Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 34
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Capítulo 34

Jerónimo pasó el umbral de la puerta. La cabaña estaba vacía. Solo se oía el viento cargado de nieve. Estaba amainando.

Cuando recibieron la señal beacon de socorro, Jerónimo no entendía por qué, si la señal la hubiera emitido Christian, no se había puesto en contacto con ellos antes. Pero todo empezaba a tener más sentido ahora.

Christian hizo dos cosas antes de desaparecer del hospital.

La primera, ponerse en contacto con el comandante John McCabe en la base aérea de Thule y dar la voz de socorro; y la segunda, avisar a Jerónimo de que se quedara en Londres.

Philip estaba a salvo en el hospital y no tenía nada que ver con la situación.

Christian salió huyendo para protegerle y para darle tiempo al comandante McCabe a llegar a Ilulissat.

Se escondería en el pueblo durante el día y robaría una moto de nieve para volver a la cabaña antes de que cayera la noche.

Estaría muy débil para hacer nada más que esperar al menos un día.

Quería tener la certeza de que el comandante había llegado al pueblo antes de dar la voz de socorro.

Y así fue como pasó. Bueno, no exactamente.

Porque ni un plan ni el otro salieron bien.

Jerónimo ya estaba en el avión de camino a Ilulissat y John McCabe estaba al borde de morir por congelamiento, si no había muerto ya.

Si realmente Christian estaba escondido en esa cabaña, Jerónimo le traía a su verdugo.

—No te pares —le ordenó Natalia entre dientes.

Él dio un paso despacio hacia adelante. Aquel lugar estaba igual que cuando lo dejó la última vez que estuvo allí.

A un lado, estaban las maletas de Christian y Philip.

Seguían en el mismo sitio. Notó en su bolsillo el tupilak que le iba a regalar Christian por su visita a Groenlandia.

Y pensó en la muerte. Justo lo que esa popular figura representaba en el folclore popular.

—Llámalo —le ordenó Natalia, tan cerca de él que el vaho del frío le acariciaba la nuca.

Jerónimo carraspeó.

—¿Chris?

—Más fuerte.

—¿Christian?

Deseaba con todo su corazón que Christian no estuviera en esa cabaña. Que Christian no le hiciera caso. Que aquella señal de socorro hubiera sido un error.

Jerónimo se dio la vuelta.

—No hay nadie.

Natalia levantó más el machete.

—Te he dicho que no te des la vuelta.

Pegó una patada a la mesa, volcándola al suelo. Luego, tiró de la cuerda y lo acercó a ella mientras le ponía el machete en el cuello. Aquel acto pilló desprevenido a Jerónimo, que ni siquiera tragó por miedo a que el movimiento presionara el machete y le cortara el cuello.

—¡Rata! Sal de tu escondrijo o mato a tu amiguito. Y si no me crees... —dijo, pero no terminó la frase.

Con un movimiento rápido le rasgó la parca y le hizo un corte en el brazo. Jerónimo gimió de dolor y la sangre empezó a manar. Fue un corte limpio, superficial. No muy grande. De unos cinco centímetros pero suficiente para aumentar todavía más el nivel de amenaza.

—No te muevas o te hago otro a juego en tu brazo izquierdo.

Jerónimo apretó la mandíbula y gotas de sudor corrían por la sien.

Hubo unos segundos de silencio mientras Natalia miraba a su alrededor a la espera de cualquier movimiento.

Entonces, Jerónimo creyó oír un ruido. Un ruido que venía de algún lugar de la cabaña.

Bajó la mirada para concentrarse, pero no escuchó nada.

El miedo le había jugado una mala pasada. Se lo había imaginado.

O no.

Se oyó una tos seca que venía de la cama.

Era real. Como real era el miedo que sintió.

Miró de reojo a Natalia, que relajó el rostro y formó una sonrisa maliciosa.

Entrecerró los ojos mientras apretaba más fuerte el mango del machete.

Alguien se escondía debajo de la cama. Y ese alguien no podía ser otro que Christian.

Natalia acababa de encontrar a su presa.

