Capítulo 17
El frío dio paso a una noche aún más gélida donde las estrellas buscaban su sitio en el cielo nocturno de Ilulissat.
Jerónimo llamó a Aputsiaq de nuevo para contarle la conversación que tuvo con Qaavigaq, pero el policía no respondió al móvil, así que le dejó un mensaje para que lo llamara.
Llegó al hostal y fue a la ducha comunitaria y ahí seguían esas botas sucias de militar que había visto esa mañana.
Bajó a recepción para confirmar sus sospechas.
El recepcionista le contó que un americano había entrado al hostal esa mañana y Jerónimo supo que no podía ser otro que el comandante John McCabe. Le pidió el número de habitación.
Tocó a la puerta. El comandante abrió. Tenía aspecto de ser un hombre cercano a los setenta años que escondía su delgadez en un abrigo largo azul de tela más gruesa que su propia piel.
Llevaba unas botas sucias de barro y el pelo desaliñado.
Si ya le cayó mal la primera vez, ahora le caía peor al recordar la escena desagradable en el baño comunitario esa mañana.
—¿Cómo me ha encontrado? —le preguntó el comandante con tono brusco.
—Es el mismo hostal que Aputsiaq me recomendó. Yo estoy en la planta de arriba.
—¿Y qué quiere?
—Pasar y hablar con usted.
El comandante McCabe negó con la cabeza.
—No quiero que pase.
Jerónimo sintió crecer su irritación.
—Podemos hablar aquí afuera entonces.
—Tampoco quiero hablar con usted.
—Pero yo sí.
El comandante golpeó el suelo varias veces con el bastón y dijo al final:
—Espéreme en recepción. Le doy cinco minutos de mi tiempo.
Jerónimo se sentó en un sillón cubierto con mantas de lana al lado de una gran chimenea. A los pocos minutos, el comandante entró al salón con su peculiar cojera y se quedó de pie al lado de Jerónimo, mirando por la ventana.
— Greenland —dijo con una sonrisa sarcástica.
—¿Perdón?
—Tierra verde. Así bautizó Erik el Rojo estas tierras en el siglo X.
—Yo no veo nada verde aquí.
El comandante John McCabe resopló.
—Fundó una colonia vikinga en Groenlandia. Quería atraer a otros vikingos a estas tierras. Hacer que sonara más atractiva a diferencia de Islandia o país del hielo. —Dejó de hablar y miró el cielo a través de la ventana.
—¿Qué ve? —preguntó Jerónimo.
—Se acerca una tormenta. Venga, levántese. Hablaremos fuera —le ordenó sin esperar respuesta y cruzó la puerta del hostal.
Jerónimo se subió la cremallera de la parka y acompañó al comandante hasta la calle. Observó cómo se acercaba a una moto de nieve y sacaba un paquete de cigarrillos de un pequeño compartimento. Se encendió uno y se quedó sentado en el asiento.
—¿Qué quiere? —preguntó dejando salir una bocanada de humo gris. La expresión del comandante McCabe era tan hostil como las guerras que hubiera librado.
—Que me cuente cómo pasó el naufragio.
—Ya le dije que cuando termine el informe se lo pasaré a las autoridades locales y ellas ya se encargarán de iniciar cualquier proceso burocrático.
—¿Y cómo pasó todo?
—Muchacho, yo solo me limito a hacer mi trabajo. Soy consultor y evalúo las medidas de seguridad marítima en la región. No espero que entienda mi trabajo.
Jerónimo no bajó la mirada. La evasividad de McCabe solo alimentaba su determinación por llegar al fondo del asunto.
—Pues explíquemelo —dijo con tono desafiante.
John observó a Jerónimo como si considerase diferentes tácticas militares que terminaron en un suspiro.
—El borracho de Qaavigaq dio la voz de alarma a las 20:43.
El equipo de rescate encontró a sus amigos en la costa.
Se las ingeniaron para mantenerse a flote encima de una tabla de madera que encontraron a unos metros.
Eso les hizo ganar algo de tiempo y nadar unos metros más hasta llegar a la costa.
Cuando el equipo de rescate apareció, comenzaron a administrarles los primeros auxilios para tratar la hipotermia.
Luego, los trasladaron al hospital y el resto ya lo sabe.
—Tiró el cigarrillo al suelo—. Si su amigo se fue del hospital, pregúntele por qué se fue, cuando vuelva.
—Lo que me preocupa es que no vuelve.
—Como ya le he dicho, yo solo reviso protocolos de seguridad en barcos o instalaciones portuarias. Es decir, que confirmo si el accidente de su amigo podría o no podría haberse evitado.
—¿Y su veredicto es?
—El motor del barco se sobrecalentó y provocó el hundimiento.
No fue un fallo mecánico previsible, no fue negligencia; fue un accidente, tan simple y tan complejo como eso.
Esa es la verdad. Una verdad que no está dispuesto a aceptar por mucho que yo me repita.
—Hizo una pausa unos segundos—. Si su amigo y su pareja hubieran aceptado tener un profesional a bordo, hoy usted no estaría aquí y su amigo seguiría disfrutando de unas vacaciones por estos parajes.
Así que si busca culpables, échele la culpa a su propio amigo, no al barco, a su dueño o a esta gente.
Ya se lo he dicho. No está preparado para aceptar la verdad.
No culpe al borracho de Qaavigaq. Los pescadores hacen más dinero alquilando el barco a turistas que saliendo a faenar.
Algo le hacía sentirse muy incómodo en la presencia del comandante McCabe y estaba claro que el sentimiento era mutuo. Jerónimo se lamió los labios secos por el frío.
—Ese borracho no se enteró del accidente. ¿Sabía que el ayudante de Qaavigaq, un joven que se llama Ivik, estuvo la noche del naufragio? Despertó a Qaavigaq y luego dio el aviso de socorro por radio.
La expresión del comandante McCabe cambió.
Ni todas las arrugas de su rostro podían ocultar su sorpresa.
Desvió la mirada y tragó saliva. La nuez de Adán se le marcó aún más.
Fue un movimiento lento e incómodo como si estuviera tragando cristales.
Se acercó un paso más, lo que provocó que Jerónimo retrocediera de forma instintiva.
—Eso no cambia nada —dijo el comandante McCabe entre dientes.
El viento ártico azotó su rostro mientras caminaba, pero Jerónimo apenas lo sentía. Su determinación ardía más fuerte que nunca, impulsada por la certeza de que estaba cerca, muy cerca, de algo, pero no sabía qué.
Por alguna extraña razón, el comandante McCabe le ocultaba algo.