Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 36
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Capítulo 36

Desde la ventana de una habitación de hospital en Ilulissat, Jerónimo contemplaba cómo el océano Ártico se tragaba los últimos vestigios de la tormenta.

Philip había empezado a andar y Christian estaba en observación con antibióticos.

Tras la tormenta, reiniciaron el transporte aéreo en Ilulissat y volaban de vuelta a casa al día siguiente.

Jerónimo acababa de hablar con Erik. Le contó lo que le había contado al policía Aputsiaq.

Natalia, la mujer que se había hecho pasar por la hija de Philip, había caído en las aguas árticas cuando Jerónimo se defendía de un ataque.

Esta versión también fue corroborada por Christian.

Alguien que le echó azúcar a un motor de un barco para provocar un naufragio y que luego se hizo pasar por la hija de uno de los sobrevivientes, no debía estar en su sano juicio.

El teléfono móvil de Natalia era de prepago, lo que dificultaba su rastreo.

Además, reservó una habitación en el hotel Arctic Ilulissat con documentación falsa.

Aputsiaq confirmó que Natalia no aparecía en ninguna base de datos con una simple búsqueda.

El policía pasó la poca información que tenía a la central de Nuuk para que iniciasen la búsqueda de esa misteriosa mujer.

Las autoridades danesas se pondrían en contacto con la embajada del Reino Unido en Copenhague, que a su vez se comunicaría con las autoridades del país, como la Policía Metropolitana de Londres y el Ministerio de Asuntos Exteriores, para cruzar información y verificar si la persona desaparecida figuraba en sus bases de datos.

También iniciarían una búsqueda en la base de datos de la Interpol, especialmente en su sistema de información sobre documentos de viaje robados y perdidos, así como en la base de datos de personas desaparecidas.

Esto ayudaría a identificar si el pasaporte falso tenía algún registro o si la persona pudiera estar relacionada con algún caso internacional.

Además, como supuesta ciudadana europea, recurrirían a Europol, que compartía información sobre crímenes y personas desaparecidas.

Sin embargo, tanto Aputsiaq como Jerónimo sabían que ese proceso sería lento y probablemente llegarían a un callejón sin salida.

Todo eso era demasiado complicado para alguien como Natalia, quien ya conocía bien el sistema para evadirlo y no ser identificada.

Esta situación hacía imposible imputar cargos contra Jerónimo, dada la falta de pruebas concretas y la ausencia de una identidad verificable para Natalia.

Aquella mujer no existía. Era un fantasma.

Aputsiaq también confirmó que, por falta de personal y logística, las autoridades locales de Ilulissat habían dejado de buscar el cuerpo de Natalia, y tampoco encontraron la parka.

Ilulissat era un lugar que dependía en gran medida del turismo, por lo que nadie estaba interesado en hacer publicidad del caso.

Así que lo mejor para todos era volver a Londres. Y cuanto antes, mejor.

Jerónimo pasó por la habitación de Philip. Le habían traído su portátil y estaba trabajando para su compañía en contra de la recomendación del doctor de descansar. Jerónimo pensó que la conexión a Internet era muy deficiente y que no avanzaría mucho en su trabajo.

Philip estuvo en cuidados intensivos hasta que despertó dos días más tarde.

Durante este tiempo, fue vigilado de cerca para controlar su temperatura corporal, función cardiovascular y respiratoria, así como para detectar cualquier signo de complicaciones.

Una vez que su temperatura corporal se normalizó y se administró un tratamiento adicional para abordar complicaciones secundarias y prevenir cualquier daño a largo plazo, comenzó a despertar.

Esta circunstancia estropeó los planes de Natalia, puesto que Christian aún no había aparecido, por lo cual optó por sedar a Philip y prolongar su letargo.

Afortunadamente, Philip tenía una salud envidiable para alguien de su edad y el tratamiento médico que recibió fue rápido, eficiente y adecuado para su condición.

