Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 31
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Capítulo 31

La puerta de la comisaría se cerró tras ellos con un golpe sordo. La nieve no cesaba de girar formando pequeños remolinos.

—¿A dónde vamos? —preguntó Natalia.

—Por ahí —señaló Jerónimo.

Entrecerró más los ojos para protegerse de la ventisca y caminaron empujando el viento para abrirse paso.

Todo el mundo estaba en sus casas. La tormenta de nieve había cubierto el pueblo, haciéndolo desaparecer como un mago cubría una caja con un pañuelo de seda blanco.

Cada paso era una lucha contra la nieve acumulada, que crujía bajo sus botas y se amontonaba alrededor de sus tobillos.

A pesar de la potencia de la ventisca, llegaron a la agencia de viajes en pocos minutos.

Jerónimo aporreó la puerta.

—No hay nadie —gritó para que Natalia lo pudiera escuchar a través del vendaval. Luego rodeó la agencia hasta el garaje—. Aquí guardan las motos de nieve.

Con un movimiento firme y calculado, Natalia levantó la pierna derecha y golpeó el pomo de la puerta con fuerza. Tras varios intentos, la estructura cedió, rompiéndose en trozos, cayendo la cadena al suelo.

Jerónimo se quedó atónito por la fuerza y la habilidad de Natalia. Miró a los lados, pero no había nadie.

Ella encendió la luz.

—Vamos.

El aire frío del exterior se mezclaba con el olor a metal, aceite y goma, un aroma característico de los talleres mecánicos que llenaba el ambiente.

Frente a ellos, alineadas en filas ordenadas, se encontraban varias motos de nieve, cada una con su capa de polvo y partículas de nieve traídas por el viento que se colaba por las rendijas.

Jerónimo buscó una moto de nieve con el chasis rojo y círculos blancos de diferentes tamaños.

—Esa —señaló Jerónimo—, esa de ahí es el modelo más nuevo y el mejor.

Para alcanzar al comandante McCabe, tenían que ir al doble de velocidad que él. Unos cincuenta kilómetros por hora. No parecía mucho, pero era una velocidad muy alta en las condiciones en las que estaban.

—¿Sabes llevar una moto de nieve?

Natalia no respondió. Le entregó un casco y con un gesto decidido, se subió a la moto de nieve, ajustando su agarre en el manillar. Jerónimo se sentó detrás, aferrándose a los costados de su asiento.

Con un giro firme, la moto de nieve cobró vida y el motor rugió más fuerte que la tormenta.

Jerónimo sintió la vibración bajo él, un zumbido que resonaba en sus huesos, mezclándose con la adrenalina que comenzaba a correr por sus venas.

Se puso unas gafas de nieve y se ajustó el casco.

Se agarró a Natalia y notó en el agarre que ella tenía un machete atado en la cintura, en la parte derecha.

No sabía en ningún momento cómo se iba a enfrentar al comandante McCabe. Por lo menos, no estaba solo.

Una vez montados en la moto de nieve, ella activó el sistema de navegación GPS con dirección a la cabaña.

Aunque todavía tenían varias horas de luz, la visibilidad era muy pobre. Natalia ajustó su mirada al frente, calculando la distancia y el ángulo necesario. Con un movimiento preciso, aumentó la aceleración y la moto de nieve ganó velocidad.

—¡Agárrate! —gritó por encima del rugido del motor.

Jerónimo se sujetó con fuerza a la cintura de Natalia. El viento golpeaba el rostro de Jerónimo como si presionara la cara contra una pared que quisiera atravesar como un fantasma.

La moto de nieve se abrió paso por la ventisca. Natalia conducía con una destreza innata a través del paisaje helado y mantenía el rumbo gracias al GPS. Movía el cuerpo siguiendo la inercia con cada giro y cada cambio de terreno.

Jerónimo sentía el corazón latiendo con fuerza en su pecho, una mezcla de adrenalina y miedo que le recorría las venas. Cada segundo contaba. Tenían que llegar a la cabaña antes que el comandante McCabe.

De vez en cuando, la máquina se sacudía bruscamente al pasar por encima de un montículo de nieve o una roca oculta, haciendo que Jerónimo se aferrara aún más fuerte.

Kilómetro tras kilómetro, se adentraban en la vastedad blanca de Groenlandia, dejando atrás Ilulissat. La temperatura descendía con cada minuto que pasaba y Jerónimo podía sentir el frío calándole hasta los huesos a pesar de llevar una parka gruesa.

Llegaron a una pendiente pronunciada y Jerónimo dobló las rodillas en unión con Natalia para mantener el equilibrio y la velocidad hasta que llegaron a la cima.

De repente, un destello en la distancia llamó su atención.

Jerónimo entrecerró los ojos, tratando de distinguir de qué se trataba.

A medida que se acercaban, pudo ver la silueta de otra moto de nieve, avanzando con dificultad en la tormenta.

—¡Ahí está! —gritó Jerónimo, señalando hacia adelante—. ¡Es el comandante McCabe!

