Capítulo 33
Natalia sujetaba con fuerza la soga con la que había atado del cuello a Jerónimo y en su otra mano empuñaba un machete del tamaño de su antebrazo.
—Mi padre... —Hizo una pausa, como si al detenerse pudiera, de alguna manera, invocar la presencia de su progenitor—.
No era un hombre común. Claro, para cualquier hija, su padre siempre ocupa un lugar especial, pero me refiero a su profesión.
El mío solía ausentarse durante largas temporadas por viajes de negocios.
Yo quería irme con él, pero él siempre me decía que eran viajes aburridos.
Un día no volvió a casa. Tenía once años.
Mi madre, envuelta en una profunda tristeza y confusión, guardó silencio sobre los detalles, y yo tampoco le pregunté.
Por dos razones. Una, para no hacerle más daño a mi madre, y la otra razón porque quería borrar de mi memoria al hombre que nos había abandonado.
La admiración que sentía por él se transformó en una profunda sensación de traición y abandono.
Lo odiaba con todas mis fuerzas. —Apretó más fuerte el mango del machete—.
Mi padre nunca volvió a verme, a conocer a esa hija que se quedó en su habitación esperando a que él entrase para contarle un cuento.
Hizo una breve pausa.
—Años más tarde, a mi madre se la llevó un cáncer cuando estaba en mi primer año en el ejército.
De alguna manera, esa tragedia me obligó a enfrentarme a mi pasado.
Deseaba reunirme con mi padre. Anhelaba conocer a ese hombre que una noche nos abandonó.
Quería contarle lo mucho que lo odiaba por todo lo que nos había hecho a mí y a mi madre.
Pero también quería saber por qué lo hizo.
La única persona que me hubiera podido contar algo era mi madre, pero ya no estaba en vida.
Entre fotos, cartas y notas olvidadas en cajones y cajas, encontré una pista que me llevó a descubrir a qué se dedicaba mi padre.
Qué es lo que hacía durante esos largos viajes.
Y cuando lo descubrí, la revelación me golpeó con la fuerza de un vendaval.
Paró de nuevo y levantó la mirada al cielo.
—Mi padre trabajaba para el MI6, el servicio secreto de inteligencia del Reino Unido, y sus viajes eran misiones secretas.
Seguí sus pasos en busca de respuestas y trabajé para el MI6.
El camino para convertirme en agente no fue sencillo; requería una determinación férrea y una voluntad de acero.
Atravesé rigurosos entrenamientos físicos y mentales, aprendí el arte del espionaje, el análisis de inteligencia, y me sumergí en un mundo de secretos y sombras.
Todo esto, movida por la necesidad de entender a mi padre, de conocer el mundo que lo había consumido y, en última instancia, lo había llevado a abandonar a su familia.
Se puso de pie.
—La búsqueda de datos sobre mi padre resultó ser una misión imposible.
Los archivos del MI6 son un laberinto de secretos bien guardados y las operaciones pasadas, en particular las que terminaron en tragedia, estaban envueltas en un velo de oscuridad casi impenetrable.
Escarbé en registros, documentos desclasificados y, después de varios años de búsqueda, ¿sabes lo que encontré?
—Torció una sonrisa—. Lo único que encontré fue una tumba.
Mi padre llevaba muerto años. Qué irónica resulta ser la vida.
Lo odié durante todo este tiempo para finalmente descubrir que la razón de su ausencia, del vacío que había dejado en nuestras vidas, de aquel dolor sin sentido, fue que lo habían asesinado.
Jerónimo agachó la cabeza y su mente comenzó a enlazar ideas.
—Estoy segura de que hubiera vuelto a casa.
En su última misión, una operación que se complicó de maneras que nadie anticipó, emergió el nombre de Christian, el mismo hombre que lo había recogido aquella noche que mi padre salió del armario y confesó a mi madre su necesidad de «tomarse un tiempo».
—Natalia exhaló con rabia—. Mi padre murió una semana después de esa despedida.
Y Christian… Christian provocó la muerte de mi padre durante esa fatídica operación y pagará por ello.
El corazón de Jerónimo se disparó, la adrenalina inundó todos los poros de su cuerpo y el miedo empezó a hacerlo sudar.
Entendió muchas cosas. Entendió que simplemente era una ficha más en un juego de dimensiones que no alcanzaba a comprender.
Entendió que seguía con vida porque se había convertido en el anzuelo para que Christian picara.
—Por cierto, el paquete de viaje con la cabaña incluida me costó una fortuna.
Fue fácil convencer al snob de Philip para que aceptase el regalo.
Mereció la pena pagar ese dinero. Quería arrinconar a esa rata en el lugar más perdido de este planeta para que no escapase y que nadie descubriera jamás que fui yo quien lo maté.
Los accidentes pasan más a menudo de lo que la gente cree, ¿no?
Jerónimo intentó sin éxito aflojar la cuerda que le asfixiaba el cuello.
—Mataste a Ivik —confirmó con un tímido tono de desafío.
—Cuando lo vi en el hospital, supe que ese niñato no cerraría la boca y podía estropear el plan. —Giró la muñeca y tensó la cuerda, obligando a Jerónimo a mover el cuello—. Camina.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—¿De que Christian es el asesino de mi padre o de que se esconde como una rata en esa cabaña perdida en la nada? —preguntó con ironía.
—Las dos —respondió con un tono de voz como si no quisiera saber la respuesta.
Natalia se rio. Fue la primera vez que veía tanta expresión en su cara. Fue una risa cargada de desprecio y victoria, una carcajada que resonó con fuerza en el aire helado, marcando el inicio de su venganza.
—Sigues sin entenderlo. Eres un imbécil sentimental.
Encontré todos los detalles en un viejo informe que supuestamente tenía que haber sido destruido.
Christian provocó la muerte de mi padre y pagará por ello.
—Se acercó más a Jerónimo— Después del naufragio, cuando Christian cobró conciencia, huyó.
Sabía que iba a por él. Se puso en contacto con el viejo McCabe y luego te llamó a ti para inventarse algo para que no vinieras.
Demasiado tarde para él. Si no aparece es porque está muy débil.
Está posponiendo lo inevitable. ¿Qué más pruebas quieres?
Jerónimo bajó la mirada y su mente empezó a unir ideas. La señal de socorro que Christian mandó a la base aérea de Thule confirmaba que tenía conexión con ese lugar. La historia de Marius empezó a tener más sentido. El estómago de Jerónimo se contraía como un nudo denso y doloroso.
Natalia siguió caminando, estirando de la cuerda que ataba a Jerónimo como a un perro. Llegaron a la puerta de la cabaña.
—No te pares. Entra.
Jerónimo hizo lo que Natalia le dijo. Puso un pie en el primer escalón. Sus ojos bailaban de un sitio a otro buscando algún indicio de la presencia de Christian, pero parecía que allí no había nadie. Se resbaló y casi perdió el equilibrio. Se agarró a la barandilla y continuó caminando.
—Entra por esa puerta y, como hagas cualquier tontería, te mato. No he venido a por ti. Quiero a Christian. Cuando lo encuentre, tú te puedes ir.
Jerónimo sabía que Natalia estaba mintiendo. Hizo lo mismo con Ivik. El sonido del viento aullaba como los perros del pueblo. La puerta de la cabaña estaba abierta. Jerónimo fue el primero en poner un pie dentro.