Capítulo 16
La conexión de internet desde la habitación de Jerónimo era pésima.
Bajó a recepción para usar el ordenador.
No es que fuera mucho más rápido, pero por lo menos la conexión no caía.
Probó varias combinaciones del número de teléfono.
También le preguntó al recepcionista, aunque le dijo lo mismo que le había dicho la enfermera.
Era un número local, pero el teléfono no existía.
Llamó al policía Aputsiaq para saber si había alguna novedad. Él le respondió que aún no tenía noticias y por eso no le había llamado. Le explicó que el equipo de rescate seguiría evaluando los daños, que se pondrían en contacto con la agencia de seguros y le detalló el proceso burocrático.
Jerónimo no tenía ningún interés en todo eso.
Quería encontrar a su amigo Christian. Eso era lo importante.
Habló con Aputsiaq y le preguntó si sabía que Christian había llamado desde el móvil de la enfermera y él le dijo que ya había hablado con ella y que había dado parte a la comisaría de Nuuk.
El policía también le confirmó que había pasado el número a la compañía de telecomunicaciones del país y que estaba al tanto del asunto.
Ese número no existía, ni tenían registros de que hubiera existido.
La única explicación posible era que Christian hubiera marcado mal el número.
Le pidió a Aputsiaq si podía hablar con el dueño del barco, y aunque el policía no entendía por qué, Jerónimo le explicó que ni él mismo lo sabía, pero necesitaba una distracción para no volverse loco esperando.
Aputsiaq aceptó y le indicó dónde encontrar al dueño del barco, que estaría de guardia en el embarcadero.
Era un viejo cascarrabias que se pasaba la vida en la oficina del muelle.
Jerónimo salió del hostal y el frío del Ártico le mordió las mejillas.
Bajó la cuesta hasta llegar a la carretera y siguió en dirección al aeropuerto.
En pocos minutos se encontró en las afueras de la ciudad, cerca del puente que había cruzado cuando Aputsiaq lo recogió del aeropuerto para llevarlo hasta la zona del naufragio.
Mientras caminaba, observó docenas de perros atados a cadenas de varios metros clavadas en la tierra.
Con cuidado, descendió por la pequeña cuesta y se acercó al embarcadero.
La tensión aumentaba a medida que Jerónimo se aproximaba al muelle en busca de respuestas.
La temperatura estaba disminuyendo rápidamente a medida que el sol descendía y las sombras se alargaban como fantasmas. Si Aputsiaq no le hubiera prestado esa parca hermética, estaría hecho un cubito de hielo.
El embarcadero estaba vacío de gente y de luz. Probablemente, los marineros estarían en casa cenando y viendo la televisión con sus familias. Las pequeñas embarcaciones de pesca, pintadas con colores vivos, se movían en las aguas, balanceándose como si una mano invisible las meciera en una cuna.
Jerónimo se acercó a la oficina, una de esas casas de techos perpendiculares en azul oscuro y marcos blancos.
Buscó con la mirada algún alma, pero no vio a nadie.
Tocó a la puerta. Empujó suavemente y, para su sorpresa, la puerta estaba abierta, aunque todo adentro estaba sumido en la oscuridad.
El olor a alcohol y pescado seco llenaba el aire.
De repente, desde la penumbra, emergió la voz ronca de un hombre que le preguntó en danés:
—¿Qué quiere? —dijo arrastrando las palabras.
Jerónimo se sobresaltó, justo cuando la luz de una lámpara se encendió y vio a un groenlandés vestido con un mono de pescador sentado en una silla detrás de una mesa plegable con una botella de licor en la mano. La luz de la lámpara iluminaba su tez morena y arrugada por los años.
Jerónimo dio un paso atrás.
—Toqué a la puerta, pero no vi a nadie. Estoy buscando a Qaavigaq Kristensen, el propietario del barco que naufragó. Me han dicho que lo encontraría aquí. ¿Es usted?
—¿Y quién se lo ha dicho?
—Aputsiaq Iversen, el policía que coopera con el equipo de rescate.
—Ah, ese blandengue —dijo murmurando algo en groenlandés mientras daba un trago a una botella de blackout , un licor similar al vodka—. Aquí nos conocemos todos. ¿Y qué quiere?
Jerónimo avanzó un paso con cautela.
—Soy amigo de Christian y lo estoy buscando.
—Y a mí qué.
—Quiero que me cuente qué pasó la noche del naufragio.
—Ya se lo he contado al equipo de rescate, a Aputsiaq y al americano ese entrometido.
—Pero a mí no —insistió Jerónimo.
Qaavigaq dio otro trago a la botella y lo observó con interés.
—¿Usted no es danés?
—No, soy español. Traductor.
—¿Danés?
—Inglés y danés.
—Las mujeres españolas son muy guapas.
