Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 30
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Capítulo 30

A punto de salir por la puerta de la comisaría, el teléfono sonó.

Todos quedaron en silencio. Sonó una segunda y una tercera vez.

Aviaja extendió la mano despacio, como cuando tocabas un animal lastimado cuya reacción era imprevisible.

Se lo puso en la oreja. No dijo nada. Solo escuchó una voz al otro lado de la línea y luego alargó el brazo.

—Es para usted —le dijo a Jerónimo.

—¿Para mí? —preguntó mientras cogía el teléfono. Era Erik.

—Jero, ¿qué está pasando? —inquirió con una voz de desesperación contenida. En esa milésima de segundo, Jerónimo buscó una excusa convincente.

—Hay una fuerte tormenta y la conexión no es buena, por eso no he podido hablar antes contigo.

—¿Cómo estás tú?

—Todo bien —dijo fingiendo convicción.

—«Todo bien». Es lo único que se te ocurre decirme después de que he estado como un loco intentando contactar contigo.

Aputsiaq y Aviaja estaban a dos metros. Natalia lo había cogido de la manga de la parka.

—No tengo la culpa de que no haya conexión. Te escribí que te llamaría en cuanto pudiese.

—¿Y puedes ahora?

—Claro que puedo ahora —dijo entre dientes mientras Natalia tiraba ligeramente de él.

—Porque antes no tenías cobertura.

—Creo que ya te lo he dicho, ¿no?

Jerónimo miró la hora en el reloj de pared y luego miró la puerta de salida. Calculó que el comandante John McCabe se fue hacía exactamente trece minutos. Tenía que alcanzarlo antes de que llegara a la cabaña de donde venía la señal beacon .

—Erik, te llamo más tarde. Ahora no puedo hablar. Están pasando cosas aquí y aún no hay nada claro.

—Como, por ejemplo, que no tienes cobertura para hablar conmigo pero sí con Marius. —Las palabras salían como piedras de la boca de Erik y golpeaban a Jerónimo con fuerza.

—¿Cómo sabes que Marius...? —No terminó la frase, puesto que era absurda esa pregunta.

—Te doy cinco minutos para que me cuentes lo que está pasando. Y me lo cuentas todo.

Jerónimo se apoyó en el mostrador, agachó la cabeza y le contó en menos de un minuto todo lo que estaba pasando. Hubo un silencio momentáneo. Pasó un segundo. Dos y tres. En el cuarto segundo, Erik habló.

—Philip no debería quedarse solo. Dile a la policía que haga vigilancia hasta que encuentren a ese asesino loco. —Hizo una pausa—. Y dos cosas más. No creas todo lo que cuenta Marius.

—¿Y la otra cosa?

—Tú te quedas donde estás y dejas que la policía se encargue de todo. ¿Me estás escuchando? Tu vida también corre peligro.

Un nudo en la garganta no dejaba respirar a Jerónimo.

No podía posponerlo más. Si esta iba a ser la última vez que hablaba con Erik, había llegado el momento de sincerarse con él.

Se giró para no sentir que todas las miradas estaban clavadas en él.

Tiró de la manga para soltarse de Natalia y cerró los ojos.

—Erik, sabes que te quiero y quiero estar contigo, pero... ¿Te acuerdas de la visita de mi amigo Marcos hace unos meses?

—Claro que me acuerdo. —La voz de Erik era tan cercana que Jerónimo podía casi agarrarla en el aire.

—Digamos que abrió en mí recuerdos de mi tiempo en Valencia.

—¿Qué tiene que ver eso ahora?

—Hace unas semanas, cuando tú desapareciste, empecé a plantearme un poco la vida. No te sabría explicar bien por qué, ni siquiera me lo puedo explicar a mí mismo... El caso es que, de alguna manera, este viaje a Groenlandia ha acelerado lo inevitable.

—¿Y qué es lo inevitable? —susurró Erik como si no quisiera saber la respuesta.

Jerónimo respiró tan hondo que sintió dolor en su alma.

—No siento que sea el mismo. Es como si... no sé... como si le tuviera menos miedo a la muerte.

—Jero, ¿de qué estás hablando? Me estás asustando. Y lo peor es que no puedo estar a tu lado.

A Jerónimo se le escapó un suspiro teñido con una sonrisa.

—Quizás sea bueno que no estés a mi lado en estos momentos.

—No digas tonterías.

—No quiero hacerte daño —susurró Jerónimo.

—Sé que eso lo piensas a veces y no es cierto.

—No estoy diciendo tonterías y no quiero que tengas miedo.

—Jero, quédate donde estás. —La voz de Erik tembló.

—Tengo que encontrar a Chris. Necesito hablar con él.

—Hay alguien que lo busca y no le importa con quién se cruce en el camino. Alguien que quiere matarlo si no... —Erik paró—. Jero, ¿y si Christian no está vivo?

Jerónimo sudaba aún más dentro de esa parka hermética.

—Eso no puede ser.

—Que tu mente no quiera aceptarlo no significa que esa posibilidad no exista.

Ingresaron a Christian por hipotermia, despertó y desapareció porque sabía que alguien lo estaba buscando para matarlo.

Quizás ese asesino ya lo haya encontrado y tú estés buscando un cadáver.

Christian no estaba en condiciones físicas de dejar el hospital.

La mandíbula de Jerónimo tembló, pero no por el frío.

Seguía sudando dentro de esa parka. Ni siquiera las bajas temperaturas le hicieron sentir tanto frío como la gélida sensación que lo invadió al pensar que había perdido a su mejor amigo.

A alguien que lo había cuidado durante todos estos años.

Cuando abrió la boca el susurro de sus palabras terminó en un grito angustiado.

—No... no es así. ¡No puede ser!

—Jero, cariño, cálmate.

Aquel dolor solo podía expresarlo con esa palabra: «no».

La voz de Erik al otro lado de la línea lo despertó.

—Jero, ¿sigues ahí?

Jerónimo tragó con fuerza la congoja y se puso de pie.

—Estoy aquí.

—Prométeme que volverás.

—No te puedo prometer algo que no sé, pero sí te puedo prometer que haré todo lo posible por volver y traer a Philip y a Chris a casa.

— Jeg elsker dig —le dijo Erik que lo quería con esa voz de locutor de radio que le recordó a las tardes en las que paseaba por los lagos de Copenhague escuchando algún programa.

Jerónimo metió la mano dentro de su corazón. Erik estaba muy ilusionado con la nueva casa en Essex y él también. Aunque tenía esa incómoda sensación de que no se merecía ser feliz.

—Yo también te quiero, y mucho.

Jerónimo escuchó al otro lado de la línea la risa de Erik al oírlo decir esas palabras en su lengua materna, en español.

—Jero, creo que, cuando vuelvas, me voy a poner a estudiar español. ¿Quién sabe? Quizás nos mudemos algún día a España.

Jerónimo sonrió, pero no le dijo nada. Cuando se fue de Valencia, se marchó sabiendo que pagaba un precio muy alto por su libertad. El precio de no volver a vivir en su tierra.

Metió la mano dentro de la parka y notó el regalo de Christian, el tupilak , esa criatura legendaria del folclore local que representaba la venganza y la muerte y que hoy en día se usaba como objeto de decoración y artículo de regalo para turistas.

—Vámonos —le dijo a Natalia.

Fue la última palabra de Jerónimo antes de salir de la comisaría para enfrentarse a la feroz tormenta de nieve que llegaba a su clímax. Una gélida ráfaga le golpeó el rostro, pero ya nada podía detenerlo. Tenía que encontrar a Christian, costara lo que costara.