Capítulo 2
CHRISTIAN
Londres, unos días antes…
Christian apretó los nudillos contra el volante de su BMW Z Roadster azul metálico con la mirada fija en el retrovisor, como si en ese reflejo pudiera vislumbrar su destino.
Christian contuvo la respiración, expectante, con la esperanza de ver a Adrian cruzar la puerta de aquella casa para no volver a entrar jamás.
Su amante estaba confesándole a su mujer que era homosexual.
Que lo había sido siempre.
Que quería ser libre.
Sin mentiras.
Junto a Christian.
Pero… ¿Y si Adrian cambiaba de opinión? ¿Y si decidía no enfrentarse a la verdad y regresaba a su papel de marido y padre perfecto?
Sabía que vivir en una mentira protegía al mentiroso, pero consumía en silencio a quienes compartían con él esa farsa.
A los treinta y tres años, Christian se había convertido en la versión más sólida de sí mismo.
Su rostro, de líneas angulosas y herencia vikinga, enmarcaba unos ojos azules intensos que aún conservaban una picardía juvenil.
Su cabello rubio, alguna vez rebelde y desordenado, se había suavizado con los años.
Miró una vez más por el retrovisor, con el cuerpo tenso y encogido en el asiento, como si en ese rectángulo empañado pudiera hallar alguna señal de lo que sucedía al otro lado de la puerta, en la intimidad de aquel hogar.
La silueta de una niña apareció tras las cortinas del primer piso y Christian sintió una incomodidad casi física. Era una culpa que no podía arrancarse del pecho.
Entonces, la puerta de la casa se abrió y Adrian salió con una bolsa de viaje en la mano. Christian sintió un alivio profundo, casi eufórico, al verlo atravesar la calle con paso firme y sin mirar atrás.
Recordó las veces que Adrian había mencionado, de forma velada, sus conflictos internos: cómo desde joven había sentido una atracción que no encajaba con lo que le habían enseñado que era lo normal, y cómo había intentado suprimir esos sentimientos.
Así que se casó, formó una familia y esperó a que así las dudas desaparecieran.
Pero las dudas se hicieron más fuertes con los años.
Y esa noche era un punto de inflexión en la vida de ambos, pero especialmente en la de Adrian, una batalla contra años de negación, de miedo y de culpa.
Christian sabía que la atracción de Adrian hacia él no solo era deseo.
Era también rabia, conflicto, una herida abierta entre lo que quería ser y lo que el mundo esperaba de él.
Lo único que podía hacer ahora era estar allí, sostenerlo en silencio y esperar que, con el tiempo, Adrian aprendiera a perdonarse por todo lo que no había podido ser.
Entró en el coche sin decir palabra y dejó caer la cabeza contra el respaldo del asiento, como si la vida que acababa de abandonar al otro lado de la calle pesara demasiado sobre sus hombros.
Era un hombre unos años mayor que Christian. Sus ojos, de un azul oscuro con toques verdes, tenían una seriedad que rozaba la melancolía. Las primeras canas asomaban en sus sienes dándole un aire de madurez. Su sonrisa era tan escasa como cautivadora.
Christian sabía que Adrian había aprendido a convivir con sus propias contradicciones y que, para que su relación funcionara, él tendría que respetar esos espacios de duda y silencio.
Con las manos aún firmes en el volante, habló con suavidad, intentando romper la burbuja de tensión.
—¿Estás bien?
Adrian asintió sin mirarlo.
—Arranca —dijo con un tono más brusco de lo que esperaba.
Christian miró al frente, apretó el volante y arrancó el coche. Sentía la urgencia de decirle que había hecho lo correcto, que no había nada de lo que arrepentirse, pero se contuvo. Adrian necesitaba tiempo y espacio para procesarlo.
Finalmente, Adrian rompió el silencio con un murmullo como si hablara más para sí mismo:
—No imaginé… que dolería tanto.
Christian asintió y le apretó suavemente el muslo. Quería recordarle que ahora estaba a salvo, que el dolor se iría disipando con el tiempo. Pero también sabía que cualquier palabra en ese instante podría sonar vacía. Así que decidió no decir nada y que el silencio les hiciera compañía.
Condujeron por Brompton Road, donde luces festivas colgaban como cortinas de estrellas. Tenían una cita con John McCabe, su jefe, y una nueva misión.
Christian recordaría aquella noche por dos razones: la primera, porque Adrian había dejado a su mujer e hija para estar con él; la segunda, porque después de aquella misión, Adrian también lo dejaría a él… aunque nunca imaginó de qué manera se iría de su vida.