Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 25
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Capítulo 25

El estudio de Aanaa consistía en una minicocina con dos fogones eléctricos, un armario de chapa y un minifrigorífico.

Al otro lado, un sofá cama, una mesa cuadrada con dos sillas.

Pegada a la pared, una televisión de al menos cincuenta pulgadas que incluso parecía mucho más grande en ese pequeño lugar y, en el suelo, una maraña de cables y una consola.

—¿Quieres beber algo? —preguntó Aanaa acercándose al pequeño frigorífico.

Jerónimo negó con la cabeza mientras paseaba la mirada por una foto del tamaño de una hoja de papel que colgaba del frigorífico con un imán. Era una foto de un grupo de amigos en una fiesta de estudiantes.

Ella observó a Jerónimo.

—Aquí está Ivik y esta es su novia, Gitte —dijo señalando a una chica rubia.

Él levantó la mirada de la foto y observó la expresión de Aanaa y tuvo la sensación de que ya sabía lo que le iba a contar.

—¿Te veías con Ivik? —le preguntó.

Los ojos de Aanaa se abrieron más.

—¿Cómo lo sabes? —dijo ella con sorpresa en la voz.

—Yo también he tenido tu edad.

Ella miró al suelo.

—Aanaa, no he venido a juzgarte. He venido a encontrar a mi amigo Christian. ¿Puedes ayudarme?

Ella levantó la mirada. Había una vulnerabilidad en sus ojos, una tristeza que parecía demasiado profunda para alguien tan joven.

—Nadie conocía a Ivik tan bien como yo. Nadie. Ni siquiera Gitte.

Ella tragó con dificultad mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas. Abrió el frigorífico, sacó una lata de cerveza y le dio un gran trago. A Jerónimo se le hacía difícil ver a una chica tan joven y tan bonita con una cerveza en la mano un día entre semana a mitad de la mañana.

—Ivik está muerto, así que me importa poco lo que te voy a contar —dijo invitándole a sentarse—. Pero sí que me importa que se entere la histérica de Gitte.

—Eso no es asunto mío.

Ella también se sentó.

—En este pueblo, los asuntos de cada uno suelen ser de conocimiento público —dijo dando un segundo trago a la cerveza—, por eso uno vive con miedo al qué dirán.

Le dio tiempo para que se sintiera más tranquila en su propia casa y la dejó hablar. Cada palabra parecía costarle un esfuerzo inmenso, como si estuviera arrancando pedazos de su corazón con cada sílaba.

—Lo que te voy a contar no lo sabe nadie en el pueblo —comenzó ella—. Te lo cuento a ti porque no eres de aquí. —Su voz era tan intensa como su mirada—. Ivik no pensaba en el suicidio. Pensaba en escapar de este lugar de mierda.

Jerónimo respiró hondo.

—Cuéntame qué pasó.

Aanaa jugó con su pulsera de cisnes con la mirada perdida.

—Ivik y yo, bueno, nos veíamos de vez en cuando.

Al principio, solo me hablaba de las peleas que tenía con Gitte.

Decía que yo lo entendía mejor, que había algo en mí que lo hacía sentirse escuchado, valorado…

—Paró. Dejó de jugar con la pulsera—. Y entonces, sucedió.

Primero fue solo una vez, pero después...

fueron muchas más. Siempre en secreto, porque en este pueblo guardar secretos es como tratar de contener el viento con las manos.

—Levantó la mirada—. Quiero mudarme a Copenhague.

Estudiar Educación allí. Pero es solo un sueño, ¿sabes?

Aquí es como si los sueños estuvieran destinados a ser eso… sueños.

Aanaa parecía más mayor en ese momento.

Sin darse cuenta, rozó la lata de cerveza que cayó al suelo, aunque por suerte estaba vacía. Sin levantar la mirada, continuó hablando.

—Ivik trabajaba de lavaplatos y lo llamaban de un par de cafés cuando alguien se ponía enfermo. También trabajaba algunas noches en el embarcadero. Más como un favor. Se encargaba de ayudar a Qaavigaq con las cosas del mantenimiento.

—¿Qué hacía exactamente?

—Qaavigaq está mayor y también le gusta beber, así que cuando este lo llamaba, muchas veces borracho, Ivik limpiaba las cubiertas para que estuvieran libres de hielo y evitar accidentes.

Los pescadores salían por la mañana e Ivik estaba por la noche unas horas antes de que los barcos zarpasen temprano.

Jerónimo escuchaba, absorbiendo cada palabra, cada pausa, cada suspiro.

—Estoy segura de que alguien mató a Ivik —dijo con voz tan serena que Jerónimo no supo si el golpe en el estómago que tuvo fue provocado por lo que acababa de decir o por la tranquilidad con la que lo había dicho.

Él se acercó más a Aanaa, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.

—¿Por qué dices eso?

Ella continuó.

—La noche del naufragio, Ivik vino a casa con una cena para llevar que había encargado en un restaurante.

Me dijo que no podíamos comer en un lugar público, pero podíamos traer la cena a casa.

—La mirada de Aanaa era tan intensa como la historia que estaba contando—.

Incluso había traído velas para hacer aquella noche más romántica.

Estaba nervioso, pero yo sabía que no era solamente por la cena, que tenía que haberle costado una fortuna.

Le pregunté de dónde había sacado todo ese dinero.

Me contó una historia tan extraña como increíble.

No me lo creí, bueno, hasta hoy. Pensé que me estaba mintiendo, pero si Ivik está muerto, quiere decir que la historia que me contó era cierta.

Por eso tenía tanto miedo. Él vive solo en un estudio casi pegado al puerto.

