Capítulo 18
Jerónimo se asomó a la ventana de la habitación del hostal y miró el vasto horizonte. Observó el cielo y no supo concluir si habría tormenta o no. Esta vez, tenía buena conexión. Llamó a Erik.
—Por el tono de tu voz sé que Christian aún no ha aparecido —le dijo él.
Jerónimo le contó sobre la denuncia, el barco y la recuperación de Philip. Mientras hablaba, no podía evitar sentir una mezcla de frustración y preocupación.
—Pero hay algo que no solo te preocupa, sino que también te irrita, ¿verdad?
Jerónimo pensó en el comandante John McCabe. En su actitud evasiva, en su aparente desdén hacia él como si estorbara.
—Toda la situación me irrita.
Jerónimo le contó que Christian lo había llamado durante su vuelo a Groenlandia. Le dijo que también lo había hecho a otro número de teléfono local, pero el número no existía.
—¿Quizás llamó a un taxi y se equivocó de número?
—¿A un taxi? Tú no has visto dónde estoy. El pueblo… perdón, la tercera ciudad más grande de Groenlandia tiene el tamaño de un sello de correos.
—¿Quieres que vaya?
—Si vienes, no habrá presupuesto para más muebles. Aquí hasta respirar es caro. Además, tú tienes trabajo que hacer.
Se despidieron y Jerónimo se tumbó en la cama mirando el techo. A pesar de la distancia, la voz de Erik había sido un bálsamo para su alma agitada.
Buscó por internet información sobre la base aérea de Thule.
Era una instalación militar estadounidense ubicada en la parte más al noroeste de Groenlandia tocando con Canadá, en la bahía de North Star y cerca del asentamiento Qaanaaq.
Se construyó a principios de los años cincuenta como respuesta táctica y estratégica durante la Guerra Fría por el ejército de los Estados Unidos, sirviendo como punto de alerta y defensa aérea.
La base tenía ahora la función principal de proyectos de vigilancia espacial y satelital, además de ser un sitio clave para investigaciones científicas y meteorológicas.
Observó fotos de los miembros de la base y comentarios de la gente.
Contaba con una variedad de instalaciones, como pistas de aterrizaje, estaciones de radar y soporte logístico, además de personal militar, científicos y contratistas civiles.
Revisó varias páginas web y comprobó estos datos.
Un lugar donde las temperaturas caían por debajo de treinta grados centígrados durante largos inviernos de oscuridad.
Quizás la mala leche del comandante McCabe le venía de sus muchos años anclado en tanto frío.
Ese hombre tenía el aspecto de tener que haberse jubilado hace unos años ya y disfrutar de la vida, pero Jerónimo supuso que hay gente que no sabe cuándo parar.
Había algo en él que no le gustaba: su arrogancia, su desdén o su condescendencia.
Aquel americano viejo sacado de una película de Rambo no le caía bien.
Se le habían acabado las ideas. Le dio tantas vueltas a la situación que incluso se sentía mareado.
Sabía que si le pedía a Erik volar hasta Ilulissat, él lo haría, pero esa sería una actitud egoísta.
Erik estaba ocupado con su trabajo, con…
paró. Respiró hondo mientras dejaba entrar una idea en su cabeza.
Necesitaba información. Información no pública.
Incluso especulativa. Alguien que tuviera acceso a la base de Thule o que pudiera conseguir información del lugar.
Jerónimo hizo una llamada, pero no tuvo suerte. Lo volvió a intentar, pero nada. Le mandó un mensaje en danés:
«Soy Jerónimo. Necesito hablar contigo».
No hubo respuesta. Volvió a llamar con la misma mala suerte.
«Es urgente».
Nada. Jerónimo sabía que estaba allí. Recordó cómo Erik se ponía en contacto con él y le mandó un emoji con una sonrisa.
«:-)»
Entonces recibió respuesta.
«¿Cómo sé que eres Jerónimo?».
Él lo volvió a llamar por tercera vez.
— Who is it? —preguntó una voz al otro lado de la línea.
—¿Por qué me hablas en inglés? —le preguntó Jerónimo en danés—. Sabes quién soy, Marius, necesito tu ayuda. ¿Tienes un minuto?
—¿Literalmente un minuto?
—¿Unos minutos?
—¿Cómo sé que eres quien dices ser?
Jerónimo suspiró. La paranoia de Marius era tan predecible como agotadora.
—Porque te estoy hablando. Soy Jerónimo, la pareja de Erik. ¿Quieres que te cuente cómo nos encontramos la última vez?
Marius huía de su casa cuando lo confundió con un enemigo fruto de sus paranoias. Jerónimo era consciente de los problemas mentales que tenía, pero era su única opción en ese momento.
—Aún me pican los ojos por culpa de tu spray de pimienta. ¿Cómo has conseguido mi teléfono?
—Tu número está en un grupo de WhatsApp que abrió Erik para subir fotos de la casa.
—Erik…
Jerónimo cerró los ojos, frustrado.
—Has hablado con él hoy.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque suelo hablar con mi pareja a diario.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Cuándo os casáis?
Jerónimo suspiró exasperado. De todos los temas que podían surgir, Marius tenía que elegir el más irrelevante.
—Tenemos ya perro.
—Si queréis, también podéis adoptar.
—A ti te vamos a adoptar. —Jerónimo respiró hondo—. Marius, necesito que me prestes atención.
Le explicó que estaba en Groenlandia, que su mejor amigo había tenido un accidente y que tenía la intuición de que podría estar en peligro y quería encontrarlo.
—Necesito información de la base militar de Thule.
—Eso lo puedes mirar por internet —le dijo Marius.
—Ya lo he hecho. No es ese tipo de información que busco. Necesito saber qué relación tiene una base militar estadounidense con el naufragio de mi amigo Christian.
Escucharse a sí mismo pidiéndole ese tipo de información a alguien que creía que la tierra era plana era una locura, pero no se le ocurría otra opción.
—Seguro que tiene que ver y mucho —respondió Marius con entusiasmo—. Lo que me pides no lo puedo hacer desde casa. Necesito ir a un lugar seguro para que no me detecten.
—¿Un cibercafé en Copenhague?
—No es el único sitio. Son lugares seguros que no están controlados por ningún gobierno y tienes acceso a información ultraconfidencial. Como portales en los que accedes a otras dimensiones.
Jerónimo prefería saber lo menos posible de todas estas historias que tenía Marius en su desestabilizada mente.
—¿Qué quieres encontrar?
—Lo que sea. —Miró el reloj—. ¿De cuántas horas estamos hablando?
—Una vez que entre, no me sería difícil encontrar alguna información relevante. —Hizo una pausa—. Tres o cuatro horas.
Jerónimo respiró hondo.
—No le digas nada a Erik. Yo se lo diré —mintió.
Cuando Jerónimo colgó, se preguntó de dónde había sacado Marius la idea de que Erik y él se iban a casar. Sacudió la cabeza, apartando el pensamiento. Había cosas más urgentes de las que preocuparse.