Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 22
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Capítulo 22

La tarjeta de felicitaciones de Christian era una acuarela pintada a mano de muchos colores en tonos pastel.

Mostraba un exuberante invernadero lleno de flores exóticas y tallos que se entrelazaban de manera sensual.

Con la precisión de un maestro pintor, daba la impresión de que cada pétalo y hoja estuviera en movimiento.

Los bordes de la parte delantera de la tarjeta estaban decorados con detalles en dorado que realzaban su belleza.

El papel, al tacto, parecía pergamino duro, y en la esquina inferior derecha se encontraba el sello de la tienda Fortnum & Mason en Londres.

Dentro estaba aquella tarjeta amarillenta por los años con su nombre escrito en mayúsculas y sin acento.

«JERONIMO». Un nudo se formó en su estómago, apretándose con cada segundo que pasaba en el silencio de la habitación.

El pasado volvía a tocar a su puerta. Era como un bumerán que arrojaba con todas sus fuerzas, pero cuanto más fuerte lo lanzaba, con mayor intensidad le golpeaba de vuelta.

Desde la última vez que vio a Christian, cada madrugada seguía el mismo ritual.

Como el día de la marmota. Bueno, la noche de la marmota.

Despertaba con la misma pesadilla para luego tomar conciencia de dónde estaba.

Primero se aseguraba de que Erik continuara durmiendo.

Entonces, se levantaba con cuidado y arrastraba los pies con pasos lentos hasta el armario, tratando de no hacer ruido.

Abría el cajón y se cambiaba de camiseta.

Antes de salir de la habitación, se quedaba unos segundos contemplando la respiración rítmica de Erik.

Cruzaba el pasillo y entraba en la oficina.

Se sentaba en el escritorio victoriano que le regaló.

Deslizaba los dedos lentamente sobre la superficie del mueble, acariciando la madera envejecida, y encendía la pequeña lámpara de vidrio verde.

Y, finalmente, sacaba del cajón falso la tarjeta amarillenta por los años y recordaba su pasado.

Un pasado del que huyó hacía veinte años.

Justo un mes de diciembre, la fría madrugada de un domingo.

Aquella noche alguien quería matarlo. Corrió desesperado por las calles oscuras del Barrio del Carmen de la ciudad de Valencia y llegó al bar de un amigo.

Las persianas estaban a medio bajar, pero había luz dentro.

Parecía como si su amigo lo estuviera esperando.

Lo agarró del brazo, lo metió dentro del bar y bajó las persianas.

El cuerpo de Jerónimo temblaba de pánico.

Sus manos y la ropa estaban manchadas de sangre, como si un pintor le hubiera tirado un brochazo de pintura roja.

Su amigo no le hizo preguntas. Lo llevó hasta el baño.

Le quitó el jersey y le lavó las manos y la cara.

Le trajo ropa limpia que tenía guardada en la taquilla y le ordenó que se cambiara.

Su voz parecía muy lejana en los oídos de Jerónimo, que estaba hipnotizado mirando a aquella persona delante del espejo, pero no se reconocía.

Lo que acababa de hacer había sido una locura.

Una equivocación que marcaría el resto de su vida. Estaba en estado de shock .

Su amigo gritó su nombre y él volvió a la realidad. Le instó a apresurarse. Cuando Jerónimo se cambió, le entregó un sobre con mucho dinero y lo empujó a la calle. Tenía que ir hasta las Torres de Serranos y allí tomar un taxi.

—¿A dónde? —preguntó Jerónimo.

—Fuera de Valencia, pero no me digas dónde. Nunca has estado aquí.

Jerónimo palpó el sobre con el dinero, le dio las gracias a su amigo y corrió hasta las Torres de Serranos, donde cogió un taxi.

Primero le indicó al taxista que lo llevara a casa.

Luego cambió de idea y le pidió que se dirigiera hasta la Estación del Norte.

De allí cogería un tren a alguna otra ciudad de España.

Por último, le pidió que lo llevara hasta el aeropuerto de Manises.

Tenía que salir del país. A mitad de camino se dio cuenta de que eso no sería posible.

Necesitaba un pasaporte. Ni siquiera tenía uno.

Pero podría viajar por dentro de Europa con un documento nacional de identidad. Llegó hasta el mostrador de Iberia. Abrían en media hora. Miró el mapa y, cuando la asistente de vuelo se puso en el mostrador, le ofreció el primer vuelo libre de la mañana: país Dinamarca, capital Copenhague.

