Capítulo 27
Desde el asiento del copiloto, Jerónimo observaba los copos de nieve que azotaban el parabrisas, dificultando la visibilidad. El viento rugía más fuerte que el motor y parecía querer arrancarlos de la carretera.
—¿Es normal la tormenta? —preguntó Jerónimo.
—En esta época del año no es inusual. Llegaremos en unos minutos.
Daba la sensación de estar atravesando un túnel interminable como un vórtice blanco que amenazaba con engullirlos.
— Greenland , el país verde —dijo mirando el exterior—. ¿Ha hablado con el comandante John McCabe?
Aputsiaq no prestó atención. Estaba concentrado en mantener el volante rígido. Un silencio cargado se instaló entre ellos, roto solo por el aullido incesante del viento.
Minutos más tarde, Aputsiaq paró el coche delante de lo que parecía un muro de nieve.
Jerónimo se esforzó por distinguir a través de la ventisca un edificio del que era difícil de adivinar el color y el tamaño.
Empujó la puerta para salir, pero el viento no le dejaba, como si una fuerza desconocida le impidiera encontrar la verdad de la desaparición de su amigo.
El viento y la nieve les impedían moverse a través de la ventisca con cada paso que daban.
Aputsiaq dio golpes sobre una puerta de metal. Al otro lado, alguien abrió. Agarró el brazo de Jerónimo y lo empujó adentro. Luego entró el policía, sacudiéndose la nieve de los hombros.
—Este es Hakon Egede —le presentó a Jerónimo.
El mecánico tenía una barba canosa y llevaba una gorra con el logo de un motor de barco. Le chocó la mano con la misma fuerza que masticaba un chicle. Jerónimo notó que se había manchado de grasa y se la secó en el pantalón.
Unos focos de luz iluminaban el interior. Paseó la mirada por aquel lugar. La nave era un vasto espacio industrial donde hacía casi el mismo frío que afuera. El viento no dejaba de golpear sobre el metal de las paredes.
El suelo estaba salpicado de herramientas, piezas de metal y cables. En el centro estaba el barco, tumbado como un muerto al que le hacían una autopsia. Un par de focos de pie arrojaban una luz cruda e intensa sobre la embarcación, exponiendo sus secretos a la mirada escrutadora de los presentes.
—¿Qué es lo que has encontrado?
Hakon le respondió en groenlandés y luego cambió al danés.
—El motor.
—¿Qué pasa con el motor? —le preguntó Jerónimo.
El mecánico levantó la mano y Aputsiaq y él lo siguieron. Como si de un corazón que acababa de ser arrancado del pecho, el motor reposaba encima de una bandeja de metal.
—Es un modelo diésel de inyección directa.
Aquella confirmación explicaba dos cosas a Jerónimo. La primera, que Hakon, el mecánico, tenía un dominio del danés muy alto, y la segunda cosa era que él no tenía ni idea de lo que le estaba contando.
—Modelo estándar con cilindros de aleación.
Los pistones, que deberían deslizarse suavemente dentro de los cilindros, están ahora parcialmente pegados y sus superficies metálicas manchadas con residuos negros carbonizados.
Las válvulas están inmovilizadas y sus muelles cubiertos con una capa de suciedad.
Aquí —dijo señalando a una parte del motor y pasando el dedo índice por el tizne negro, como quien pasaba un algodón sobre los azulejos del baño para comprobar el polvo sucio—.
Esto es lo que produjo el incendio en el motor. Esa suciedad es azúcar.
A Jerónimo no le pareció escuchar bien lo que el mecánico dijo.
—¿Azúcar? —repitió.
—Alguien llenó el sistema de combustible con azúcar, provocando efectos devastadores en un motor diésel.
Cuando el azúcar entró en el sistema de combustible, se caramelizó y se quemó debido al calor generado por el motor en funcionamiento.
Este proceso creó una sustancia pegajosa que obstruyó los inyectores y otros componentes, impidiendo que el combustible fluyera correctamente, y causó que el motor fallase primero y explotara después.
Jerónimo intercambió una mirada con Aputsiaq. Un hormigueo inquietante se esparció desde sus manos hasta sus brazos, como si su sangre se hubiera convertido en agua fría.
—¿Cuánto tiempo pasó hasta que el motor explotó?
—Lo suficiente para que sus amigos se encontraran en las aguas cuando el motor empezó a experimentar problemas.
Salieron del embarcadero de Ilulissat esa noche.
El motor arrancó y funcionó bien durante los primeros minutos.
El sistema de combustible aún no había succionado el azúcar.