Jerónimo tocó a la puerta de la habitación de Christian, quien lo invitó a pasar. Cerró la puerta y acercó la silla hasta la cama de su amigo. Estaban solos en una habitación con paredes de un suave color azul pastel.

—¿Estás mejor? —preguntó Jerónimo a su amigo.

—Me hablas como si fuera un anciano y estoy en lo mejor de la vida.

—Ya…

Christian le explicó que, al descubrir el fuego en el motor del barco, tuvo la certeza de que alguien iba tras él. Estaba en peligro.

—Había demasiadas coincidencias —le contó Christian—. Un viaje sorpresa a Groenlandia que un cliente importante le había regalado a Philip. Luego nos enteramos de que la cabaña estaba lejos de todos. Había algo que simplemente no encajaba.

Christian continuó narrando los detalles de aquella noche.

Colocó a Philip encima de un trozo de madera y juntos intentaron nadar en medio de la noche, pero la deriva arrastró a Philip.

A lo lejos, divisó al equipo de rescate, pero luego todo se volvió difuso en su mente.

Al despertar al día siguiente, se encontró débil e indefenso.

Christian supo que tenía que pedir ayuda y desaparecer. Primero mandó una señal de socorro y su ubicación a su amigo y comandante John McCabe y luego llamó a Jerónimo para asegurarle que todo había quedado en un susto y que estaban bien.

—Creí que te había perdido.

—No quería poner a nadie en peligro. Te llamé para decirte que estaba bien, que Philip se estaba recuperando y que nos disponíamos a volar de vuelta a Londres en cuanto le dieran el alta a Philip.

Sabía que si no cogías el móvil, era porque ya estabas de camino a Groenlandia.

Podría haberte dejado un mensaje, pero estarías ya volando y era demasiado tarde.

Tampoco quería preocupar a Erik. —Christian respiró hondo—.

Cuando desperté, supe que, fuera quien fuese, volvería a intentarlo.

No podía quedarme a esperarte. Tenía que alejarme de Philip y de ti.

Christian explicó a Jerónimo que, si se quedaba en el hospital o en el pueblo, quien lo buscaba seguramente lo encontraría.

Así que escapó y se refugió en el garaje de la agencia de viajes hasta que cayó la noche.

Desde allí, robó una moto de nieve que lo llevó de vuelta a la cabaña, donde la escondió estratégicamente debajo de los pilotes que elevaban la cabaña, y dejó que la madre naturaleza hiciera el resto.

No se equivocó. La naturaleza conspiró a su favor, cubriendo el vehículo con una gruesa capa de nieve al amanecer, ocultándola bajo un manto blanco e inmaculado y manteniendo su secreto a salvo.

A pesar de que Rasmus, el chico de la agencia de viajes, pasaba una vez al día para comprobar si Christian había vuelto y él se escondía debajo de la cama cada vez que escuchaba el ruido de un motor.

Nadie sospecharía que estaba allí escondido.

Christian aguardaría hasta que su amigo John McCabe llegara al pueblo. Aunque tenía provisiones, la falta de medicamentos y los efectos secundarios de la hipotermia estaban pasando factura a su cuerpo. Sin embargo, no podía hacer otra cosa que esperar y confiar en que su amigo llegaría en su ayuda.

—Sea quien fuese, solo venía a por mí. No se hubiera arriesgado a hacer nada porque se habría puesto en evidencia y no habría ejecutado su plan.

—Matarte.

—Simular un accidente. Los accidentes son más fáciles de explicar que los ataques directos. Además, mantienen a las instituciones ocupadas buscando razones coherentes que no levanten sospechas —explicó Christian.

Jerónimo observó a su amigo, sin entender del todo.

—Saber la verdad te habría puesto en mayor peligro —le dijo Christian.

—No saberla no me dejaría vivir.

—Eres muy cabezón, jovencito.

—Y los cabezones siempre firman la victoria.

Christian suspiró.

—No siempre.