Natalia asintió y aceleró aún más, acortando la distancia que los separaba, y la moto de nieve danzó entre las ráfagas de nieve que levantaba la oruga. Jerónimo se agarró aún más fuerte a Natalia, como si se agarrase a un mástil en un barco en mitad de una tormenta.

La máquina cortaba la nieve como una tabla de windsurf que cortaba las olas y levantaba una inmensa capa de nieve fresca que se alzaba como una gran ola a su paso. El viento aullaba en sus oídos y la nieve se arremolinaba a su alrededor, pero nada podía detenerlos ahora.

A pocos metros de distancia estaba el comandante McCabe montado en otra moto de nieve.

Natalia maniobró el descenso. Si la subida había sido rápida, la bajada fue aún más extrema.

Jerónimo se agarró con todavía más fuerza.

Parecía estar volando encima de un dragón que atravesaba los cielos en plena tormenta.

El viento rugía y la nieve caía como si no hubiera un mañana.

El comandante McCabe se dio cuenta e intentó acelerar, pero la moto de nieve que ellos llevaban era muy superior. Jerónimo había elegido bien.

Estaban a solo unos metros de alcanzarle cuando, de repente, su moto de nieve dio un giro brusco y se desvió del camino. Se posicionaron en paralelo al comandante McCabe.

Al aproximarse a una curva cerrada, Natalia se inclinó con habilidad, conduciendo la moto de nieve con una destreza asombrosa y desestabilizando la moto de nieve del comandante McCabe. Ella logró mantener el control, pero Jerónimo, sorprendido por el movimiento brusco, perdió el equilibrio.

Su agarre se soltó y, con un grito ahogado por el viento, fue arrojado de la moto de nieve. Su cuerpo flotó por momentos. El mundo giró alrededor de Jerónimo en un caos de blanco y frío.

El impacto contra la nieve fue simultáneamente suave y brutal, robándole el aliento y cubriéndolo en un manto helado. Por un momento, el silencio absoluto lo rodeó, un contraste marcado con el ruido del motor que se alejaba rápidamente.

Incapaz de moverse, Jerónimo yació en la nieve, mirando cómo Natalia se detenía a lo lejos. La oscuridad comenzaba a cerrarse sobre él. El sonido de las motos de nieve desapareció en la distancia.

Cuando Jerónimo despertó, nunca se hubiera imaginado lo que iba a presenciar. Abrió los ojos para encontrarse con una realidad borrosa y confusa. Un muro gris de viento y copos de nieve que bailaban a su alrededor.

No sabía si era el dolor o se lo estaba imaginando, pero un zumbido sordo le taladraba los oídos.

Movió las manos y luego las piernas y trató de comprobar si se había roto algún hueso.

Tenía un dolor de cabeza que no lo dejaba pensar con claridad.

No sabía si había pasado un minuto o una hora, tampoco sabía si estaba solo, ni siquiera sabía si estaba vivo o no. Si eso era estar muerto.

Luego, como si emergiera de debajo del agua, los sonidos y las imágenes comenzaron a aclararse. Se dio cuenta de que estaba tumbado en la nieve y su cuerpo temblaba sin control. El rugido del viento cobró más vida en sus oídos y el grito de Natalia lo trajo de vuelta al mundo.

Jerónimo se incorporó. Parpadeó para despejar una visión nublada por la caída. El comandante McCabe estaba inmovilizado boca abajo en el manto de nieve, maniatado de pies y manos y amordazado. Habían ganado. Podrían ir tranquilos a recoger a Christian.

Entonces, Natalia se acercó y se sentó encima del comandante McCabe a horcajadas, agarrándolo del pelo con una mano y con la otra sosteniendo un machete de caza. De esos con los que se podía segar la maleza con la misma facilidad con la que cortabas mantequilla con un cuchillo afilado.

Iba a degollarlo.

El comandante, amordazado, miraba a Jerónimo como si le hablara en un lenguaje que no entendía. Le suplicaba ayuda.

Un sudor frío mojó su cuerpo y su alma. Jerónimo abrió la boca, pero no le salieron las palabras. Tosió. Tomó aire por la boca y le quemó la garganta como hielo frío.

—¡No!

El tiempo se congeló, el machete quedó suspendido en el aire y la mirada de Natalia se clavó en Jerónimo. Él se puso de pie con dificultad por la nieve y la tormenta, apoyándose en sus codos.

—¡No lo hagas! —le decía mientras se acercaba a ella—. Ya se encargará la policía de él.

—Si lo dejo aquí, para cuando venga la policía, esta escoria ya estará muerta.

—No lo puedes matar.

—Le estoy haciendo un favor.

Jerónimo miró al comandante. Parecía un muñeco de trapo indefenso.

—No lo mates —repitió.

Natalia bajó el machete, soltó la cabeza del comandante como quien escupe un chicle y se puso de pie con movimientos decididos.

—Quédate tú con él si quieres. Yo iré por Christian.

Jerónimo negó con la cabeza antes de hablar.

—Vamos juntos.

Natalia bajó la mirada y se montó en la moto de nieve. Jerónimo se subió también. La tormenta estaba perdiendo poder.