Capítulo 38
Erik tocó a la puerta, y el aroma a café llenó la oficina mientras se acercaba a Jerónimo. Dejó una taza sobre un posavasos en el escritorio, y le dio a su pareja un beso de buenos días.
—¿No has dormido bien esta noche? —le preguntó.
—Sí, he dormido muy bien.
Erik arqueó una ceja.
—En serio. Desde que regresé de Groenlandia, ya no he vuelto a tener pesadillas.
—Entonces, ¿por qué te has levantado tan temprano?
—Creo que tengo algunas ideas en la cabeza que quiero plasmar por escrito.
Ahora Erik entrecerró los ojos y torció una sonrisa irónica.
—¿Ideas que quieres plasmar por escrito? —repitió la frase dándole un tono más exagerado—. Pensé que eras traductor. ¿No eres un poco joven para escribir tus memorias?
—No es eso —respondió Jerónimo, agarrando a Erik por la cintura y dándole un beso. Luego jugueteó con su flequillo rubio—. Han sido unos meses un tanto extraños y siento que hay mucho de mi pasado que empieza a surgir en mi mente, así que quiero poner un poco de orden.
Erik observó a Jerónimo unos segundos antes de hablar.
—Estás raro, Jero. ¿Estás bien?
—Claro que estoy bien.
—¿Y qué crees que vas a encontrar?
—Supongo que la verdad.
—¿La verdad sobre qué?
—Haces muchas preguntas. Eso aún no lo tengo del todo claro.
—Estás muy místico, Jero... pero me pone.
Erik levantó a Jerónimo de la silla como si fuera un oso de peluche. Acercó la cara y le sonrió con la mirada antes de besarle apasionadamente.
— Jeg elsker dig .
—Y yo a ti —respondió Jerónimo en español—. Yo también te quiero.
En ese momento, el cachorro de un Cocker Spaniel entró en la habitación y se puso al lado de Erik.
—Mira quién ha venido a alegrarnos la mañana —dijo con una gran sonrisa en la cara mientras se agachaba para coger en sus brazos al cachorro.
Tenía un pelaje dorado y grandes ojos marrones que los miraban con curiosidad.
Jerónimo acarició suavemente la cabeza del cachorro, que agitó la cola con entusiasmo.
—Tengo que admitir que es adorable —dijo Jerónimo, sonriendo—. Pero, ¿estás seguro de que estamos listos para la responsabilidad de tener una mascota?
—Por supuesto —respondió Erik con confianza, rascando suavemente detrás de las orejas del cachorro—. Será como nuestra hija perruna. La llevaremos a pasear por los hermosos paisajes de Essex, le enseñaremos trucos... Será un miembro más de la familia.
—Y por supuesto, yo estoy incluido en ese proyecto —dijo Jerónimo, rascándole suavemente la barbilla al animal—. Está bien, tú ganas. Pero, ¿no te parece que el nombre de «Sherlock» no le pega mucho?
—A mí me gusta.
—Erik, es una perrita.
Él se encogió de hombros, sonriendo.
—Y qué más da.
Después de dar un paseo, los tres volvieron a casa. Erik se fue a hacer la compra y Jerónimo se quedó organizando cosas.
La tarde anterior, Erik los recogió del aeropuerto. Philip y Christian pasaron la noche con ellos en Essex. Esa mañana muy temprano, su amigo y la pareja tomaron el tren de regreso a Londres, al apartamento de Philip. Volverían más tarde en coche para recoger todas sus cosas.
Jerónimo trasladó el equipaje hasta el recibidor para despejar el cuarto de invitados.
Ese día traían un sofá cama a esa habitación.
Al dejar las maletas y las bolsas en una esquina del recibidor, Jerónimo se percató de que dentro de una bolsa había, arrugado entre otras prendas, un abrigo que le resultaba familiar: un abrigo negro, pequeño, de la marca Moncler.
Una sensación gélida recorrió su cuerpo y su corazón pareció detenerse por un instante.
Era el abrigo que Natalia había dejado en su habitación de hotel la tarde en que fue a comisaría para reunirse con Jerónimo y buscar a Christian.
La agencia de viajes no solo había llevado las cosas de Philip y Christian, sino también lo que había quedado en la habitación de Natalia.
Jerónimo sostenía el abrigo en el aire y sintió un escalofrío.
Sus manos temblaban ligeramente mientras inspeccionaba la prenda, como si temiera que pudiera cobrar vida propia.
Abrió la puerta de casa y se dirigió directamente al contenedor de la basura.
Estuvo a punto de arrojar el abrigo dentro, pero tuvo la tentación de meter la mano en los bolsillos. Todos estaban vacíos, excepto uno.
Encontró un llavero. Solo tenía una llave algo oxidada.
Eso no le llamó la atención. Lo que llamó su atención fue el llavero en sí: una miniatura de un par de alpargatas típicas del agricultor valenciano.
Un tipo de calzado con orígenes en la Comunidad Valenciana, España.
Hechas de esparto, cáñamo o yute para la suela, y lona o algodón superior.
Era el llavero que su padre le había regalado a Natalia en uno de sus viajes.
Entonces, se le ocurrió algo absurdo. Una idea muy extraña. Y entonces, la sangre se le heló. No podía ser. Era como intentar encontrar un resultado diferente a la suma de uno y dos son igual a tres.
El número uno: el padre de Natalia murió hace más de veinte años.
El número dos: Jerónimo escapó de Valencia hace más de veinte años también.
El resultado de la suma eran tres: Valencia, el padre de Natalia, su propia huida... Todo parecía estar conectado de alguna manera.
Jerónimo permaneció inmóvil, con el llavero en la mano, mientras su mente daba vueltas a las implicaciones de este hallazgo.
Lo guardó en el bolsillo de su pantalón y volvió a entrar en casa.
Se dirigió directamente al escritorio, encendió el ordenador y comenzó a escribir.
Era hora de recordar cada detalle de su pasado, por doloroso que fuese.
Porque sabía que, en algún lugar entre esas líneas, encontraría las respuestas que buscaba. Encontraría la verdad.