Capítulo 26
Jerónimo y Aanaa caminaron hasta la comisaría en medio de una nevada que cogía intensidad.
No intercambiaron palabras. Él la miraba de reojo, como si en algún momento ella fuera a salir corriendo.
Algunos habitantes del pueblo posaron sus ojos en ellos con curiosidad. Aanaa andaba con la cabeza gacha.
Ilulissat era la tercera ciudad más poblada de Groenlandia, pero a ojos de Jerónimo no pasaba de ser un pueblo de pescadores y perros salpicado de casas de colores.
—¿Estás segura? —le preguntó, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellos.
—No —respondió Aanaa.
La gente del pueblo con la que se encontraba por el camino les saludaba, como se hacía en cualquier pueblo del mundo.
Algunas personas incluso paraban con la mirada puesta en Aanaa, como si esperasen que ella también lo hiciera para contarles por qué estaba con un turista y hacia dónde iban.
Incluso algunos ya sabían quién era Jerónimo después del segundo día.
Él quiso decirle a Aanaa que no se preocupara. Que todo iba a salir bien. Pero no quería mentir a esa muchacha que acababa de conocer hacía unas horas. Quizás las cosas no saldrían bien esta vez. Quizás nunca encontrase a Christian. Quizás estaría ya muerto.
Philip estaba a punto de despertar y él no tenía buenas noticias que contarle.
Christian lo llamó, pero no le dejó un mensaje.
Christian tenía que saber que alguien estaba detrás de él.
Primero marcó un número por error y luego lo llamó a él y, finalmente, se dio a la fuga.
Quizás intentó llamarle para decirle que no hiciera nada.
Que no viniera en su ayuda. Bueno, un poco tarde.
Llegaron a la comisaría. Aviaja estaba detrás del mostrador como siempre. Miró a Jerónimo, luego a Aanaa y abrió más los ojos con sorpresa.
—Tenemos que hablar con Aputsiaq —dijo él con voz firme.
Ella asintió.
—¿Qué pasa? —preguntó Aputsiaq, que salía de la oficina.
Tenía aspecto cansado. Demasiado trabajo para una comisaría tan pequeña.
—Aanaa tiene que contarte algo.
—Aanaa, ¿estás bien? —preguntó el policía.
—¿Podríamos hablar a solas? —pidió Jerónimo mirando a Aviaja, la mujer de Aputsiaq.
Este asintió.
—Pasen a mi despacho.
Aviaja se quedó observando la escena con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Era evidente que Aputsiaq, su marido y compañero de trabajo, la mantendría al tanto de todo, pero lo importante, lo que Jerónimo le había prometido a Aanaa, era que guardaría su historia en secreto hasta que encontraran al asesino de Ivik.
Pasaron a la oficina, se sentaron y Aanaa contó todo lo sucedido como se lo había contado a Jerónimo. El viento no paraba de golpear los cristales de la ventana, como si quisiera entrar a la fuerza por no ser invitado.
Cuando terminó la historia, Aputsiaq le habló a la muchacha en groenlandés. Jerónimo no entendía las palabras, pero podía sentir la gravedad en el tono del policía.
Ella miró a Jerónimo y dijo en danés:
—No lo puede saber nadie.
Aputsiaq no le confirmó nada.
—¿Dónde está el dinero?
Aanaa metió la mano en el bolsillo de su parka. Con un sutil gesto, Jerónimo puso su mano sobre el antebrazo de Aanaa debajo de la mesa para que Aputsiaq no se diera cuenta.
—Desapareció —intervino Jerónimo—. Tiene que estar en el apartamento de Ivik o en algún otro sitio.
—¿No tienes ni idea?
Aanaa retiró la mano del bolsillo despacio y negó con la cabeza con la mirada baja.
—No. Nunca vi el dinero.
Jerónimo sonrió por dentro. Sacó un pañuelo de papel y se lo extendió a Aanaa para que se limpiara las lágrimas que corrían por sus mejillas. Aquel dinero marcaría un nuevo rumbo en la vida de la muchacha.
Hubo un largo silencio. Aputsiaq se dirigió a Aanaa.
—Tengo que hablar con Jerónimo —le dijo en danés y ella abandonó la oficina.
Se quedaron solos.
Jerónimo le preguntó a Aputsiaq:
—¿Qué va a pasar con Aanaa?
—Que fuera la amante de Ivik me trae sin cuidado.
Sé lo chismosos que pueden ser aquí, y todos hemos tenido líos a su edad.
—Hizo una pausa—. Lo que ella cuenta confirma algo que no pensaba contarle hasta recibir instrucciones de Nuuk.
Quería hacer unas comprobaciones primero, pero creo que no nos va a dar tiempo.
—Se puso de pie—. Será mejor que me acompañe.
—¿A dónde vamos?
—Al desguace.
Aputsiaq era una persona tranquila, tanto en la voz como en sus movimientos, pero había algo nuevo en la expresión del policía. Estaba nervioso y eso ponía mucho más nervioso a Jerónimo.
—Que Aanaa se quede aquí contigo —le ordenó a su mujer—. No quiero que vuelva a su casa hasta que nosotros estemos de vuelta. Tenemos que hacer algo primero.
La preocupación en el rostro de la mujer policía era evidente. Pasaba la mano por el vientre sin ser consciente de ello.
Aputsiaq se acercó a ella, le susurró algo al oído y le dio un beso de despedida.
Jerónimo sintió una piedra en el estómago, pesada y grande, que tiraba de él como si no quisiera que se moviera del sitio.
Con un último vistazo a la mujer de Aputsiaq, Jerónimo siguió al policía fuera de la comisaría.