Capítulo 37
Hubo un largo silencio. El tiempo se detuvo como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración junto a ellos.
Jerónimo reflexionó sobre todo lo que Christian le había contado. A pesar de la gravedad de la situación, se sentía agradecido de tener a un amigo tan leal y astuto a su lado. Alguien que estaba dispuesto a arriesgar su propia vida para proteger a los demás.
Con una mirada de complicidad, Jerónimo apretó la mano de Christian, transmitiéndole sin palabras todo su apoyo y cariño. Su amigo le devolvió el apretón, y en ese simple gesto, ambos sintieron la fuerza de su amistad.
Mientras el silencio persistía, la mente de Jerónimo se llenaba de preguntas que competían entre sí para ser las primeras en ser respondidas.
—¿Y lo que contó Natalia era cierto? —preguntó finalmente Jerónimo.
Christian agarró la mano de su amigo.
—Jero, no tienes derecho a indagar en mi vida privada. No sucedió como ella quiso creer. Natalia necesitaba un culpable para justificar la ausencia de su padre. Él se fue porque quiso salir del armario. Si no lo hubiera hecho conmigo, lo habría hecho con otro. Era solo cuestión de tiempo.
—Christian, mírame a los ojos y dime si alguna vez estuviste en la base militar de Thule.
Su amigo desvió la mirada y finalmente sus ojos se encontraron.
Una mirada cansada y quizás algo triste.
Entreabrió los labios, como si fuera una tarea sobrehumana.
Sus labios estaban agrietados y resecos por el frío.
Tragó saliva con un esfuerzo evidente, mostrando el dolor en su rostro.
Cuando respondió, no respondió con un sí, ni tampoco con un no.
Su respuesta fue otra. Una que dejó a Jerónimo aún más atónito.
—Nueve... meses —susurró—. Era muy joven.
—¿Nueve meses? —repitió Jerónimo, levantando la voz. Su amigo Christian había estado nueve meses en una base militar estadounidense en uno de los lugares más remotos del mundo.
—Entonces es cierto lo que pasó en el Hospital St Mary —murmuró Jerónimo para sí mismo, sacudiendo la cabeza con nerviosismo incapaz de aceptar la realidad—. No me equivoqué. No fue producto de mi imaginación. No fue una pesadilla. Estuviste allí. ¿Qué pasó en ese maldito sótano?
Christian respiró hondo.
—¿Me podrías ayudar a incorporarme? —le pidió.
Jerónimo se levantó y ayudó a su amigo a sentarse.
—Dame agua —le pidió Christian.
Él obedeció y le entregó un vaso de agua.
En ese momento, alguien tocó a la puerta.
Entró Philip, pero cuando vio la expresión de irritación de los dos amigos, dio media vuelta y salió cerrando la puerta sin decir palabra.
Christian miró a Jerónimo con seriedad.
—Sabes bien lo que pasó en el sótano.
—Pero no sé cómo...
—No tienes que saber el «cómo» —interrumpió Christian—. Estás aquí. Estás vivo. Erik te espera en casa. Eso es todo lo que importa.
Jerónimo reflexionó unos segundos. Christian desvió la mirada hacia la ventana, contemplando el vasto océano de hielo. El mismo océano que se había tragado a Natalia.
—Todos tenemos un don —dijo—. El mío es hacer desaparecer a la gente.
Los ojos de Jerónimo se abrieron de par en par, llenos de asombro y confusión.
—¿Quién eres?
Christian intentó levantarse, pero le resultó difícil. Sonrió, aunque se notaba que estaba sufriendo.
—¿Cómo que quién soy? Soy Christian. Siempre he sido Christian. Tu amigo.
Jerónimo sacó de la mochila la tarjeta que le había regalado en su última cena juntos. Su amigo la examinó.
—Una tarjeta preciosa —dijo, pasando la yema de sus dedos por la superficie—. Cuando la vi, se lo dije a Philip. Era la tarjeta perfecta como regalo para vuestra nueva casa. ¿Habéis decidido la vajilla? Conozco a un buen...
—Conoces a mucha gente —dijo Jerónimo con el corazón, latiendo con fuerza.
—No tanta como crees.
Christian abrió la tarjeta, y dentro encontró otra más pequeña y vieja, amarillenta por los años y con el nombre de Jerónimo escrito en mayúsculas.
Frunció el ceño y se acercó más para entender el significado.
De repente, su rostro palideció. La sonrisa de Christian, esa sonrisa que pretendía fingir que todo iba bien y que no había que preocuparse por nada, desapareció al instante.
—Chris, ¿qué es todo esto? —La voz de Jerónimo temblaba.
Christian conservaba la misma expresión en el rostro, como si tratara de ocultar un volcán que bullía en su interior. Había un elefante blanco en la habitación que era imposible de ignorar.
