Capítulo 29
Si el trayecto hasta el hostal había sido difícil, la vuelta a la comisaría resultó aún más complicada. A medida que el sol comenzaba a bajar, las temperaturas descendían aún más y el viento se llevaba el eco de las conversaciones.
Salieron del coche y la tormenta se arremolinaba como si estuvieran dentro de una tempestad de arena en el desierto.
El par de escalones que subían hasta la comisaría estaban cubiertos de nieve, formando una elevación como una montaña.
Había instaladas en la puerta cubiertas para evitar la posible acumulación.
No había nadie en el pueblo, parecía un pueblo fantasma.
Cuando entraron en la comisaría, se sacudieron la nieve. Aviaja les ofreció unas toallas.
—¿Dónde está Aanaa? —preguntó Jerónimo.
—Se fue hace un rato. Quiso volver a casa. —Luego se dirigió a Aputsiaq en groenlandés.
El rostro del policía cambió. Se quitó el abrigo, pasó rápidamente hasta el mostrador y se sentó delante del ordenador.
—Hemos recibido una señal beacon —le dijo Aviaja.
Jerónimo se acercó a Aputsiaq sin entender muy bien qué le estaba contando. El policía empezó a hablar mientras miraba la pantalla del ordenador.
—Una señal beacon , o baliza de emergencia, es un dispositivo diseñado para transmitir señales de socorro y permitir la localización rápida de personas en peligro.
Es obligatorio por ley aquí en Groenlandia y en muchos otros países.
El registro es muy importante porque, si alguna vez se activa la baliza, tenemos registro de su localizador personal. Es una señal de socorro.
Al escuchar la última palabra, el corazón de Jerónimo empezó a palpitar más rápido y sintió un calor y, al mismo tiempo, un sudor frío.
—¿Señal de socorro? ¿Cree que…?
—La señal de socorro se transmite a través de satélites que forman parte del sistema Cospas-Sarsat. Esta red da cobertura global. Puede ser una falsa alarma. Espere. Estoy comprobando las coordenadas GPS precisas.
Aputsiaq dejó de teclear. Se puso de pie. Miró a Jerónimo con una mezcla de desconcierto y temor.
—Es imposible. La señal viene de la cabaña donde se quedaba su amigo. He estado en esa cabaña un par de veces. No había nadie.
—Es Christian. ¿Verdad? Es mi amigo Christian. —La voz de Jerónimo subía de tono con cada palabra que salía a borbotones por su boca—. Está vivo. Necesita nuestra ayuda. Hay que ir a recogerlo.
El viento rugía como demonios afuera. Alguien tocó a la puerta de la comisaría. Hubo un silencio. Volvieron a tocar.
— Hello !? —Era la voz de Natalia.
Jerónimo y Aputsiaq se miraron. Los tres tomaron aire al mismo tiempo. Era una falsa alarma. El viento afuera rugía enfadado. La nieve se arremolinaba. Y la noche se comía la luz del día.
Aviaja abrió la puerta y, cuando Natalia entró, se sacudió el par de kilos de nieve que llevaba encima.
—Vine en cuanto recibí tu mensaje. ¿Qué está pasando?
—¿Cómo está tu padre? —preguntó Jerónimo.
—Está despertando, pero el dolor es tan grande que le he pedido al doctor que le dé un relajante y ha vuelto a dormirse. ¿Qué pasa? —preguntó en inglés mirando a su alrededor.
—Christian ha mandado una señal de socorro desde la cabaña donde se estaban alojando.
Los ojos de Natalia brillaron.
—¡Fantástico!
Nadie prestó atención a Aviaja, que se acercó con expresión de duda en la cara.
—Hay algo que no entiendo —dijo ella—. ¿Has estado en contacto con el comandante McCabe?
—No. Ha desaparecido —explicó Aputsiaq a su mujer sin levantar la vista de la pantalla del ordenador.
—He hablado con él hace unos minutos, justo antes de que llegarais vosotros —dijo ella—. Acaba de irse. Ni siquiera entiendo cómo no os habéis topado con él. Yo… Me dijo que te informaría. —La voz le temblaba.
—¿Informarme de qué? —preguntó Aputsiaq sin ocultar su sorpresa.
Jerónimo se pasó las manos por la cara y gritó «no».
—Te mintió —le dijo su marido.
—Sabía que ese hijo de puta estaba detrás de Christian —clamó Jerónimo mientras pegaba una patada al mostrador, desesperado.
—¿Qué te dijo? —le preguntó Aputsiaq a su mujer.
La voz de Aviaja estaba tan alterada como su expresión en el rostro.
—Le dije que estabas en el taller y él me dijo que pasaría a recogerte antes de que la tormenta empeorase y te comunicaría lo de la señal beacon .
Jerónimo no necesitaba escuchar más. Christian estaba vivo y su asesino sabía dónde encontrarlo.
—Tenemos que hacer algo.
—La única forma de llegar a la cabaña en estas condiciones es con una moto de nieve. Pediré refuerzos, pero no podemos hacer nada hasta que no pase la tormenta.
—Ese maldito comandante nos lleva ventaja. Si no hacemos nada ahora, será demasiado tarde. ¿Y ese viejo sabe llevar una moto de nieve?
—Ese viejo es un exmilitar —dijo Natalia—. Está entrenado para sobrevivir.
—No tenemos otras opciones. No tengo personal —dijo mirando a su mujer—, uno de baja y otros dos compañeros con edad de jubilarse. Ellos no salen a la calle con esta tormenta. Estas cosas no pasan aquí en Ilulissat.
—Es evidente que sí que están pasando y, si no hacemos nada, la vida de mi amigo Christian corre peligro. ¿Cuánto tiempo tardará en llegar?
—La cabaña está a veintiún kilómetros de Ilulissat —explicó Aputsiaq—.
Con el tipo de terreno y en condiciones normales, llegaría en unos treinta minutos a unos cuarenta kilómetros por hora.
En estas condiciones no podrá ir a más de veinte kilómetros por hora.
Si tiene suerte, llegará en menos de una hora, si es que no tiene algún problema en el camino.
—¿Algún problema como qué?
—La tormenta no ha llegado a su clímax.
—Entiendo.
—No, no lo entiende. —Aputsiaq se acercó más a Jerónimo—. Esto es Ilulissat, una ciudad de un puñado de miles de habitantes aislada en Groenlandia. Se lo comunicaré a Nuuk y, cuando pase la tormenta, empezaremos la búsqueda.
—No podemos esperar.
—Está cometiendo una locura. Es un viaje suicida.
Jerónimo ignoró el comentario de Aputsiaq y se dirigió a Aviaja.
—¿Cuánto hace que se fue?
—Hace unos minutos. Me sorprende que no os hayáis cruzado con él.
—Se encargaría de que no lo viéramos —dijo Natalia, que se puso al lado de Jerónimo—. Voy contigo.
—Están locos.
Aputsiaq estuvo a punto de decir algo más, pero se quedó callado y miró a su mujer, que pasaba la mano por su vientre y le devolvía una mirada llena de miedo.
—Lo entiendo perfectamente —dijo Jerónimo como si leyera el pensamiento de Aputsiaq—. Quédese aquí con su mujer y pida refuerzos.
Aputsiaq le extendió un walkie-talkie negro de carcasa robusta que le recordó a la primera generación de móviles.
—Tome esto y tengan cuidado —dijo en inglés, luego se dirigió a Jerónimo en danés—. El comandante John es un exmilitar. Es un hombre viejo, pero entrenado para el combate.