El corazón de Jerónimo cayó en picado en una caída libre miles de metros al vacío y sus piernas empezaron a temblar.

Un pie sobresalió de debajo de la cama y luego una mano con la palma abierta.

Christian tosió de nuevo y finalmente arrastró la espalda empujándose para salir de debajo de la cama.

Se quedó boca arriba unos segundos. Indefenso.

El corazón de Jerónimo amenazaba con estallar dentro de su pecho.

Bajo la tenue luz que se filtraba por las ventanas cubiertas de escarcha, Jerónimo encontró a Christian en un estado que contradecía su usual aura de elegancia y control.

Su piel tenía un blanco fantasmal y sus ojos azules, que miraban al mundo con desafío, ahora estaban apagados y sin vida.

Ya no era el hombre que combinaba la herencia vikinga con la sofisticación londinense; en su lugar, yacía débil y vulnerable, envuelto en una manta sucia en lugar de sus habituales trajes a medida, y el sudor empapaba su pelo enmarañado.

Natalia se paró frente a Christian. Su silueta se recortaba contra la fría luz que se filtraba a través de la ventana de la cabaña. Sus ojos se clavaron en él como dagas de hielo. Se agachó y puso el machete en la mejilla de Christian. Fue bajando la punta haciendo eses hasta el cuello.

—Oh Christian, Christian, Christian... —Su voz era un susurro gélido que cortaba el aire con precisión quirúrgica. Le quitó de la frente un mechón y siguió jugando con la punta del machete sobre el rostro de Christian—. Te imaginaba más fuerte, más grande... más joven.

La respiración de Jerónimo aumentó tanto que empezó a hiperventilar. Christian empezó a toser tan fuerte que parecía que iba a sacar el hígado por la boca.

La risa de Natalia comenzó como un murmullo bajo, casi inaudible.

Y luego, creció, se elevó en volumen y en intensidad, hasta convertirse en una carcajada abierta y resonante que llenó la habitación, rebotando en las paredes de la cabaña.

No era una risa alegre ni llena de calidez.

Era afilada y cortante, como un cuchillo recién afilado, destilando una mezcla de júbilo y venganza que se entrelazaba en cada nota.

Sus ojos brillaban con una luz salvaje que rozaba la locura, revelando un destello del fuego que ardía en su interior.

Un fuego alimentado por años de dolor y determinación.

Y luego, tan repentinamente como había comenzado, la risa se desvaneció, dejando tras de sí un silencio pesado, pero el eco de su risa seguía resonando en el interior de Jerónimo.

Christian mantuvo su sonrisa tranquila y segura a pesar de la circunstancia y fue bajando la mirada despacio hasta que la posó en Jerónimo, que tenía los ojos llenos de lágrimas como si su cuerpo ya se estuviera preparando para el final de esa historia.

La sonrisa de Christian se hizo más grande, más cálida mientras contemplaba a su amigo, como si esa fuera la última imagen que quería llevarse con él al otro mundo, y movió los labios pero no le salieron las palabras: «jovencito…».

Natalia siguió la mirada de Christian hasta Jerónimo y pasó algo curioso.

Christian se incorporó, pero estaba muy débil.

Natalia tenía una mueca cómica en el rostro mientras lo observaba levantarse con movimientos lentos.

Con un movimiento torpe y brusco que pilló por sorpresa a Jerónimo, Christian se abalanzó sobre ella pero ni la estatura ni el peso pudo con Natalia que contrarrestó a Christian con una simple patada que lo mandó al suelo otra vez.

—Imbécil.

El golpe que le dio a Christian fue tan fuerte que perdió la conciencia y un hilo de sangre empezó a manar de su sien.

Su amigo había sido reducido a un muñeco de trapo.

Acto seguido, Natalia empujó a Jerónimo con tanta fuerza que cayó al suelo en una esquina.

Luego, agarró a Christian literalmente de los pelos y lo arrastró hasta la puerta sin soltar el machete que tenía en las manos.

—No —dijo como si hablara consigo misma—.

No va a ser una muerte rápida. ¿Sabes cómo va a morir esta rata?