—¿No vas a decir nada?
Su amigo colocó la pequeña tarjeta dentro de la grande y se la entregó a Jerónimo.
—¿Tu amigo que vino a Londres es el joven del bar?
Se refería a Marcos. Jerónimo asintió.
—Sí, él me entregó la tarjeta.
Christian respiró hondo, tosió y dio un sorbo al vaso de agua antes de dejarlo en la mesita. Jerónimo lo observaba con expectación. Cuando Christian habló, su voz era grave.
—Quería hacer algo más que servir cafés en un avión.
Hubo un momento en mi vida en que quise ser piloto, pero no pasé las pruebas físicas.
Durante los tiempos muertos entre vuelos, cuando estaba de viaje, ocupaba mi tiempo haciendo pequeños trabajos.
Simplemente me enviaban a los lugares más aburridos para recolectar la información más aburrida.
A veces, pasaba horas en un coche vigilando quién entraba y quién salía de una embajada.
—¿Quién te enviaba?
—No lo sé con certeza, pero tengo mis teorías. Además, aunque lo supiera, no te lo podría decir. —Carraspeó—. Tenía la libertad de irme cuando quisiera, y me fui cuando decidí hacerlo. Lo hacía por dinero. Pagaban muy bien, y sé que tengo gustos caros. Me negaba a depender de mi familia.
Jerónimo recordó aquella noche en Valencia que marcó su destino. Un pasado del que había huido años atrás, pero que de alguna manera parecía mover los hilos del destino y lo arrastraba de vuelta a lo que fue su peor pesadilla.
—¿Qué pasó esa noche?
—Yo simplemente te ayudé a escapar —dijo Christian.
—¿Por qué?
—¿Por qué no? Cuando uno está desesperado, el único camino es la supervivencia. Y tú eras un superviviente. Eras solo otra víctima. Luego, de vez en cuando, pasaba por Copenhague y sabía que estabas bien.
—¿Y reapareciste diez años más tarde como si nada hubiera pasado?
—Ya no vivías en Copenhague. El tiempo había pasado, y ya no había razón para seguir viviendo en la sombra. Ahora estabas en Londres. ¿Recuerdas lo que te dije la primera vez que hablamos?
Jerónimo hizo memoria y le pareció oler el interior húmedo de la iglesia danesa en Londres.
—Querías invitarme a almorzar y yo me negué.
—También te dije que me gustaba tu nombre, Jero. Que sonaba a héroe en inglés, hero .
—Pero yo no soy ningún héroe. Soy un desgraciado que cometió un gran error en su vida y todavía siento que sigo pagando por ello.
—Pues es hora de que dejes de martirizarte.
—No sé si algún día podré.
—Tienes que volver a tu pasado y perdonar a ese jovencito.
—¿Quieres que me perdone por lo que hice?
—No. Quiero que lo perdones a él por lo que hizo.
Jerónimo sintió un pinchazo en el índice y recordó haberse clavado el azulejo roto en los baños del aeropuerto de Manises en Valencia.
Se llevó el dedo a la boca como si así pudiera succionar la sangre que emanaba de la yema, pero no había sangre.
La herida la llevaba por dentro. Se quedó en silencio, reflexionando sobre las palabras de Christian.
Sabía que tenía razón, pero enfrentarse a su pasado y perdonarse a sí mismo parecía una tarea titánica.
Sin embargo, en el fondo de su corazón, anhelaba esa liberación, ese momento en el que pudiera dejar atrás el peso de sus errores y seguir adelante.
Christian, como si leyera sus pensamientos, le dedicó una sonrisa cálida y comprensiva.
—No tienes que hacerlo solo, Jero. Estoy aquí para apoyarte, como siempre lo he estado.
Él asintió, agradecido por tener un amigo como Christian a su lado. Alguien que lo entendía y lo aceptaba con todos sus defectos y su pasado turbulento.
—Gracias, Chris. Por todo.
Él le dio un apretón en el hombro, transmitiéndole su afecto y su apoyo incondicional.
—Para eso están los amigos, jovencito. Para eso están los amigos.
Al día siguiente, cuando llegaron al aeropuerto, Jerónimo se despidió de Aputsiaq antes de partir.
—La agencia de viajes tuvo el detalle de recoger todas las cosas y llevarlas a comisaría. Las he facturado de vuelta a Londres. Con las prisas, lo que no cupo en las maletas lo metieron en bolsas, así que está todo un poco amontonado.
—No se preocupe. Muchas gracias por todo. ¿Y su esposa?
—Contando las horas.
—Nunca le pregunté. ¿Será niño o niña?
Aputsiaq le chocó la mano.
—No lo sé, y me da igual mientras sea feliz.
Con una sonrisa en los labios, Jerónimo se dirigió hacia la puerta de embarque con Philip y Christian a su lado, listos para volver a casa.