Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 20
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Capítulo 20

La luz de la mañana, tenue y gris, apenas lograba filtrarse a través de las densas nubes, otorgando al entorno un matiz aún más sombrío. Copos de nieve caían sobre la cara de Jerónimo haciéndole cosquillas.

La casa de la familia de Ivik estaba ubicada en un área más aislada y rocosa cerca del embarcadero.

El terreno allí era irregular y con piedras afiladas y musgo resbaladizo bajo sus pies.

Era una casa azul con un pequeño porche donde se congregaban unas personas.

El olor a tierra húmeda y océano mezclado se intensificaba aquí, añadiendo una sensación de desasosiego en Jerónimo.

El aullido de los perros era más intenso, como si ellos también llorasen la pérdida del joven.

No hizo falta preguntar por la casa. Era la única donde se había reunido un grupo de gente.

No entraban ni salían. Simplemente estaban fuera.

Jerónimo se acercó y preguntó a un par de mujeres mayores groenlandesas, pero su reacción fue la de cogerse del brazo una a la otra e ignorar a Jerónimo y seguir caminando hasta la puerta.

Era un grupo de rostros serios. Pocos hablaban y los que hablaban lo hacían en groenlandés.

No sabía lo que estaba pasando. De entre la multitud, salió Aputsiaq, que avanzó hacia Jerónimo decidido.

—¿Qué hace usted aquí? —le preguntó irritado.

—Daba un paseo y vi esta gente reunida.

El rostro de Aputsiaq se endureció aún más. Había una tensión en su mandíbula.

—Pues pasee por otro sitio. Aquí la gente está de luto.

Jerónimo dio un paso hacia atrás.

—¿Qué… de qué murió?

—No haga esa pregunta y váyase de aquí. Vaya a comisaría más tarde si quiere. Ahora estoy ocupado.

—¿No le parece extraño que el ayudante del dueño del barco que naufragó hace unos días se haya suicidado?

Aputsiaq miró a los vecinos del pueblo, que formaban un grupo observando a Jerónimo y haciendo comentarios en voz baja como si de esta manera no entendiese lo que estaban diciendo. No lo hubiera entendido aunque lo hubieran gritado. No hablaba groenlandés.

Aputsiaq se acercó más a Jerónimo.

—Baje la voz y váyase de aquí.

Él intentó buscar una excusa para quedarse, para insistir que aquello era muy raro.

—Quiero encontrar a Christian.

—Aquí no va a encontrar a su amigo. No se lo voy a repetir otra vez. Váyase de aquí. Le llamaré más tarde si quiere cuando tenga un momento. ¿Vale?

Jerónimo tomó distancia como Aputsiaq le había pedido. Llamó a Natalia, la hija de Philip, y le dejó un mensaje para que lo llamara de vuelta. Seguro que estaría interesada en la nueva noticia.

Entonces, vio a Qaavigaq sentado en una gran roca mirando al suelo. Movía la cabeza como si estuviera asintiendo en una conversación con alguien a quien solo veía él. Jerónimo se acercó, intrigado y preocupado por igual.

—No sé si darle el pésame a la familia o no —le dijo Qaavigaq.

—A mí no me han dejado —respondió Jerónimo.

—Yo tengo la culpa de su muerte.

Jerónimo no dio crédito a lo que Qaavigaq le estaba confesando. Un escalofrío bajó por su espalda y sintió cómo su corazón se aceleraba. Hubo un montón de preguntas que se amontonaron de repente en su cabeza.

—¿Por qué dice eso?

—Porque es verdad. ¿Por qué lo voy a decir si no?

Jerónimo tragó saliva, pero tenía la garganta seca de repente.

—¿Se lo ha dicho a alguien más?

—No —respondió levantando la mirada hacia Jerónimo—. Aquí nos conocemos todos.

—¿Qué… qué pasó?

Qaavigaq apuntó con el dedo índice la casa. Su mano temblaba, ya fuera por el frío o por la emoción.

—Ivik es la cuarta muerte que llevamos este año en Ilulissat.

—¿La cuarta? —preguntó con sorpresa en la voz. Un frío que no tenía nada que ver con el clima ártico se instaló en su estómago.

Qaavigaq murmuró algo en groenlandés y luego clavó la mirada en Jerónimo. Había un dolor crudo en sus ojos, una tristeza que parecía venir de lo más profundo de su ser.

—¿Y usted qué va a entender de eso? —confirmó más que preguntó y se secó la nariz con la manga—. Esta juventud no sabe lo que es enfrentarse a los problemas.

—¿Qué problema tenía Ivik?

De repente, Qaavigaq prestó atención a un grupo de jóvenes que habían salido de la casa.

Eran tres chicas, una de ellas rubia y las otras dos tenían la fisionomía ártica.

De una belleza exótica para Jerónimo. Qaavigaq las saludó como si las conociera e intercambiaron un par de frases mientras ellas caminaban carretera abajo.

—¿Quiénes son?

—Una de ellas era novia de Ivik. La rubia, Gitte. Y la culpa es mía.

Luego volvió la atención a Jerónimo. Sacó una botella de blackout que tenía metida en una bolsa de plástico negra. Le dio un trago y le ofreció a Jerónimo. El olor a alcohol flotaba en el aire, mezclándose con el aroma salado del mar.

—No, gracias —respondió él.

—Viene de Escocia. Como todo lo malo que viene de Europa y América. —Luego escupió al suelo y dio otro trago.

—¿La cuarta víctima del año?

— App —afirmó Qaavigaq en groenlandés, levantando la botella—.

Y aquí tiene al culpable. Encontraron el cuerpo de Ivik muerto en las aguas al lado del embarcadero esta mañana —dijo entre sollozos—.

Me faltan varias botellas que tengo escondidas en el cajón de la oficina.

Ivik era el único que tenía una copia de la llave.

Lo que Qaavigaq dijo después, Jerónimo no lo entendió. Era una ensalada de palabras en danés y groenlandés sin mucho sentido y aquel monólogo terminó en un gemido que le heló la sangre a Jerónimo. Era muy temprano por la mañana y Qaavigaq estaba borracho como una cuba.

Las tres chicas se giraron cuando oyeron el llanto de Qaavigaq. Jerónimo lo dejó con su pena y se acercó al grupo. Había tantas preguntas bullendo en su mente, tantos cabos sueltos que no lograba atar. Quizás esas chicas podrían arrojar algo de luz sobre la situación.

—¿Habláis danés?

Ellas lo miraron con recelo. Por la forma en que llevaban del brazo a la chica rubia, una a cada lado, era evidente determinar quién había sido la novia de Ivik. Ninguna de ellas respondió.

—Siento mucho la tragedia. Estoy en el pueblo de visita. Busco a mi amigo Christian que desapareció tras un naufragio. Fue llevado al hospital y ya no hemos vuelto a saber nada de él.

Una de ellas estiró del brazo de su amiga y le dijo algo en groenlandés. Se giraron y continuaron caminando.

—Estoy en el hostal de Ilulissat. Si se os ocurriera alguna cosa podéis pasar cuando queráis. —Jerónimo fue elevando la voz a medida que ellas se alejaban sin mostrarle ninguna atención.

La atención se la mostró Aputsiaq, que clavó la mirada en Jerónimo. Él agachó la cabeza y decidió volver al hostal.