Se escondió en esa ciudad durante un largo tiempo.

Inventó una historia para su familia para justificar su ausencia y perdió contacto con todos y todo.

Hace seis meses, recibió la visita de aquel amigo del bar que lo había ayudado a escapar.

Este le entregó una tarjeta amarillenta y juntos volvieron a recordar esa noche.

Su amigo le contó la versión de su historia.

Una chica con la que salía había cortado con él en la pista de una discoteca.

Muy original. Era ya tarde para volver a casa y en un par de horas tenía que abrir el bar donde trabajaba.

Alguien lo observaba a sus espaldas mientras levantaba la persiana del bar.

Antes de poder reaccionar, aquel hombre lo empujó dentro del bar y cayó al suelo.

Estaban solos en la penumbra. El extraño escondía su rostro con una bufanda y una gorra de invierno.

Le apuntaba con un arma. Su corazón se aceleró, sus manos temblaron y su cuerpo empezó a sudar miedo.

Desde el suelo, aquel extraño parecía aún más alto.

Lo miraba, apuntando el arma a su frente.

Acercó su dedo índice a la cara para que su amigo no gritara.

No hubiera gritado aunque hubiese querido.

Los dientes le castañeteaban. Aquel individuo extrajo un sobre de su bolsillo y lo arrojó al suelo junto a su amigo.

Acto seguido, le mostró una tarjeta con el nombre de "JERONIMO" escrito en letras mayúsculas.

Con las manos temblorosas, abrió el sobre.

Había mucho dinero. Más dinero del que su amigo hubiera visto nunca.

Ni siquiera eran las cantidades que podía sacar los domingos por la tarde cuando había partido.

Cogió la tarjeta y asintió. Aquel misterioso hombre quería que le diera todo ese dinero a Jerónimo.

Acercó el arma hasta que la punta rozó su frente y el calor se apoderó de él.

Entonces, el extraño le dio la mano para ayudarle a levantarse.

Caminó de espaldas sin dejar de apuntar a su amigo y le hizo señas para que saliera también a la calle.

Todo pasó muy rápido. El misterioso hombre guardó el arma, se dio la vuelta y desapareció calle abajo en la noche. Pocos segundos después, al otro lado de la calle, vio a Jerónimo correr.

Esa fue la versión de su amigo. Volvió al presente y abrió la tarjeta de felicitaciones.

Una vez más. Como cada noche cuando aquella pesadilla lo despertaba de madrugada y tenía la necesidad de leer el texto, como si pudiera desenmarañar un secreto oculto.

Había releído la tarjeta tantas veces en busca de un significado que no lograba encontrar más allá del mero mensaje de que vivir la vida era un viaje, y viajar era vivir la vida de uno.

En el interior de la tarjeta había impresa una cita del escritor de cuentos danés H. C. Andersen:

« Livet er den dejligste eventyr ».

«La vida es la aventura más hermosa».

Y debajo de esa cita, una nota personal escrita por su amigo Christian.

« Må jeres livs eventyr være fyldt med kærlighed og lykke ».

«Que la aventura de vuestra vida esté llena de amor y felicidad».

Lo interesante eran las letras. La caligrafía de Christian tenía un estilo elegante y seguro.

Cada palabra estaba espaciada con precisión.

Algunas letras tenían pequeños rizos o remates, añadiendo un toque de encanto adicional.

Puso encima del texto la vieja y pequeña tarjeta amarillenta con su nombre escrito en mayúsculas.

Comparó la letra «M» mayúscula en las dos tarjetas.

Tenía dos picos uniformes en la parte superior.

La letra «o», tanto mayúscula como minúscula, era circular y uniforme, con un trazo suave.

La «R» tenía una cola larga y curvilínea en la parte inferior derecha.

La «N» tenía trazos verticales y horizontales, y la «I» era recta y delgada con un punto preciso en la parte superior.

Y algo de lo que nunca se había percatado. Christian firmaba con mayúsculas.

Un zumbido comenzó a llenar sus oídos, ahogando sus recuerdos y aumentando su sensación de intranquilidad. No tenía la menor duda de que ambas tarjetas habían sido escritas por la misma persona. Ahora Christian tenía que darle su versión de la historia.