—Los hombres también, pero no he venido a hablar de mi país. He venido a hablar de qué pasó la noche del naufragio.
Qaavigaq miró fijamente a Jerónimo unos segundos y le ofreció la botella, pero este negó.
—¿Sabe lo que pasa aquí en Kalaallit Nunaat?
—dijo, refiriéndose a su país—. Que no nos dejan tranquilos.
Daneses, canadienses, americanos… todos vienen a explotar la riqueza de este país.
Ha sido así durante siglos. Por estas tierras han pasado muchos pueblos y nosotros no invitamos a ninguno de ellos.
Nos siguen explotando, y ¿sabe lo que nos han dejado para entretenernos?
Esto —dijo, levantando la botella de licor y escupiendo algunas palabras en groenlandés—.
Pero la vida continúa, ¿verdad? Y yo le pregunto, ¿hacia dónde?
Qaavigaq miró la hora en un reloj de plástico blanco colgado en la pared. Jerónimo arrastró una silla y se sentó a su lado, dejando que continuara hablando.
—Esos daneses llegaron aquí hace siglos, reclamaron nuestra tierra, nos dictaron cómo vivir y qué creer.
—Dio un largo trago al licor—. Nos convirtieron en extranjeros en nuestra propia casa.
Las promesas de autonomía llegaron tarde y aunque ahora tenemos más libertad, las cicatrices del pasado aún arden en nuestro corazón.
Hizo una pausa y volvió a levantar la mirada hacia el reloj en la pared.
—¿A quién espera? —preguntó Jerónimo, intrigado por la insistencia de Qaavigaq en mirar la hora.
Este torció el cuello y lo miró como si se hubiera olvidado de su presencia.
—Es lo que pasa. Ese inglés llegó con sus aires de conquistador y puso ahí encima unos cuantos billetes.
Justo ahí —dijo señalando una pequeña mesita—.
Con toda esta política ambiental, nos han restringido la pesca.
¿Qué esperaba que dijera? Vienen aquí para imponer sus reglas y luego te seducen con su dinero.
Jerónimo se imaginó a Philip entrando por esa puerta, con sus aires de lord excéntrico.
—No creo que ese «inglés» tenga algo que ver con los problemas de colonialismo.
—Pues yo le dije que no —contestó Qaavigaq.
—Pero al final le dijo que sí.
Dejó la botella encima de la mesa.
—¿Ha venido a darme lecciones?
—He venido a entender lo que pasó.
Qaavigaq se frotó el rostro con sus manos callosas.
—No pasó nada. Le dije que yo llevaba el barco como hago siempre. ¿Y sabe lo que me dijo él?
Jerónimo negó despacio una vez.
—Metió su mano en el bolsillo y me plantó el doble de dinero por el viaje. Quería impresionar a alguien. Querían estar solos. ¿Y cómo diablos iba a manejar el barco?, le pregunté. Me dijo que su amigo sabía gobernar barcos.
—¿Christian? —preguntó Jerónimo, sorprendido. Esto era nuevo—. Creía que fue Philip el que había manejado la embarcación. Su amigo nunca le había mencionado que supiera manejar barcos.
Qaavigaq levantó una vez más la mirada al reloj de pared y murmuró algo en groenlandés.
—¿Tiene alguna idea de lo que podría haber causado el accidente?
—No, nada que yo sepa. Mi barco estaba en perfecto estado. Pasó la revisión hace unos meses. Ya se lo dije a ese americano con malas pulgas.
Jerónimo se rascó la barba, tratando de encajar esta nueva información con todo lo que ya sabía.
—Aún no me ha dicho a quién espera.
—Es usted muy preguntón —respondió con la lengua hinchada por el alcohol.
—Y muy curioso también.
—Ahí tienes el problema de esta nueva generación de groenlandeses. Con tanto internet y tanta comunicación. Cuanto más jóvenes son, más confundidos están con el mundo.
Jerónimo cruzó los brazos, sin dejarse distraer por las divagaciones de Qaavigaq.
—¿A quién está esperando? —insistió.
Qaavigaq frunció el ceño, visiblemente irritado.
—Al mocoso de Ivik, que siempre llega tarde. Ese niñato estuvo aquí la noche del naufragio. Me despertó y yo di el aviso por radio. Cuando llegue lo voy a matar.
Jerónimo guardó silencio durante unos segundos, procesando esta nueva información.
—¿Eso lo sabe Aputsiaq?
Qaavigaq se quedó mirando a Jerónimo un momento, tratando de enfocar su mirada. Estaba muy mareado. Luego agarró la botella y le dio el último trago. Su silencio era una respuesta en sí misma: no.
Cuando Jerónimo salió de la oficina del embarcadero, el cielo se teñía de tonos que iban del rosado al morado pasando por un intenso color sangre.