Se encontró en su buzón un sobre con dinero y un mensaje.

Le pedían que emborrachase a su jefe Qaavigaq, dejase la puerta abierta del embarcadero y no volviese hasta el día siguiente.

Si no quería cooperar, tendría que dejar el sobre intacto en el buzón.

Y si se quedaba con el dinero y no cumplía con el trato, bueno, si no cumplía con el trato, lo matarían. —Su voz se ahogó en la última palabra.

Jerónimo tuvo una punzada en el estómago.

—¿Ivik aceptó la oferta? —confirmó Jerónimo más que preguntar, aunque ya sabía la respuesta.

Aanaa metió la mano debajo del asiento del sofá y sacó un sobre que puso encima de la pequeña mesa de centro. Jerónimo puso la mano en el sobre.

—Veinte mil coronas danesas en billetes de cien —dijo ella—.

Dinero suficiente para comprarse un billete de avión a Copenhague y desaparecer de este pueblo.

—Hizo una pausa. Cuando continuó, su voz era aún más triste—.

Cuando terminamos de cenar, me dijo que quería volver a su estudio, pero sabía que me mentía.

Volvió al embarcadero seguramente. Querría ver cómo estaba Qaavigaq.

Al día siguiente, después del naufragio, supo que aquella persona intentó matar a Philip y a Christian y tuvo mucho miedo de ir a la policía.

No sabía quién era, pero esa persona sabía quién era Ivik.

Estos dos últimos días han sido una pesadilla.

Estaba paranoico. Ayer por la tarde vino a verme.

Había ido al hospital para ver a su amigo y me dijo que lo había visto con una mujer.

Jerónimo recordó que, estando en el café, a alguien se le cayó una bandeja al suelo, pero estaba tan alterado y confuso que no le prestó atención.

—Ahora lo recuerdo. Estaba con la hija de Philip. La pareja de mi amigo que sufre hipotermia. Despertará pronto.

—Me alegro. Quería contarte lo sucedido. Que supieras que alguien había saboteado el barco y todo era por su culpa. Pero no se atrevió y… —Aanaa fue incapaz de terminar la frase y su voz se quebró en un sollozo.

—Y alguien se adelantó y lo quitó del camino.

Los ojos de Aanaa se llenaron de lágrimas.

—Ahora soy yo la que tiene miedo y estoy desesperada.

Jerónimo puso el sobre en las manos de Aanaa y las cerró.

—Ahora es tu dinero. Quédatelo.

—No lo quiero. Ese dinero está manchado con la sangre de Ivik.

—¿Y qué vas a hacer?

—Lo mismo que hicieron mi madre y mi hermana mayor. Me quedaré en este pueblo de mierda con mi familia y un marido insatisfecho.

Jerónimo sacó un pañuelo de papel de su mochila y se lo ofreció a Aanaa.

—Dices que nadie sabe de la existencia de este dinero. Deberías aceptarlo. Ivik hubiera querido que hicieras una nueva vida.

Aanaa se sonó la nariz.

—De verdad que no lo quiero.

—No tienes por qué tomar esa decisión ahora. No tienes por qué aceptarlo. Guárdalo. Date un tiempo y, si realmente no lo quieres, deshazte de él, pero date tu tiempo.

—No tengo tiempo.

Jerónimo sonrió.

—Te doblo en edad. Hazme caso. Tómate tu tiempo si es lo que necesitas, pero cumple el deseo de Ivik.

—¿Qué deseo es ese?

—El deseo de que seas feliz. El acto de compartir contigo el dinero deja claro ese deseo.

La joven se puso a llorar desconsoladamente. Jerónimo la abrazó.

Entre sollozos, ella se iba desahogando.

—Nadie sabe que estábamos juntos. Nadie podía saberlo. Nadie tenía que saber que soñábamos con escapar de aquí.

Jerónimo la miró a los ojos y con el dedo pulgar le limpió las lágrimas.

—Razón de más para que te quedes con el dinero y cumplas el sueño que teníais. —Se tomó una pausa—. Yo no voy a decirle nada a nadie.

Cuando la conversación llegó a su fin, Jerónimo se encontraba en una encrucijada. La revelación de que Ivik había sido sobornado y posteriormente asesinado bajo circunstancias tan misteriosas, llevó a Jerónimo a una inquietante conclusión: un asesino estaba suelto en ese pueblo.

—No puedes quedarte sola —le dijo con voz preocupada—. Acompáñame a la comisaría. Nadie tiene que saber que estabas con Ivik, ni que tienes un sobre con dinero. Te lo prometo. Pero Aputsiaq tiene que saber que Ivik fue asesinado y que el asesino anda suelto en este pueblo.

Aanaa se puso de pie y se secó las lágrimas.

—Quiero que encuentres al hijo de puta que mató a Ivik.

Cuando salieron a la calle, la nieve se hizo más intensa.

Miró a Aanaa, caminando a su lado con la cabeza gacha contra el viento.

Los copos caían en remolinos frenéticos, cubriendo el mundo en un manto blanco y silencioso.

Por un momento, a Jerónimo le pareció ver a Christian a lo lejos, pero era solo la nieve jugando con su imaginación, una ilusión nacida de su desesperación.

Jerónimo mandó un mensaje a Natalia, sus dedos entumecidos por el frío mientras tecleaba las palabras.

«La muerte de Ivik no fue un suicidio. No puedes quedarte sola. Ven a la comisaría lo antes posible».

Mientras caminaban, la mente de Jerónimo era un torbellino de pensamientos y emociones. La tragedia de Ivik, la desaparición de Christian, el naufragio... todo estaba conectado.