Pasaron unos minutos más y, a medida que el azúcar entraba en el sistema de combustible y se derretía, el motor disminuía el rendimiento.
Es decir, que el azúcar derretido empezó a obstruir los inyectores de combustible y dificultó la correcta atomización.
El motor empezó a perder potencia y a funcionar de manera irregular.
—¿Cuánto tiempo pasó hasta que empezaron a tener problemas con el motor?
—No más de diez minutos. La obstrucción continuó en los inyectores de combustible y posiblemente en el filtro.
El motor se calentó más allá de los límites seguros.
Yo creo que las partes metálicas del motor empezaron a expandirse de manera desigual, lo que también causó daños adicionales a los componentes internos, como los cilindros y los pistones.
Después de unos veinte minutos, el sobrecalentamiento persistió y la obstrucción provocó daños críticos en el motor.
Mira —les dijo señalando los pistones—. Están rotos y, aquí, el bloque del motor se agrietó debido a la expansión térmica.
—¿Y no se dieron cuenta?
—Supongo que sí, pero para entonces ya era demasiado tarde. Los gases acumulados y el combustible no quemado dentro del sistema de escape pudieron encenderse debido a las altas temperaturas y finalmente provocaron la explosión.
—Una explosión —repitió Jerónimo con sorpresa.
—La explosión no tuvo que ser masiva, pero sí lo suficiente para causar daños estructurales en el barco y provocar el hundimiento.
Jerónimo se pasó las manos por la cara. Unas manos frías y agrietadas por las bajas temperaturas. Pero el frío que sentía en su interior no tenía nada que ver con el clima.
—El agua siempre encuentra su paso —continuó el mecánico—.
Por el tamaño y tipo de barco, el hundimiento ocurrió en unos minutos.
Estaban a unos doscientos metros de la costa.
La situación se agravaría si el sistema de bombeo de achique se dañó o si su capacidad era insuficiente para manejar el ingreso de agua.
Jerónimo apretó las manos en puños.
—Esto cambia la naturaleza de la investigación.
—Lo sé —respondió Aputsiaq con voz grave—. Intento de homicidio. La pregunta es si lo consiguió.
Jerónimo sintió un golpe en el estómago, como si alguien le hubiera dado un puñetazo.
—¿A cuántos metros?
Hakon miró a Aputsiaq.
—Según el informe, a menos de doscientos metros.
—¿El informe del comandante John McCabe?
—Correcto. Pero no aparece nada sobre el azúcar en el motor.
Jerónimo y Aputsiaq se miraron el uno al otro y luego miraron a Hakon.
—¿Por qué ocultarlo? —preguntó Jerónimo, pero no necesitaba que nadie respondiera a esa pregunta. Las implicaciones eran claras.
Aputsiaq sacó su móvil. Jerónimo lo miró expectante.
—No hay señal —dijo frustrado—. Es la tormenta.
—Vayamos al hostal antes de pasar por la comisaría. Es el único sitio en el que se me ocurre que podría estar. Ayúdeme a ponerle cadenas al coche o nunca llegaremos.
Aputsiaq dejó encendido el motor y sacó unas cadenas del maletero del coche.
Jerónimo se agachó para ayudarle a ajustarlas con los dedos entumecidos por el frío.
La tormenta se había hecho más intensa y era difícil comunicarse.
Era como mirar a través de una nebulosa blanca que deformaba la realidad.
Hacía frío y el viento hacía que la sensación térmica fuera aún más baja.
Aputsiaq revisó el tubo de escape para que no hubiera obstrucción de nieve, para evitar la acumulación de monóxido de carbono dentro del vehículo, y entraron en el coche, llenando los asientos de nieve que empezó a derretirse rápidamente.
Aputsiaq encendió las luces y atravesaron la tormenta en dirección al hostal.
Una vez dentro del coche, Jerónimo reinició su móvil una vez más.
Tenía dos llamadas perdidas de Erik y un mensaje que insistía en que lo llamara de vuelta inmediatamente.
Estaría muy preocupado. Entendía que era frustrante no poder hablar con él porque la señal en Groenlandia iba y venía como las tormentas, que se hacían cada vez más fuertes.
Le respondió de inmediato para que estuviera tranquilo de que estaba bien.
«Ahora te llamo».
Necesitaba tiempo para organizar qué le iba a decir y cómo decírselo. Philip estaba bien. Despertaría en las próximas horas.
Alguien saboteó el barco en el que navegaban Christian y Philip. Alguien quería matar a Christian. Lo pensó mejor. Eso aún no se lo diría. Le diría solo lo de Philip.
El móvil de Jerónimo vibró. Marius lo estaba llamando también.