Capítulo 35
El desolado paraje de Groenlandia, todavía azotado por una tormenta de nieve que perdía fuerza, era el escenario de aquella batalla final.
Jerónimo arañaba el aire, luchando por su vida mientras la adrenalina que lo mantenía vivo se disipaba, dejando paso al agotamiento y al dolor de los golpes recibidos.
En cuestión de segundos perdería la conciencia.
Sus dedos entumecidos raspaban el suelo helado en busca de algo, cualquier cosa que pudiera usar como defensa, pero en esa tierra de hielo no había más que nieve.
La visión de Jerónimo comenzaba a nublarse, oscureciéndose en los bordes.
Sus brazos, entumecidos por el frío, perdían fuerza.
Para Natalia, sus manos eran suficientes para estrangularlo y eliminarlo.
No necesitaba ningún machete. El vaho de su respiración difuminaba su cara como si fuera un espectro.
Una sonrisa de malévola satisfacción se dibujó en su rostro mientras su labio inferior palpitaba nervioso y sus brazos, musculosos como los de un atleta, estrujaban la garganta de Jerónimo con más ahínco.
Él echó una última mirada a Christian, quien yacía inmóvil. Su cuerpo estaba tendido en el umbral de la puerta, con medio cuerpo dentro de la cabaña y el otro medio fuera. Un hilo de sangre brotaba de su frente, formando un pequeño charco en el suelo.
En momentos de extrema tensión, la mente tiende a divagar y Jerónimo recordó la primera vez que llevó a Erik para que conociera a Christian.
Para él, era importante que a Christian le cayera bien Erik.
Y así fue. Entre bromas y con unas cuantas copas de vino de más, Christian le dijo que le daba su bendición.
Fue como si su amigo hubiera leído su mente, ofreciéndole la aprobación paternal que nunca hubiera recibido de su propio padre.
Ya que, de estar vivo, nunca lo hubiera hecho.
Se preguntó si su padre estaría por ahí, esperándolo.
Podría pedirle perdón. Y mientras recordaba la muerte de su padre, notó cómo el tupilak que Christian le iba a regalar se le clavaba en un costado, dentro del bolsillo.
«Maldito tupilak », pensó.
Solía quejarse de que se estaba haciendo mayor, pero ahora sentía que era demasiado joven para morir. Lo tocó con la mano, aunque no estaba seguro de lo que palpaba. Tenía los dedos entumecidos por el frío. Era como cuando se te dormía una pierna y no sentías nada, pero sabías que seguía ahí.
El dolor que sintió Jerónimo se intensificó tanto que, por absurdo que pareciera, y con los últimos coletazos antes de morir, lanzó su brazo hacia el rostro de Natalia, sintiendo cómo la punta del tupilak perforaba el cuello de ella.
La sonrisa de triunfo se transformó en una expresión de incredulidad y sorpresa. Natalia mantuvo agarrado a Jerónimo mientras con la otra palpaba curiosa el lado izquierdo de su cuello.
Y la sorpresa pasó al horror.
Jerónimo había tenido la fortuna, y para ella la desgracia, de que le había clavado el tupilak en un lugar muy concreto: la yugular.
Con la mente nublada por el dolor y la fatiga, Jerónimo se aferró a la esperanza de que este golpe final fuera suficiente para detener a su adversaria.
El golpe de gracia.
«Muere, zorra», pensó Jerónimo, sintiendo como si fuera otra voz la que hablase en su cabeza. La voz de su padre.
Cuando Natalia extrajo el tupilak que representaba la muerte, la sangre salió a borbotones con la misma rabia con la que ella había estado estrangulando a Jerónimo.
No hubo palabras, ni gemidos, ni gritos.
De los labios de Natalia solo salió un último aliento, como si su alma escapase de su cuerpo para luego derrumbarse como una torre de arena.
La mano que ahogaba el cuello de Jerónimo se aflojó y a él le entró una fuerte tos, dejando que el aire frío entrara desesperado dentro de sus pulmones.
Jerónimo apartó el cuerpo sin vida de Natalia. Pasó un tiempo, aunque no supo muy bien cuánto; suficiente para recuperar el aliento. La expresión en el rostro de Natalia era perturbadora. La muerte la pilló desprevenida.
