Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 4
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Capítulo 4

JERÓNIMO

Al mismo tiempo en Valencia…

Un frío húmedo se colaba entre las calles de Valencia. Las luces navideñas, colgadas como luciérnagas atrapadas en las ramas desnudas de los árboles, iluminaban con destellos cálidos los rostros de la gente que atravesaba la plaza del Ayuntamiento a paso ligero, envueltos en bufandas y abrigos.

En un rincón de la plaza se encontraba la cafetería en la que Jerónimo pasaba las horas sirviendo cafés, sin imaginar que una visita inesperada cambiaría su vida para siempre.

A sus diecinueve años, era alto, como un árbol que aún no hubiera terminado de crecer.

Su cabello castaño oscuro y revuelto caía sobre unos ojos verdes que denotaban curiosidad, aunque estuvieran cansados.

Vestía una camisa blanca algo gastada y un delantal verde manchado de café, testigos de largas horas de trabajo.

El salón estaba vacío de clientes. Jerónimo pasaba el paño por las barandillas por segunda vez en la última hora. Se detuvo un momento y observó el exterior a través del cristal empañado, como si las luces de la ciudad pertenecieran a otro mundo, distante y ajeno a su rutina monótona.

—Sigue limpiando.

La voz del encargado lo sacó de sus pensamientos. Era un hombre corpulento, con músculos marcados bajo una ajustada camisa y una sombra de barba mal afeitada que cubría su mandíbula cuadrada.

—Es la segunda vez que lo hago en la última hora —replicó Jerónimo con tono cansado.

—No hay clientes. Algo tendrás que hacer, ¿no? No te vas a quedar ahí parado.

Jerónimo no insistió. Su estómago rugía, pero ignoró el hambre y siguió limpiando. El encargado estaba detrás de la barra. Inspeccionaba los sándwiches de la vitrina con gesto distraído, moviendo al frente los que estaban más próximos a caducar.

—Oye, hay una asociación en el barrio del Carmen —dijo Jerónimo al acercarse—. Podría llevarles los sándwiches que vamos a tirar hoy.

—No quiero mendigos en la puerta de la cafetería. Se me caería el pelo.

—No vendrían aquí. Los llevo yo a la asociación y ellos se encargan de repartirlos.

—Que no, Jerónimo. No hagas más el indio y sigue trabajando.

«Hacer el indio». Esa maldita frase se la repetía cada vez que le venía en gana.

Apretó los dientes y guardó silencio. Era una broma estúpida, como si fuera la excusa perfecta para humillarlo «amigablemente».

No había elegido su nombre, pero tampoco le parecía tan raro.

Había otros Jerónimos. Además, prefería que lo llamaran Jero.

El salón seguía vacío. Mientras el encargado revisaba la bollería, Jerónimo se perdió en las tareas monótonas de la tarde. Cada día era igual. Para un joven sin estudios, ese trabajo era una de las pocas opciones que tenía. O la cafetería o un local de comida rápida.

Faltaba media hora para terminar su turno cuando el encargado lo llamó de nuevo.

—¿Estás ciego? Acaba de llegar un cliente a la terraza.

Jerónimo se giró y salió rápidamente. En una de las mesas, un hombre de unos cincuenta años, con pelo casi blanco y perfectamente peinado, esperaba sentado.

Llevaba un abrigo largo de corte clásico que parecía hecho a medida y que contrastaba con una bufanda de colores vivos que rompía la monotonía del gris de la tarde. Entre sus dedos sostenía un purito.

El hombre levantó la mirada justo cuando Jerónimo sacaba su bloc y boli, y exhaló una fina nube de humo que se disipó en el aire frío.

—¿Qué va a tomar?

—¿Qué me recomiendas? —preguntó el cliente mirando el menú.

—¿Café?

—Tenéis tantos cafés raros.

—El café de canela es lo más popular ahora por Navidad.

—Ese mismo.

Jerónimo llevó el pedido a la barra y al volver a la mesa notó que el hombre lo observaba con una sonrisa traviesa.

—Su café.

—¿Eres el hijo de Antonio, el inspector de seguros?

Jerónimo parpadeó desconcertado.

—Sí… ¿Cómo lo sabe?

El hombre dio un sorbo al café.

—Conozco a tu padre. Lleva los seguros de mi empresa. Soy cliente suyo desde hace años. Está separado, ¿verdad?

Jerónimo asintió incómodo.

—El año pasado…

—Hay confianza. Háblame de tú. Me llamo Teodoro, pero todos me llaman Teo. Teo el Feo —y soltó una risa—, aunque con encanto. Así me dicen mis amigos.

Jerónimo sonrió por cortesía.

—¿El café bien?

—Horrible.

—Oh…

—No pasa nada. Tú no tienes la culpa.

—¿Quiere… quieres otra cosa?

—Gracias, pero no.

—Bueno, tengo que seguir.

—Claro, no te molesto más. Dale recuerdos a tu padre. Esta mañana pasé por su oficina, pero no estaba.

—A veces hace visitas a domicilio.

—Lo sé. Ya le das recuerdos cuando lo veas.

Jerónimo dudó un momento.

—No vivo con mi padre.

—¿Vives con tu madre?

—Comparto piso.

—Anda, qué moderno. Eso está muy bien. Aun así, eres muy joven.

—Estoy terminando el C.O.U. a distancia.

—¿Y cuándo ves a tu padre?

—Ceno con él los lunes. No paso por su casa hasta la semana que viene.

Teo deslizó una tarjeta por la mesa.

—Toma. Por si te interesa cambiar de trabajo. No te pagaré mucho más que aquí, pero las propinas son buenas. Y te aseguro que será más interesante que limpiar barandillas.

Jerónimo echó un vistazo rápido al encargado, que estaba distraído con la máquina de café, y se guardó la tarjeta en el bolsillo.

—Gracias.

—Recuerda: Teo el Feo —dijo levantando el dedo índice como una pistola apuntando juguetonamente hacia Jerónimo, y le guiñó un ojo.

Cuando volvió a la barra, el encargado lo llamó.

—Oye tú, no te pagan por charlar con los clientes.

—No lo conozco. Es un cliente de mi padre.

—Pues vaya pinta de maricón que tiene el cliente de tu padre.

La rabia le subió por la garganta.

—Sí, están en todas partes —replicó cargando la frase de ironía que el encargado no captó.

Este miró el reloj.

—Te quedan diez minutos. Cambia las bolsas de basura y te puedes ir.

—¿Y los sándwiches…?

—Ya te he dicho que no.

Jerónimo agarró las bolsas pesadas y abultadas. Una de ellas goteaba un líquido oscuro con olor agrio a café. Al apresurarse para no manchar el suelo, un periódico cayó. Lo recogió y se lo guardó bajo el brazo.

Cuando llegó al cuarto de empleados para cambiarse, encontró la tarjeta de Teo en su bolsillo. Había escrito una dirección cerca de la playa de la Malvarrosa. La miró un momento antes de guardarla de nuevo.