Capítulo 28
—Estaba a punto de volver a casa —dijo Marius malhumorado.
Jerónimo se tapó la boca, giró la cabeza hacia un lado y habló bajito para que Aputsiaq no le escuchara.
—¿Me vas a volver a hablar de espías?
—Oye, te estoy haciendo un favor. Si hubiera más gente como yo, gente que nos apoyase, podríamos cambiar los poderes de los políticos y empresarios que mueven los hilos del mundo.
—Vale, me lo cuentas cuando nos veamos la próxima vez. Ahora no puedo hablar.
—He estado investigando en la dark web . ¿Sabes de lo que te hablo?
—Sí, la llaman deep web .
—Erik también se confunde. La deep web o web profunda son aquellas partes de internet que no están indexadas por los motores de búsqueda tradicionales.
Cualquiera puede acceder. Yo te hablo de la dark web o web oscura.
Una pequeña parte de la web profunda que está oculta y solo es accesible con un software especial.
He tenido que ir a un lugar en Copenhague que no te puedo desvelar para acceder a ella.
Se necesita un software especial, como Tor. ¿Has oído hablar de Tor?
—No.
—Pues no te lo recomiendo. La policía te puede pillar. Y ya sabes cómo son. Es la dictadura de la ignorancia. No quieren que sepas la verdad.
—Marius, tengo que dejarte.
Pero Marius continuó hablando.
—Sé de dónde viene el número de teléfono.
Jerónimo sintió cómo su estómago se hundía en una caída libre.
—¿Qué estás diciendo?
—Christian sabía muy bien el número que marcaba. Era un número especializado, dedicado a comunicaciones seguras. Podrías haber llamado todo lo que hubieras querido porque nadie lo habría contestado.
—Explícate. No tengo tiempo.
Aputsiaq observaba a Jerónimo con curiosidad.
Marius continuó hablando al otro lado de la línea.
—Es que es una forma muy inteligente de comunicarse y no ser descubierto.
Son números diseñados para ser usados exclusivamente dentro de redes específicas o para propósitos concretos, como la comunicación entre personal autorizado o para operaciones de emergencia, y ¿sabes?
Me costó dar con eso. Es un sistema un poco obsoleto que ya no está en práctica en el mundo del espionaje actual.
—Volvemos al mismo tema… ¿Y por qué no dio señal cuando llamé?
—No te enteras. Las líneas telefónicas están equipadas con protocolos de seguridad que automáticamente desactivan o restringen las llamadas entrantes de números no reconocidos o autorizados. Por eso cuando llamaste al número desde fuera de esas redes seguras «no funcionaba».
—¿Y funcionó cuando Christian llamó desde el móvil de la enfermera?
—Pues a eso no te puedo responder. No me has pedido que lo investigue.
—Déjalo. Continúa.
Jerónimo era consciente de que solo él podía escuchar a Marius, que siguió hablando, su voz cargada de una emoción que rozaba la euforia.
—Christian mandó una señal a las coordenadas 76°31'52.0"N 68°42'11.0"O
—Háblame en cristiano.
—Es decir, que tu amigo mandó una señal a la base militar de Thule.
Jerónimo no solo tenía los nervios hechos un nudo en el estómago, ahora el corazón se aceleraba, como si quisiera escapar de su pecho. Un sudor frío empezó a formarse en su frente.
—¿Estás seguro? Si no te hubiera hablado del comandante John McCabe, no hubieras sabido nada.
—¿Estás cuestionando mi honestidad?
—Estoy cuestionando tu salud mental.
—Yo no te he dicho que Christian llamara al comandante ese. El número al que llamó era un número especializado, dedicado a comunicaciones seguras o de emergencia asociadas con la base militar aérea de Thule. Ese era un sistema que se utilizaba en la Guerra Fría.
—¿Ahora hablamos de la Guerra Fría?
Jerónimo apretó más fuerte el móvil, sus nudillos volviéndose blancos por la tensión. Todo esto era demasiado para procesar, demasiado para creer. Pero ¿y si Marius tenía razón? ¿Y si Christian estaba metido en algo mucho más peligroso de lo que había imaginado?
—Hay más. Primero mandó la señal y luego te llamó a ti.
—¿Y?
—¿Por qué no lo hizo en un orden diferente?
—No sé.
—Christian tenía un plan y un orden de prioridades.
—¿Una de tus teorías?
—No, simple lógica. Ahora tengo que irme.
—Espera. Necesito un último favor.
Pero Marius había colgado y no pudo decirle que le dejara hablar con Erik primero.
Aputsiaq aparcó el coche. Acababan de llegar al hostal. Ahora Jerónimo tenía claro con quién tenía que hablar primero para encontrar a Christian. Bajó rápido del coche.
Nevaba con más fuerza y el viento aullaba como un animal herido.
—¿Cuándo cesará la tormenta? —preguntó Jerónimo contemplando cómo el viento sacudía la nieve, como si una mano sacudiera uno de esos objetos llenos de agua y bolitas de plástico que se regalan por Navidad.
—Difícil de predecir. Habrá que esperar a mañana.
Jerónimo puso el pie en el primer escalón y resbaló. Aputsiaq lo agarró antes de caer.
—Déjeme a mí —le dijo mientras subía las escaleras.
Como si hubiera vuelto al pasado, Jerónimo se encontró con la recepcionista de trenzas negras a los lados. Ella sonrió al ver a su primo Aputsiaq. Hablaron en groenlandés, las palabras fluyendo rápidas e incomprensibles para Jerónimo.
El rostro confuso de ella era señal suficiente para saber que no había visto al comandante. Jerónimo, sin avisar, se dirigió hasta la puerta de su habitación. Tocó a la puerta. Tocó una segunda vez y empezó a aporrearla.
—¡Comandante John McCabe!
Y una tercera y una cuarta. La aporreó, pero no hubo respuesta. Aputsiaq llegó con su prima.
—Ya le he dicho que me deje a mí —dijo el policía.
Empezó a tocar a la puerta.
—Comandante McCabe, ¿está ahí?
Pero no hubo respuesta. Volvió a tocar. El corazón de Jerónimo se aceleró aún más. Su pierna derecha temblaba dando golpes nerviosos sobre el suelo como un tic.
Aputsiaq volvió a llamar a la puerta.
—Voy a entrar.
La recepcionista se acercó con una copia de la llave de la habitación. Aputsiaq la cogió y le hizo señas para que se apartase.
—Usted también —le dijo a Jerónimo, que obedeció.
Aputsiaq abrió la puerta. Fue el primero en ver el interior de la habitación. Jerónimo vio su expresión y ya sabía la respuesta antes de mirar por sí mismo. El comandante John McCabe no estaba allí.
Eso no fue lo que le preocupó. Lo que realmente le preocupó es que tampoco estaban sus cosas.
—Si el comandante John McCabe está detrás de todo esto —dijo Jerónimo sin ocultar la voz tensa—, hay que encontrarlo lo antes posible.
—Volvamos a comisaría —dijo Aputsiaq imitando el tono tenso de Jerónimo.
Con una última mirada a la habitación vacía, se dirigieron de vuelta a comisaría.