Capítulo 19
Jerónimo llamó varias veces al policía Aputsiaq, pero no hubo respuesta.
Así que decidió pasar por la comisaría para hablar con él.
Entró y tuvo la misma sensación que tuvo la primera vez.
Aquel lugar parecía más una agencia de viajes decorada con mapas y grandes pósteres de expediciones al Ártico.
Olía a café y papel. Una radio daba las noticias locales del día.
Detrás del mostrador, como ya le había pasado antes, se encontraba la misma mujer a punto de ser madre. Llevaba una camisa azul oscuro ligeramente holgada para acomodar el vientre y el pelo húmedo como si acabara de salir de la ducha. Se puso de pie apoyándose en el mostrador.
Jerónimo le dio los buenos días, pero antes de preguntarle por su marido, vio al policía avanzando con rapidez por el pasillo. Paró en seco.
—Ahora no puedo hablar —dijo Aputsiaq mientras se ponía la parka—. Tengo un encargo urgente.
—¿No hay ninguna novedad? —preguntó él aunque ya sabía la respuesta.
El policía negó con la cabeza.
—Por eso no le he llamado.
—Pero yo tengo algo que contarle.
Aputsiaq miró a su mujer, nervioso.
—Tengo mucha prisa. ¿De qué se trata?
Jerónimo dirigió su mirada hacia la mujer, consciente de que no podría tener una conversación a solas. Aputsiaq se veía estresado, así que Jerónimo fue directo en su afirmación.
—Estuve hablando con el comandante John McCabe anoche. Creo que oculta algo.
Aputsiaq cruzó los brazos.
—¿El qué?
—El naufragio fue provocado por el calentamiento del motor.
—Lo que me contó a mí y lo que aparece en el informe.
—Hay algo que no cuadra.
—Soy policía. Trabajo con hechos, no con suposiciones. Lo podemos hablar luego. Tengo mucha prisa.
Aviaja Iversen no podía ocultar el interés por la conversación. El volumen de la radio bajó hasta desaparecer.
Jerónimo miraba al policía como si pudiera retenerlo unos minutos más hasta convencerlo de que hiciera algo.
—¿Y qué tiene que ver la base militar de Thule con el naufragio de mi amigo?
—Ya se lo expliqué. Colaboramos con otros países. Yo mismo recogí al comandante el día después de la desaparición de su amigo.
—¿Y qué me dice del misterioso número?
Aputsiaq se quedó de pie a menos de medio metro de Jerónimo. Levantó la barbilla y respiró hondo. Su cuerpo era un muro, impenetrable y firme.
—Su amigo Christian acababa de despertar de una hipotermia. Estaría muy aturdido cuando intentó llamarle y se equivocaría al teclear el número. —Aputsiaq se acercó a Jerónimo— Dígame, si hubiera sido tan importante la llamada, ¿no hubiera dejado un mensaje?
Jerónimo reflexionó unos segundos. Aputsiaq tenía razón. Si la llamada hubiera sido crucial, ¿por qué Christian no dejó un mensaje? Pero aun así, algo no encajaba.
—No sé ya qué creer.
Jerónimo no dijo más. Acarició el tupilak que encontró en la cabaña y que había comprado Christian para regalárselo cuando volviera a Londres.
Se preguntó si quizás y solo quizás, su amigo decidió salir del hospital para dar un paseo en unas condiciones físicas que no debiera, poniendo su vida en peligro con tan mala suerte que fue ahí cuando tuvo un accidente fatal y cayó a las aguas y ahora estaba buscando un fantasma.
Aputsiaq abrió la puerta para salir.
—Estamos haciendo todo lo posible y a mí se me acumula el trabajo. Aviaja —se dirigió a su mujer—, si alguien pregunta por mí, estaré con los Heimman.
—Mándales mis condolencias. Pasaré esta tarde después de ver al doctor.
Afuera había empezado a nevar muy débilmente. La mujer policía rodeó el mostrador y se acercó hasta Jerónimo. Había una dulzura en sus ojos, una compasión que contrastaba con la actitud fría de Aputsiaq esa mañana.
—Si Christian está vivo, mi marido lo encontrará.
Jerónimo parpadeó varias veces. Las palabras de Aviaja eran un pequeño rayo de esperanza en medio de toda esta incertidumbre.
—¿Qué ha pasado?
—Lo que suele pasar en este país más a menudo de lo que quisiéramos.
El hijo de los Heimman se ha suicidado. Un muchacho de diecisiete años.
Un poco cabeza loca, pero ahora la familia tiene que estar destrozada.
El cambio social en los últimos treinta años ha sido tremendo…
Bueno, eso y las largas noches polares y la falta de luz solar durante gran parte del año.
Ya le he dicho a Aput que busque traslado a Dinamarca, pero él no quiere dejar a su familia. Pobre Ivik.
Jerónimo sintió una punzada en el estómago.
—¿Ha dicho Ivik? ¿El muchacho que trabaja en el embarcadero?
Ella asintió mientras hacía círculos con la mano en el vientre como si quisiera proteger a su bebé de la dura realidad de su país.
—Groenlandia es uno de los países con la tasa más alta de suicidios del mundo. ¿Lo sabía?
—No. Sé que Ivik trabajaba en el embarcadero y que Qaavigaq y… —De repente Jerónimo tuvo otra extraña sensación. Una corazonada, una intuición que no podía explicar, pero que no podía ignorar—. ¿Dónde vive esa familia?
—Mi marido volverá en un par de horas si quiere hablar con él otra vez.
Jerónimo se acercó hasta el mostrador.
—Si no me dice dónde viven los Heimman —le dijo mientras la miraba más fijamente—, preguntaré en el pueblo hasta encontrar la dirección e iré contando que algo serio le ha pasado a mi amigo Christian y el pueblo tendría que enterarse. —Respiró hondo—. Pero si me lo dice, seguiré siendo discreto.
Aviaja no insistió. Tomó una hoja de papel y apuntó la dirección. Acto seguido encendió de nuevo la radio.
Jerónimo miró el papel en su mano con la dirección. No sabía qué encontraría en casa de los Heimman, o cómo se relacionaba Ivik con la desaparición de Christian. Pero algo le decía que tenía que averiguarlo.
Con un último agradecimiento a Aviaja, Jerónimo salió de la comisaría con el frío aire ártico golpeando su rostro. La nieve caía con suavidad, cubriendo el mundo en un manto de silencio.
Metió el papel con la dirección en su bolsillo, Jerónimo emprendió el camino hacia la casa de los Heimman.