americano.

—Mi humor es directo y sin filtros como el de mi madre. El inglés es sutil, el americano expresivo y el danés… bueno, brutal y honesto. Debería viajar más, jefe. Ampliaría horizontes.

John reprimió una sonrisa.

—Precisamente de eso va su misión. Un juez español pidió la extradición de Pinochet aquí en Londres y ha desatado una tormenta diplomática. Recibimos un chivatazo: existe un material sensible que podría arruinar la reputación del juez y desestabilizar todo el proceso.

—¿Qué tipo de material?

—Un carrete de fotos. Nadie sabe con certeza qué contiene, pero podría poner en peligro la orden de extradición. Nuestro trabajo es asegurarnos de que ese carrete no vea la luz, y que la orden de extradición siga su curso sin interferencias.

Christian asintió, reflexionando.

—¿Dónde está ese carrete?

—En manos de un empresario de clubs nocturnos y escondido en el cajón de la oficina de uno de sus negocios.

—¿En un cajón?

—En el informe están todos los detalles. Ya verá que es un trabajo sencillo. El carrete cayó por casualidad en sus manos y ni siquiera sabe lo que contiene ni las consecuencias que podría tener si ese carrete viera la luz pública.

—¿Y quiere que yo entre y lo recupere?

—Correcto. Es un club un tanto especial.

—¿Cómo de especial?

—Trafican con hombres. Por eso pensé en usted. Pasará desapercibido.

—¿Debería tomarlo como un halago?

—Tómelo como quiera. ¿Entiendo que acepta?

Christian asintió con entusiasmo.

—¿En qué barrio de Londres?

—Yo no he dicho nada de Londres. Mañana por la mañana volará a la ciudad de Valencia, España. Y no irá solo. Será necesario que confíe en alguien más para esta misión.

El reloj de cuco marcó las nueve de la noche y un par de toques suaves resonaron en la puerta.

—Adelante —dijo John, reclinándose hacia atrás—. Christian, quiero que conozca a su compañero.

La puerta se abrió y Adrian entró, incapaz de disimular su sorpresa al encontrar a Christian.