Capítulo 23
Jerónimo pasó por el hospital para ver a Natalia, que estaba con su padre. Le contó sobre su encuentro con la familia de Ivik. O más bien, su no encuentro. No le dio más detalles a la espera de que Aputsiaq se pusiera en contacto con él. No la quería preocupar.
Philip se estaba recuperando y el doctor había autorizado que Natalia pudiera estar en la habitación haciendo compañía a su padre, y quizás con la esperanza de que Christian volviera al hospital. Ella le prometió que sería el primero en saberlo.
Se despidió de ellos y mientras caminaba de vuelta al hostal, tuvo una sensación extraña. Como si alguien lo estuviera siguiendo. Un escalofrío recorrió su espalda y sintió cómo su ritmo cardíaco se aceleraba. No estaba solo.
Miró a los lados, pero no vio a nadie. Aun así, la sensación persistía, como un cosquilleo en la nuca, un sexto sentido que le advertía de un peligro invisible.
Al llegar al hostal, la quietud del lugar le resultó inusual. Ni siquiera el recepcionista se hallaba en su puesto. Un silencio pesado colgaba en el aire, como si el edificio contuviera la respiración, esperando algo.
Tocó a la puerta para hablar con el comandante McCabe, pero nadie abrió. Volvió a recepción y se quedó en la entrada unos segundos, como si su intuición le dijera que algo estaba a punto de suceder.
Y así fue. Ese alguien entró.
Era una de las chicas con las que acababa de hablar hacía un rato.
—¿Puedo ayudarte en algo? —rompió el silencio Jerónimo.
Ella vaciló. Se notaba que estaba nerviosa. Se presentó como Aanaa y era amiga de la novia de Ivik. Tenía una piel clara y un pelo oscuro recogido en una coleta.
—Está destrozada —dijo ella mientras le mostraba una pulsera de plata con pequeños cisnes colgando—. Me lo regaló Ivik hace dos veranos cuando estuvo en Copenhague. Dijo que me traería suerte. Los cisnes representan a Dinamarca. ¿Has estado en Copenhague?
La voz de Aanaa era más grave de lo que Jerónimo habría esperado en una joven que aún no había alcanzado la mayoría de edad. Más seria. Más madura, tal vez con un matiz de melancolía.
Su móvil sonó. Era Erik. Cortó la llamada. Fuera lo que quisiera su pareja, tendría que esperar. Esto parecía más urgente.
—Viví muchos años en Copenhague —respondió Jerónimo a Aanaa—. Aprendí danés allí.
—Yo nunca he estado. Quiero ir un día, pero los vuelos son muy caros y aún no he terminado los estudios.
—¿Qué estudias?
—Estoy en el último año de secundaria. Quiero pedir una plaza para ir a la universidad de Copenhague y estudiar Educación. Me gustaría ser profesora de primaria.
—¿Puedes estudiar Educación en Nuuk?
—No me gusta Nuuk.
—¿Por qué?
Ella se encogió de hombros.
—Las chicas de la capital son muy engreídas.
El móvil de Jerónimo sonó una segunda vez. Erik insistía. Esta vez, lo puso en silencio y retomó la conversación con Aanaa.
—¿Entonces te mudarás a Dinamarca?
Aanaa se tocó la pulsera en un gesto casi involuntario. Como si buscara fuerza en ese talismán de cisnes plateados.
—Tengo familia y hermanos pequeños aquí.
Jerónimo no insistió.
—Siento mucho la muerte de Ivik —dijo al final.
Con la tercera llamada de Erik, apagó el móvil para que no lo molestara.
Ella lo observó en silencio. Miró al suelo, luego miró a Jerónimo.
—Sé que estás buscando a su amigo y tengo algo que contarte.
El corazón se le aceleró. La invitó a sentarse, pero ella se quedó de pie.
—No quiero que me vean contigo. Yo… solo soy la amiga de la novia de Ivik. Nada más. Aunque ya da igual. Ivik se fue.
Jerónimo no entendió muy bien el comentario y dejó que la joven hablara. Estaba nerviosa, pero no solamente por la muerte de Ivik. Había algo más. Algo que la carcomía por dentro, que la empujaba a hablar a pesar de sus miedos.
—¿Qué puedo hacer por ti?
Ella le dio una nota.
—Toma. Ve a esta dirección en quince minutos. Primero iré yo. Allí te contaré algo que tienes que saber.
Jerónimo tomó la nota. La dirección estaba garabateada en tinta azul.
—¿Es algo que tiene que saber la policía?
Ella sacudió la cabeza en una rápida negativa.
—Aquí nos conocemos todos. Prefiero que lo sepas tú a que lo sepa Aput. No le digas nada a nadie. O por lo menos no todavía.
La joven se dio la vuelta, se puso la capucha y salió del hostal. Se fundió con las sombras de la tarde ártica, desapareciendo tan rápido como había llegado.
Jerónimo se quedó allí, la nota apretada en su mano.
Encendió el móvil. Tenía tres mensajes de Erik.
El primero ponía: «Llámame».
Y el segundo: «Llámame ahora».
Y el tercero: «¡Argh…! ¡Jero!».