Capítulo 21
Jerónimo acababa de darse una ducha y entraba en su habitación con una toalla y el pelo mojado cuando sonó el móvil.
Era Marius. Una gélida sensación recorrió su cuerpo y su corazón pareció detenerse por un momento.
Un mal presentimiento se instaló en su estómago, una intuición de que lo que Marius estaba a punto de decirle cambiaría todo.
—Tengo información no oficial sobre Thule —susurró Marius al otro lado de la línea, como si no quisiera que nadie lo oyese—. ¿Estás solo?
—Estoy solo.
—¿Dónde estás?
—Ya te lo he dicho: solo.
—Necesito darte información de máxima sensibilidad y necesito que estés solo.
Jerónimo sacudió la cabeza.
—Ya te he dicho que estoy solo —repitió, levantando ligeramente la voz—. Acabo de darme una ducha y estoy sentado en la cama con una toalla. ¿Quieres más detalles?
—No. Es suficiente. Además, no soy gay. Te voy a volver a llamar desde otro número.
Marius colgó. Jerónimo suspiró, frustrado. Sacó el cargador de su móvil y lo conectó. Apareció en la pantalla un número desconocido.
—¿Marius?
—Confirma tu identidad, por favor.
—Soy Jerónimo y se me está agotando la paciencia.
—Vale, vale. No te voy a hacer la pregunta secreta.
—No sé de qué pregunta secreta me estás hablando. Dime, ¿qué sabes?
—Esto no es oficial —comenzó Marius con voz excitada—, pero precisamente por eso, apostaría mi vida a que es cierto.
Déjame explicarte. Durante los años setenta, ochenta e incluso los noventa, la base militar de Thule entrenaba a jóvenes para recopilar información que abarcaba desde el análisis de documentos públicos o privados hasta la observación encubierta de gente de alto perfil.
Y bueno, ya sabes cómo funcionan esas cosas.
—No, no sé cómo funcionan esas cosas. No sé de qué me estás hablando. Explícate.
—Es tan simple como alguien que se encarga de obtener información secreta o confidencial sin el permiso de quien posee esa información. Operan a menudo bajo identidades falsas y utilizan tácticas de subterfugio.
La excitación de Marius era directamente proporcional a la frustración de Jerónimo.
—¿De qué me estás hablando?
—Del espionaje —dijo, ignorando el tono escéptico de Jerónimo—.
Es una práctica que data de la antigüedad y ha sido una constante en la historia de la humanidad, evolucionando con el tiempo para adaptarse a los cambios tecnológicos y a las nuevas formas de comunicación y recopilación de datos.
La formación de un individuo en el arte del espionaje es un proceso complejo y multifacético que prepara al aspirante para operar en entornos hostiles y bajo condiciones de alta presión, manteniendo siempre la máxima discreción.
Aunque a menudo se asocia con actividades clandestinas y a veces ilegales, el espionaje también puede llevarse a cabo dentro del marco legal de un país, especialmente cuando se realiza para fines de seguridad nacional.
Bueno, eso es lo que te cuentan. Vete tú a saber.
Jerónimo bajó los párpados y se frotó la sien mientras apretaba el móvil con más fuerza. La cabeza le daba vueltas con todos estos nuevos datos, cada uno más inverosímil que el anterior.
—Marius, ¿me llamas para hablarme de espías? —preguntó con tono frustrado.
—Más o menos. El término de espía es muy genérico y sobreusado en el cine.
Los espías trabajan típicamente para agencias de inteligencia gubernamentales, pero también pueden trabajar para empresas privadas, o incluso de manera independiente.
Los espías a menudo operan bajo una identidad falsa y usan el encubrimiento para infiltrarse en organizaciones o grupos sin ser detectados.
Y las malas lenguas dicen que la base de Thule era una especialista en este tipo de entrenamiento.
Aquí, a la gente la entrenaban no solo para espiar, sino para eliminar cualquier obstáculo que se le pusiera en su camino.
¿Entiendes a lo que me refiero con eliminar cualquier obstáculo?
—¿Qué tiene que ver eso con la desaparición de Christian?
—No te enteras. Erik es más listo que tú. Piensa que si un militar de la base de Thule está en Ilulissat no es algo que haga gratis. El naufragio de tu amigo Christian y Philip tiene una razón de ser.
Jerónimo no podía creer lo que escuchaba. Las implicaciones eran demasiado grandes, demasiado terribles para contemplarlas.
—¿Me estás diciendo que ese cascarrabias es un espía enviado por el gobierno de Estados Unidos? Marius, tú estás loco.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Jerónimo notó tarde que le había levantado la voz, e incluso lo había insultado.
—Eso o ese militar trabaja por libre.
Jerónimo le dio las gracias y colgó. Tuvo un escalofrío.
La frustración y la incredulidad tejieron una tela espesa, envolviéndolo en una niebla de dudas y temores.
La conversación con Marius había abierto una caja de Pandora de emociones y recuerdos, despertando viejos miedos y planteando nuevas preguntas.
Sacó de su mochila la tarjeta que Christian le había regalado por su nueva casa. Se pasó la mano por el pelo, que aún estaba mojado. La tarjeta parecía pesar más de lo habitual.