Se puso de pie, tenso, mientras contemplaba con desolación el cuerpo de Natalia sobre un manto de nieve carmesí. La adrenalina aún corría por sus venas mientras observaba aquel cuerpo inerte, sintiendo una mezcla de alivio y horror por lo que acababa de hacer.
Observó sus manos temblorosas y su conciencia le preguntó qué acababa de hacer, mientras su instinto de supervivencia sabía que no hubo otra opción.
Respiró profundamente, intentando calmar el torbellino de emociones que lo consumía. Vio a Christian que yacía inconsciente junto a la puerta de la cabaña. Con pasos vacilantes, se acercó a su amigo. Se arrodilló y comprobó que seguía respirando. Le dio unas suaves palmadas en la cara.
—¿Christian? Soy yo, Jerónimo. ¿Me oyes? ¿Chris?
Su amigo abrió los ojos despacio, como si emergiera de un profundo letargo. Lo reconoció y esbozó una sonrisa teñida de dolor y cansancio.
Jerónimo lo ayudó a levantarse.
—Tenemos que irnos —le dijo con urgencia.
Christian abrió más los ojos y observó el cuerpo muerto de Natalia y la parka de Jerónimo manchada de sangre. Jerónimo miró al suelo. Christian apretó más fuerte el antebrazo de su amigo.
—Gracias —le susurró.
Jerónimo tuvo un escalofrío. Entraron en la cabaña y sentó a Christian en la cama.
Le pasó una toalla húmeda para secarle la frente de sangre.
Segundos después, Christian se puso de pie como si echara mano de alguna reserva de energía desconocida.
Salió de la cabaña tambaleándose, pero seguro de sus movimientos.
—¿A dónde vas? —preguntó Jerónimo.
Christian se agachó y agarró el cuerpo de Natalia por los pies y estiró de él, pero cayó al suelo. Jerónimo se acercó.
—Ayúdame —le pidió Christian.
Jerónimo agarró los hombros de Natalia, que todavía tenía los ojos mirando al cielo como cuando hablaba de su padre con tanto odio y resentimiento.
Pocos metros más adelante, Christian dio el último empujón a Natalia, que cayó por el pequeño acantilado y su cuerpo fue devorado con ansia por las gélidas aguas del océano Ártico.
Justo como Natalia quería que Christian hubiera muerto.
La tormenta había pasado.
A lo largo de su vida, Jerónimo había experimentado momentos extraordinarios: buenos y malos, peligrosos y desafiantes, sueños y pesadillas. Como aquella pesadilla recurrente que lo atormentaba desde la última cena con Christian en su casa.
Las memorias de aquel sótano en un hospital de Londres y lo que había vivido allí volvieron a él.
Y ahora, al mirar a su amigo, estaba más seguro que nunca de que él también había estado en ese sótano.
Fueron unos días que lo marcaron tratando de dar sentido a la desaparición de Erik tras su accidente de tráfico y su coma inducido.
Christian sabía que Jerónimo era muy cabezón y que persistiría en la búsqueda de su pareja, en la búsqueda de la verdad.
Lo conocía muy bien. Y le prometió que no lo dejaría solo.
Y no lo hizo. Estuvo a su lado como una sombra hasta que tuvo la oportunidad de atacar.
Christian podría haber intervenido antes de que lo llevaran al sótano, pero Jerónimo entendió ahora qué hubiera pasado si su amigo hubiera intervenido antes.
Cuando estaba en esa camilla de hospital anestesiado y lo trasladaban de una punta del edificio a la otra.
Era un lugar público. Se hubiera montado un escándalo.
Los miembros de la mafia se habrían dado cuenta y habrían escapado, poniendo en mayor peligro la vida de Jerónimo en el futuro.
Christian era más astuto que la mafia. Esperó a que estuvieran solos.
Esperó a que tuvieran la confianza de que no les pasaría nada, y entonces, atacó.
Se enfrentó a ellos, eliminando el riesgo de que volvieran.
Le había salvado la vida de una muerte segura a manos de esa mafia traficante de órganos humanos.
La voz de Christian lo sacó de sus pensamientos y lo devolvió al presente, a un lugar remoto en Groenlandia.
—Tienes la parka manchada de sangre. Tírala al agua y ponte ropa limpia.
