Capítulo 1
JERÓNIMO
Jerónimo rascó la sangre reseca bajo las uñas mientras esperaba que abrieran el mostrador de Iberia en el aeropuerto de Manises, en Valencia.
Estaba sentado en una de las frías sillas de plástico, rodeado por un silencio roto apenas por la radio del servicio de limpieza. A esas horas de la mañana, Bryan Adams susurraba « on a day like today » desde algún rincón indefinido, como si fuera la banda sonora de su huida.
De repente, el sonido metálico de las persianas subiendo marcó el inicio del día en el mostrador de Iberia.
Jerónimo se levantó y sintió agujetas y un temblor leve en las piernas tras haber corrido a toda velocidad por las calles del barrio del Carmen, huyendo de la redada policial y de algo mucho peor.
Avanzó hacia la ventanilla, donde una azafata pelirroja estaba terminando de colocarse. Ella le sonrió, profesional, pero con un toque infantil que le resultó incómodo.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarte?
Jerónimo carraspeó y tragó saliva.
—Quiero un billete… un vuelo para salir de aquí.
La azafata arqueó una ceja, curiosa, y se inclinó ligeramente hacia él.
—¿Algún destino en particular?
—El primer vuelo que salga, por favor.
Ella tecleó con rapidez en el ordenador.
—El primer vuelo va a París.
—París está bien.
La mujer revisó la pantalla y negó suavemente con la cabeza.
—Tenemos asientos, pero es para esta tarde.
—¿Qué más tienes? —preguntó con urgencia.
—A ver… —Deslizó el dedo por la pantalla—. Roma… tampoco. Aquí está: Copenhague.
—¿Eso es Ámsterdam?
La azafata dejó escapar una risa breve.
—No, Copenhague es la capital de Dinamarca. ¿Te suena el cuento de La Sirenita ?
Jerónimo negó con la cabeza.
—Sale en una hora y veinte minutos, con escala en Madrid. ¿Te interesa?
—Eh… sí, supongo.
—Perfecto. ¿Para cuándo quieres la vuelta?
La pregunta lo dejó desconcertado.
—No lo sé…
La azafata levantó la mirada de la pantalla y la fijó en él.
—¿Solo de ida entonces?
—Sí… solo de ida.
—¿Estás bien?
Jerónimo se irguió de inmediato.
—Sí, claro. Voy de Erasmus.
—¿Y no sabías a qué ciudad?
Él se quedó callado.
—Está bien. ¿Pasaporte?
Sacó su DNI y lo puso sobre el mostrador.
—¿Esto sirve?
—Sí, también vale para vuelos dentro de Europa. —Tecleó un poco más antes de preguntar—: ¿Maleta?
—¿Qué?
—Muchacho, que si facturas maleta.
—No.
La azafata se encogió de hombros y completó el registro.
Jerónimo echó un vistazo rápido a su alrededor para asegurarse de que nadie lo miraba y sacó con cuidado un sobre del bolsillo del pantalón. Lo abrió lo justo para comprobar que los billetes seguían ahí.
El fajo era grueso, parecía pesarle en las manos. Contó, nervioso, el importe necesario para el billete y lo puso en el mostrador. Luego se giró de nuevo para verificar si alguien lo observaba, pero los pocos pasajeros dispersos parecían ajenos a él.
Un leve zumbido marcó la impresión de la tarjeta de embarque. La azafata arrancó el billete con un gesto ágil y se lo deslizó por el mostrador.
—Aquí tienes. Puerta de embarque tres. Salimos en poco más de una hora. Te recomiendo que pases directamente al control de seguridad.
Él tomó la tarjeta.
—Gracias.
—Disfruta de tu año sabático —dijo ella con una sonrisa cómplice.
Jerónimo no recordó haber mencionado ningún año sabático. Tampoco le importaba. Caminó hacia el control de seguridad y sintió la mirada de la azafata sobre él durante unos segundos más.
Avanzó con la tarjeta de embarque arrugada en la mano, esquivando la mirada de los pocos viajeros que comenzaban a llenar el espacio. Se desvió hacia los baños y empujó la puerta con más fuerza de la necesaria.
Dentro no había nadie. Se apoyó en el lavabo, cerró los ojos y dejó que el peso de las últimas horas lo aplastara. Cada latido en su pecho era un trueno; cada respiración, un grito ahogado. Las imágenes volvieron como un látigo: la navaja, la sangre… los gritos.
Lo había matado.
Lo había matado y ahora lo estarían buscando.
Golpeó la pared con el pie y escuchó el crujido del azulejo al partirse. Contempló los trozos en el suelo. Se agachó y pasó el dedo por el borde afilado de uno. Presionó hasta que el filo rasgó la yema del dedo. Presionó más fuerte y la sangre brotó y corrió hasta la muñeca, cayendo gotas al suelo.
El dolor lo calmó. Una descarga eléctrica que apagó por un instante el caos en su cabeza.
Se quedó inmóvil, hipnotizado por el rojo brillante que le resbalaba por la piel.
Luego se incorporó despacio y abrió el grifo.
Dejó que el agua fría lavara la herida. Observó cómo el líquido rojo se transformaba en espirales rosadas antes de desaparecer por el desagüe.
Pero no podía limpiar el peso en su conciencia.
Se envolvió el dedo con papel higiénico antes de salir del baño.
Deambuló por la terminal hasta encontrar la puerta de embarque tres. Se detuvo frente a las letras de la pantalla: Madrid.
La idea de quedarse en España era tentadora, pero sabía que tarde o temprano lo encontrarían. O bien la policía descubriría su implicación, o bien los criminales con los que se juntó ajustarían cuentas.
Tenía que salir del país. Había asesinado a una persona a sangre fría y ahora tenía que desaparecer.
Destino: Copenhague.
El pasado ya no existía. El futuro, probablemente tampoco. Solo importaba el ahora.