Capítulo 3
CHRISTIAN
Mientras pasaban junto a la estación de Hyde Park Corner y entraban en Piccadilly, Christian estaba concentrado en el tráfico. De vez en cuando, desviaba la mirada hacia el reflejo de Adrian en la ventanilla: serio, distante, con los ojos perdidos en las luces de la ciudad.
—John quiere vernos —comentó Christian, rompiendo el incómodo silencio.
—Lo sé —susurró Adrian sin apartar la vista del cristal—. Quiere vernos por separado, primero a ti y luego a mí.
—¿No te parece raro? La misma noche, a los dos.
Adrian encogió los hombros.
—Casi no conozco a John McCabe.
—No sé… Me parece raro.
—Chris, tú no eres agente de campo. La red de informantes y los agentes de campo trabajamos por separado.
Christian chasqueó la lengua.
—¿Red de informantes? Suena muy bonito, pero la verdad es que me paso el tiempo sirviendo cafés en un avión mientras observo a algún «objetivo sospechoso».
—Detuvo el coche en un semáforo en rojo y respiró hondo—.
Las pocas veces que estoy en el exterior, es para sentarme en un banco durante horas y anotar quién entra y quién sale de alguna embajada o edificio gubernamental, para luego ponerme el uniforme de tripulante de cabina y volver a servir cafés.
—Sé lo frustrante que es.
—No, no lo sabes. Solo soy el chico de los recados. Y ya se lo he dicho a John. Se lo he repetido muchas veces. Estoy listo para algo más grande. Pasar información se me ha quedado pequeño.
El semáforo cambió a verde, pero antes de que Christian pudiera reaccionar, un bocinazo lo sacó de sus pensamientos. Tensó el volante y miró por el retrovisor.
—¡Ya voy! —gruñó acelerando con brusquedad.
Adrian se agarró al reposabrazos de la puerta.
—Chris, no te lo tomes así. Ser agente de campo no es para todos.
—Sé que estoy preparado y John también lo sabe.
Adrian suspiró.
—A veces, las cosas no salen como uno espera.
Christian lo miró de reojo.
—Sé que estás pensando en España otra vez. Nunca me contaste los detalles, pero no puedes ocultarme que esa misión te marcó.
—Lo sabes de sobra. La misión terminó en un baño de sangre. Cuando volví a Londres, me obligaron a tomar unas vacaciones forzadas. Ahí fue cuando John me ofreció algo diferente. Fin de la historia.
Christian apretó los labios, conteniéndose. Demasiadas emociones para una sola noche, pensó. Pero entonces, Adrian se pasó la mano por el cuello como si aflojara el nudo de un recuerdo que llevaba demasiado tiempo apretando.
—La costa gallega —empezó con voz cansada—.
El MI6 colaboraba con las autoridades españolas para interceptar un cargamento de armas.
Pasamos semanas preparando esa operación.
Yo mismo elegí el sitio, el equipo, el momento.
Todo. Estaba de vigía, algo más alejado del grupo para cubrirlos, pero…
cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, ya era tarde.
Nos esperaban. Alguien dio el chivatazo y la noche se convirtió en una carnicería.
—Adrian apretó los dientes con la mirada fija en el parabrisas, como si las imágenes de aquella noche aún se proyectaran frente a él—.
Teníamos un operativo perfecto: inteligencia, contactos, incluso agentes locales…
Y en una sola noche, todo se vino abajo.
—¿Y tú?
—Escapé. Mis compañeros no tuvieron la misma suerte.
Volvió a mirar por la ventanilla, buscando consuelo en el reflejo de la ciudad.
—Y dejaste el MI6.
Adrian asintió lentamente.
—Más o menos. Cuando volví a Londres, intenté…
intenté justificarlo. ¿Sabes? Me decía que en este mundo hay vidas que se pierden en el camino.
Pero cada vez que cerraba los ojos, veía esas caras.
Me di cuenta de que no podía seguir. Al final, me fui…
o más bien, me dejaron ir. Fue lo mejor para todos.
Christian le rozó la pierna con suavidad.
—Nunca me contaste esto con tanto detalle. No sabía que lo llevabas tan dentro.
Adrian soltó el aire como si se diera tiempo para buscar las palabras adecuadas.
—Hoy un poco más. Vuelvo a España. John me manda a Valencia.
—¿Para qué? —Christian no ocultó la sorpresa en su voz.
—No lo sé. Por eso quiere verme.
—¿Sabe lo de la misión en la costa gallega?
—Solo lo sabes tú. Es confidencial, pero ocurrió. Las autoridades españolas terminaron el trabajo que mi equipo no pudo, y ahora esos criminales están entre rejas. ¿Podemos cambiar de tema?
—Claro.
—¿Por qué me miras así?
—Porque deberías dejar de echarte la culpa de lo que pasó.
—Insisto. Quiero cambiar de tema.
Christian suspiró, notando la barrera entre ellos. Tras medio año juntos, Adrian empezaba a abrirse, pero todavía intuía que le ocultaba algo. Había ganado una batalla, pero quedaba la guerra de ganarse su plena confianza.
Entraron en una bocacalle de Piccadilly y estacionaron a un lado para tomar un respiro.
—Baja del coche —le dijo a Adrian desactivando el sistema de cierre—. Sea lo que sea de lo que quiere hablar John, no quiero que nos vea juntos. Ve andando.
Adrian no se movió.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Va en contra de la política de la organización.
—¿Y no se supone que es una organización apolítica?
—No tergiverses mis palabras. Las parejas no van a misiones juntas. Son las normas.
—¿Y qué te hace pensar que esta misión nos incluye a ambos?
—Porque quiere vernos a los dos.
—Por separado —puntualizó Adrian marcando cada sílaba—. Chris, soy agente de campo. Me mandan a España y John quiere comunicarme los detalles. Eso es todo lo que sé.
Christian sacudió la cabeza con frustración.
—No. Si fuera así, no nos habría citado a los dos esta misma noche con solo media hora de diferencia.
Adrian respiró hondo.
—Sea lo que sea, John McCabe tiene que saber que tenemos un vínculo.
—¿Un vínculo?, para ti, ¿lo nuestro es solo un vínculo?
—Sabes a lo que me refiero.
—¿A que puedo dibujar las pecas que tienes en lugares que ni tú puedes ver?
—Chris, ¿de verdad tienes que ser tan gráfico?
Christian suavizó el tono, pero su convicción seguía firme.
—Tú acabas de empezar en la organización. Yo conozco bien a John. No pierde el tiempo. Cabe la posibilidad de que colaboremos en la misma misión y los «vínculos» sentimentales no están permitidos, por eso es mejor no decir nada.
Adrian cruzó los brazos.
—Tiene que saberlo.
—No, no tiene que saberlo —respondió Christian levantando la voz—. No le dirás nada.
Adrian apretó la mandíbula.
—Toda mi vida ocultándoselo a mi mujer, ¿y ahora se lo tengo que ocultar a nuestro jefe?
Sin decir nada más, salió del coche, cerró la puerta de un golpe y se alejó en la noche.
Christian gruñó frustrado y encendió el motor. Mientras conducía hacia su cita con John, murmuró entre dientes:
—Es un cabezón… un maldito cabezón…