Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 32
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Capítulo 32

Llegaron a la cabaña.

De repente, el walkie-talkie cobró vida con la voz de Aputsiaq llamándolo entre interferencias, como cuando se buscaba un canal de radio en una emisora.

Aún con las manos temblorosas por el frío, Jerónimo agarró el walkie-talkie que el policía le había dado.

Tenía el tamaño de un ladrillo de color negro mate con botones de goma dura y una antena que sobresalía de la parte superior.

Los distintos botones y la falta de una pantalla táctil lo hacían parecer un aparato sacado de otra época.

Con los dedos rígidos y algo torpe, presionó el botón más grande de la emisora y se la acercó al oído.

—¿Jerónimo? —Se oyó la voz de Aputsiaq al otro lado de la línea.

—¿Sí?

—Creí que nunca lo cogería. ¿Está bien?

—Hemos llegado a la cabaña —dijo Jerónimo—. Le llamaré cuando estemos con Christian.

—Espere, espere. ¿Está solo?

—Natalia está conmigo.

—¿Y el comandante McCabe?

—Le dimos alcance. Lo dejamos inmovilizado a un par de kilómetros. Mande a alguien en cuanto sea posible. Debo dejarle. Vamos a entrar en la cabaña.

—Espere... No entre en la cabaña.

—¿Cómo dice? —preguntó Jerónimo desconcertado.

—Me llamaron del hospital —explicó Aputsiaq—. Cuando llegué, el doctor me informó que alguien administró midazolam a Philip.

Jerónimo se detuvo. La confusión se apoderó de él.

—No entiendo.

—Midazolam es un sedante de acción rápida pero de corta duración. Estoy con Philip ahora. Está despertando.

—Pero, ¿cómo se encuentra? —preguntó nervioso.

—Algo aturdido, pero está bien. Quiere hablar con usted. Tiene algo importante que decirle.

Jerónimo respiró hondo.

—Le pongo con su hija —le dijo, girándose hacia Natalia, que estaba de espaldas a varios metros delante de él—. Tu padre ha despertado.

Ella paró. Jerónimo escuchó una voz familiar al otro lado de la línea.

—¿Jero? —La voz de Philip era un susurro ronco que terminó en una tos.

Natalia se giró despacio. Jerónimo hablaba más rápido.

—Me alegro tanto de que hayas despertado. Estoy aquí con tu hija. Vamos a recoger a Christian. Lo vamos a traer de vuelta. Todo irá bien.

Natalia caminó hacia Jerónimo. Él se acercó a ella con paso ligero. Philip se oía muy débil. Lo que le contó a continuación dejó a Jerónimo petrificado como una estatua de hielo.

—Jero… no tengo hijos. Corre, corre…

Jerónimo se tambaleó. Un temblor que comenzó en las piernas y se extendió hasta la punta de los dedos de la mano como una serpiente que reptaba, se enroscaba y lo ahogaba.

—¿Qué…? No entiendo —tartamudeó.

En ese mismo instante, Jerónimo sufrió un golpe. Bueno, recibió tres golpes.

El primer golpe fue mental. La revelación de que Philip no tenía hijos torció la realidad en un giro de ciento ochenta grados. Entonces, ¿quién era Natalia?

Llegó el segundo golpe. Este golpe fue emocional. El miedo hinchó su corazón, latiendo con tal frenesí que parecía querer escapar de la jaula de sus costillas.

Finalmente llegó el tercer golpe. El golpe que más le dolió. Fue un golpe físico. Un puño se hundió en su estómago y el impacto lo derrumbó como una torre hecha de polvo blanco en una ventisca. El walkie-talkie cayó al suelo.

Mientras se retorcía de dolor entre nieve y barro, la voz de Philip resonaba en su mente: «Corre». Aquella palabra se repetía como un mantra.

«Corre».

Una patada brutal impactó en sus costillas e inundó su boca con un amargo sabor a bilis y sangre.

Natalia lo agarró por el pelo de forma violenta y tiró de su cabeza hacia atrás, arqueando su espalda.

Acto seguido apoyó el afilado machete en su cuello rígido.

El pulso de Jerónimo retumbaba en su pecho tan fuerte que la yugular vibraba frenética a punto de estallar bajo la fría presión del metal.

—Tendrías que haberte quedado en Londres —amenazó Natalia o quienquiera que fuese esa mujer. Porque Natalia no existía. Philip no tenía ninguna hija. Entonces, ¿quién era realmente esa mujer?

La primera vez que se encontraron, el enfermero los echó de la habitación de Philip.

Ella buscaba a Christian y seguramente había entrado para comprobar el estado de Philip.

Era evidente ahora que Natalia había llegado a Ilulissat días antes con el plan de matar a Christian saboteando el barco para provocar un naufragio en las aguas del océano Ártico.

Sin embargo, su plan falló. Sobrevivieron y Christian desapareció.

Natalia y Jerónimo se encontraron por segunda vez en la cafetería del hospital, donde ella le narró una elaborada historia sobre una supuesta relación pasada entre Philip y Christian, tan convincente que Jerónimo creyó cada palabra.

Aquella pequeña cafetería de hospital sin clientes fue el lugar perfecto para disimular su presencia.

Recordó un incidente durante su conversación en la cafetería: a un joven camarero se le cayeron los platos y eso pareció perturbar a Natalia, quien tuvo prisa por irse.

Luego supo que el joven camarero era Ivik, quien posiblemente había descubierto a la persona que lo había sobornado y tuvo miedo de acercarse a Jerónimo.

Aanaa se lo explicaría más tarde, cuando estuvo en su apartamento.

Ivik no tuvo oportunidad de denunciarlo en la comisaría, pues Natalia se lo quitó de en medio.

Curiosamente, ella nunca había mostrado interés por el lugar del naufragio y tampoco se había presentado en la comisaría, hasta que Jerónimo le envió un mensaje de texto diciéndole que la muerte de Ivik no había sido un suicidio y que ella no debería quedarse sola. Qué estúpido que había sido.

Entre tanto dolor y confusión, escuchó la voz de Philip: «Corre, corre, corre». Y la oscuridad lo cubrió y terminó perdiendo el conocimiento.

Cuando despertó, se encontró tumbado boca abajo sobre la nieve.

Estaba atardeciendo. La feroz tormenta se había calmado, dejando tras sí unos cuantos copos que danzaban nerviosos.

Intentó incorporarse, pero no pudo. Aunque tenía las manos y los pies libres, notó una cuerda atada al cuello.

Natalia lo había amarrado como a un perro. Tiró de él sin piedad.

—Si haces lo que te digo, no te voy a matar. ¿Entendido?

Jerónimo tosió y escupió sangre al mismo tiempo que asentía varias veces.

—Ahora te vas a poner de pie —ordenó Natalia levantando el machete—. Entrarás en la cabaña tú primero. Yo iré detrás de ti.

A Jerónimo le quedó todo claro: o hacía lo que ella decía, o lo mataba. Se puso de pie y comenzó a caminar torpe por el dolor en las costillas y el frío que se clavaba en los pulmones como agujas.

—Ponte a andar.

Jerónimo obedeció. Natalia lo seguía a un metro y medio detrás de él.

—Más rápido —insistió ella mientras tiraba de la cuerda que Jerónimo tenía atada al cuello.

Si Christian se escondía en la cabaña, poco podía hacer por su amigo.

—Venga, sigue caminando.

—Tú no eres la hija de Philip. Philip no tiene hijos. ¿Quién eres?

Natalia exhaló con desprecio.

—Soy la hija del padre que Christian mató hace veinte años.