Jerónimo miraba a la nada.
—Ella está muerta —dijo como si le hablara al horizonte.
Christian tiró de la parka de Jerónimo, se la quitó y la tiró al agua.
—Lo que pasó fue en defensa propia. Cayó accidentalmente al agua durante el forcejeo. Nadie encontrará su cuerpo en esas aguas. ¿De acuerdo? Eso es justo lo que pasó. Tenemos que irnos. Avisé a un amigo...
—El comandante John McCabe. Está atado a una moto de nieve a un par de kilómetros en dirección a Ilulissat.
—Oh, vaya. Es un viejo cascarrabias, amigo de muchos años. Hace tiempo que...
—Un amigo que nunca me has presentado y que vive en la base militar de Thule.
Christian levantó una ceja.
—No vive allí siempre. Pasa largas temporadas por allí. Le gusta la soledad.
—¡Basta! —gritó Jerónimo clavando la mirada en Christian. Él mismo se sorprendió de su propio grito. Respiró a golpes y cuando habló, su voz no disimulaba la fragilidad de su estado de ánimo—. Basta, por favor.
Los ojos de Christian se entristecieron. Le costó levantar los brazos. Jerónimo se acercó y lo abrazó con fuerza.
—Creí que te había perdido.
Christian lo imitó. Y en ese momento, Jerónimo comprendió el plan de su amigo al desaparecer y esconderse en esa cabaña.
—¿Querías que quienquiera que fuese que estuviera detrás de ti viniera hasta aquí?
Hubo una pausa y habló.
—Quería que John me echara una mano.
Christian quería que Natalia volviera a la cabaña. Sola. Sacarla de la ratonera. Enfrentarse a ella. Segundos más tarde, Christian tuvo una fuerte tos.
—Te tiene que ver un doctor —dijo Jerónimo.
Tenía muchas preguntas, pero vendrían luego cuando estuvieran a salvo. Entró en la cabaña y se puso ropa limpia que encontró en la maleta de Christian. Caía aguanieve que borraría cualquier indicio de lo que había sucedido.
—Jovencito, vamos a hacer las cosas bien. Primero tenemos que recoger a John y luego volver al hospital. Cada cosa a su debido tiempo.
Jerónimo le tendió la mano a Christian para montarlo en la moto de nieve y le puso un casco.
Luego montó él. Miró el cuadro de mandos y dudó unos segundos hasta que recordó cómo el joven de la agencia había encendido aquella moto de nieve.
La consiguió arrancar y pocos minutos después pararon delante de la moto de nieve del comandante John McCabe.
Allí estaba él. Un viejo exmilitar con la piel curtida y tan dura como el cuero, entrenado para sobrevivir las peores condiciones climáticas.
Tenía una mirada congelada por el frío y el enfado.
Jerónimo lo desató.
—Me alegro de volver a verte —le dijo el comandante John McCabe.
—Jefe —saludó Christian a su amigo.
El comandante McCabe miró a Jerónimo con la expresión seria y llena de arrugas.
—Este muchacho es un cabezón.
Christian esbozó una leve sonrisa y le contó que Natalia había caído a las aguas.
Jerónimo bajó la mirada.
El exmilitar lo observó.
—Muchacho. Si no te hubieras defendido, ella no habría parado hasta quitarnos del medio a todos.
Jerónimo no dijo nada. Su mirada seguía apuntando al suelo. No hizo falta contarle más al comandante McCabe. Era un hombre inteligente y podría imaginarse el resto de la historia.
—¿Podéis volver solos al hospital? —preguntó el exmilitar—. Es mejor que no nos vean juntos.
—Lo sé —respondió Christian y se montó de nuevo en la moto de nieve.
El comandante John McCabe le dio un beso en la frente a Christian de despedida.
Se pusieron el casco.
Jerónimo arrancó la moto de nieve con torpeza.
La moto de nieve se quejó un par de veces como un caballo que están domando, pero recordó que era similar a conducir una moto y no le fue difícil manejar el vehículo.
Tenía el control y se sentía libre. Aceleró un poco más.
Christian lo abrazó más fuerte, pero no dijo nada y Jerónimo aumentó la velocidad. Era hora de volver a casa.