Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 24
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Capítulo 24

Quince minutos más tarde, salió del hostal siguiendo la dirección que Aanaa le había dado, que lo condujo a un bloque de edificios alejados del océano en el Ilulissat más interior.

De camino, llamó de vuelta a Erik. Un nudo se formó en su estómago al escuchar la voz de su pareja.

—Sé que has hablado con Marius —confirmó este con una mezcla de preocupación y enfado a partes iguales.

—Le hice una consulta.

—¿Qué tipo de consulta?

—Christian aún no ha aparecido, la policía no hace nada y de repente llega el comandante John McCabe.

—¿El comandante John McCabe?

—Militar jubilado. Viene de la base aérea de Thule. Está revisando el naufragio. ¿No te parece raro?

—Marius está con medicación. No solo lo que fuma, sino también lo que el médico le receta. Me da igual que lo hayas llamado. Que te haya contado cosas que tú no sabes si son ciertas o no.

—¿Entonces ese cabreo? —Jerónimo tragó. Sabía por qué Erik estaba enfadado. Respiró hondo—. Lo siento.

—Pues si lo sientes, vuelve a Londres.

Jerónimo no dijo nada.

—Estoy esperando una respuesta —insistió Erik.

—Claro que voy a volver a Londres.

—Jero, te lo voy a dejar muy claro. O vuelves a Londres o voy yo y te recojo.

—Se acerca una tormenta.

—Jero…

—No te miento. Se acerca una tormenta y van a cancelar los vuelos. Cuando pase, vuelvo.

—Promételo.

—Te lo prometo.

Erik sabía bien que cuando él prometía algo, lo cumplía.

—Está bien. Estaba preocupado por ti.

Sabía que había estado distante con su pareja desde que Christian y Philip estuvieron cenando para celebrar la inauguración de su nueva casa la semana pasada. Una oleada de culpa lo invadió.

Podía haberle contado a Erik todo lo que sabía, pero le prometió no mentirle, no que tuviera que contarle todo. Así no lo preocuparía más. Era un equilibrio delicado, un acto de malabarismo emocional que no sabía cuánto tiempo podría mantener.

Cuando se despidieron, de alguna extraña manera se alegró de que se acercara una tormenta. De esta forma, le daría más tiempo para poder encontrar a Christian. Volvería a Londres, pero no volvería solo. Christian regresaría con él.

Jerónimo se detuvo ante un edificio con una nota en la que estaba escrita una dirección con una letra apresurada.

Antes de entrar en el edificio, se lo pensó dos veces. No le había dicho a nadie dónde estaba. No le había dado tiempo de reflexionar. Pero la urgencia de encontrar a Christian, de descubrir la verdad, lo impulsaba a seguir adelante. No podía echarse atrás ahora, no cuando estaba tan cerca.

Tocó el timbre y la puerta de la calle se abrió. Era el segundo piso. Un olor a carne cocida le dio la bienvenida. Tampoco había nadie en el rellano.

El edificio no tenía ascensor. Le recordó a esos pisos que tienen los ayuntamientos en Londres para madres solteras y desempleados. Subió las escaleras hasta que llegó al segundo piso.

La puerta estaba entreabierta, pero no había nadie. Al llegar, la rozó para hacer ruido y sintió su ritmo cardíaco acelerarse.

—¿Aanaa?

Al otro lado de la puerta, escuchó su voz:

—Pasa. La puerta está abierta.

Jerónimo la empujó, pero no entró. Había un pequeño pasillo de paredes color crema que daba a un estudio. Aanaa tampoco estaba ahí.

—¿Aanaa? —volvió a preguntar y contuvo el aire. Aún no había puesto un pie en el apartamento.

Entonces ella se asomó al pasillo.

—Pasa, pasa.

Jerónimo soltó el aire y se sintió más tranquilo por momentos.

—Creí que me había confundido. Afuera no pone tu nombre.

—El apartamento está a nombre de mi padrastro. No te quedes en la puerta —dijo ella invitándolo a que entrara—. Lo que ves es lo que hay. Este salón es mi estudio.

Aanaa cerró la puerta del rellano tras ellos, asegurándose de que su conversación permanecería confinada entre esas cuatro paredes, y corrió las cortinas del estudio.