Lo voy a tirar a las aguas. Así es como quiero que muera.

Ese fue el plan y eso es lo que va a pasar.

El impacto con el agua helada del océano Ártico será brutal, como si mil agujas se clavaran en su piel al instante.

En aguas tan frías, el cuerpo humano pierde calor a una velocidad veinticinco veces mayor que en el exterior.

Sí, me has oído bien. Veinticinco malditas veces más rápido.

A medida que intente nadar, si es que lo intenta, sus músculos comenzarán a entumecerse y la coordinación se verá afectada casi de inmediato.

Con cada brazada, la lucha se hará más pesada, más difícil, como si el océano quisiera arrastrarlo hacia abajo.

La hipotermia no solo enfría; también confunde.

Christian empezará a desorientarse. La orilla parecerá alejarse más y más, un efecto de su mente nublada por el frío que se apoderará de su sistema.

Su respiración se volverá errática, luchando por cada bocanada de aire.

El frío intenso contra sus pulmones hará la tarea de respirar aún más difícil; cada inhalación será un esfuerzo monumental.

Cada minuto que pase su fuerza se desvanecerá y sus movimientos se volverán lentos y mecánicos.

Si tiene suerte, empezará a alucinar, quizás viendo luces o figuras irreales.

Se llama «euforia de la hipotermia». Un estado que puede hacer que uno se sienta cálido y tranquilo en los momentos finales.

Las aguas serán más benévolas de lo que Christian fue con mi padre.

Finalmente sus brazos y piernas dejarán de responder.

Su corazón y su respiración se ralentizarán aún más.

Perderá la conciencia y su cuerpo se entregará a la inmensidad de las aguas frías del Ártico.

Jerónimo respiró hondo. Una vez. Y otra.

De la nariz al abdomen pasando por los pulmones.

De arriba abajo. Tres segundos en el vientre y de ahí por la boca, visible como una nube de vapor en el gélido aire.

Eso le ayudó a relajarse. No le tenía que tener miedo al miedo.

Era una respuesta natural a cualquier confrontación en la que podías salir lastimado. Así que esperaba tener miedo.

Aunque se sentía diferente. Algo había cambiado en él.

El temor se transformaba en determinación.

Como si el miedo actuara como combustible y la determinación como motor.

Y el miedo produjo adrenalina y cada poro de Jerónimo estaba impregnado de ella.

Y la adrenalina le daba una fuerza extra, casi sobrehumana.

Tenía que confiar. Confiar en ver una oportunidad para resolver esta situación.

Jerónimo sintió una fuerza incontrolable, una energía que lo devoraba y lo impulsaba a actuar.

Como si una llama ardiera dentro de él y estuviera a punto de avivarse.

Y explotó en un grito desesperado. Con un movimiento rápido, logró golpear la mano de Natalia, provocando que el machete saliera despedido por la puerta y cayera en la nieve. Aquella acción la tomó por sorpresa.

Se agachó rápidamente, pero Jerónimo se lanzó sobre ella empujándola a través de la puerta y rodaron los dos por la nieve.

Como era de esperar, Natalia tenía mejores reflejos que Jerónimo y aunque fuese más pequeña que él, tenía más fuerza.

Los dos cayeron al suelo y Jerónimo sintió un rodillazo que le dio Natalia.

Con la agilidad de un felino, lo cogió de la parka y hábilmente se dio la vuelta para ponerse encima de Jerónimo a horcajadas.

Lo tenía inmovilizado con una mano mientras con la otra buscaba el machete.

Cuando Jerónimo quiso reaccionar, Natalia lo agarró por el cuello y presionó con fuerza con las dos manos.

No necesitaba un machete. Sus ojos tenían una intensidad casi sobrenatural.

El silencio de la vasta tundra ártica los envolvía.

Jerónimo luchaba por liberarse del agarre de Natalia, forcejeando con todas sus fuerzas.

Ella seguía ejerciendo presión en su cuello, cortándole el aire.

La visión de Jerónimo comenzaba a nublarse, oscureciéndose en los bordes.

Y Jerónimo supo que le había llegado su hora.