Capítulo 15
Media hora más tarde, entró en el hostal una mujer que se presentó como Naja. Tenía la tez morena, ojos intensos y cabello oscuro. Sobre el cuello colgaba un tupilak , un amuleto de marfil que representaba una criatura mítica de la mitología groenlandesa.
El corazón de Jerónimo palpitó unas décimas más rápido.
—¿Me recuerda? —preguntó la enfermera acercándose a él.
—Usted fue la última persona que vio a Christian.
Ella asintió.
—¿De qué se trata? —preguntó Jerónimo, intentando mantener la calma a pesar de la ansiedad que crecía en su interior.
—Ya informé de todo lo que sabía a mis superiores, a usted y a la policía, pero hay algo que no he podido dejar de pensar.
—¿Ha recordado algo más?
—No, nada nuevo —admitió ella—. ¿Ha habido alguna noticia de él?
—Ya he hecho todo lo posible: visité la agencia, pasé por la cabaña y esta mañana he denunciado su desaparición.
—Vi una profunda tristeza en la mirada de Christian.
Jerónimo había visto triste a su amigo un par de veces durante estos años de amistad.
Siempre había sido un hombre alegre, optimista, con una sonrisa fácil y una chispa de picardía en los ojos.
Pero en esas raras ocasiones en las que la tristeza se apoderaba de él, era como si una sombra oscureciera su luz interior.
—Le he dado muchas vueltas y he pensado qué razón lo impulsó a separarse de su pareja.
La expresión de Jerónimo se tornó grave.
Ella pareció perderse en sus recuerdos por un momento.
—Esa mañana estaba yo sola en la planta.
El hijo de mi compañera se había puesto enfermo, por lo que llegó tarde.
Así que pasé por la habitación de Christian.
Me lo encontré de pie en el pasillo. Se había quitado el gotero.
Le dije que tenía que volver a la cama. Me pidió ver a Philip y me preguntó cómo estaba.
Le dije que estaba fuera de peligro y que se pondría bien.
Fuimos a su habitación unos minutos. Luego me pidió agua y un teléfono.
Pero hay algo más que no sabía en aquel momento —dijo, mostrándole el registro de llamadas en su móvil—.
Christian no hizo solo una llamada, sino dos.
El corazón de Jerónimo latió con fuerza.
—¿Una segunda llamada? ¿A quién más llamó? ¿Con quién habló?
—Con nadie. Creí que había intentado llamarlo varias veces, pero en realidad, la otra llamada fue a otro número.
—Muéstreme.
Ella le entregó un papel con el número anotado.
—Aquí tiene. Parece un número local. Ya he llamado yo, pero el número no existe.
Jerónimo extendió la mano y examinó el número, esperando encontrar alguna pista. Un calambre le recorrió la espina dorsal. Repasó el número una y otra vez. Llamó al instante, pero confirmó lo que la enfermera había dicho: el número no existía.
Christian había intentado contactar a alguien más, pero había marcado un número equivocado. O al menos, eso parecía. Se preguntó si acaso el número podría tener un significado oculto o ser parte de un mensaje cifrado que Christian intentara comunicar.
—¿Cómo sabe que es un número local?
—No tiene prefijo —respondió ella.
Jerónimo probó a llamar con el prefijo del Reino Unido. Nada. Probó con el de Dinamarca. Tampoco.
—¿Puede decirme si le falta o le sobra alguna cifra?
—No —dijo ella.
—¿Usted cree que Christian está vivo?
Naja acarició el amuleto tupilak .
—Yo creo que sí, pero hay algo que le impide volver a ponerse en contacto.
Aquello sonaba místico para Jerónimo, pero no tenía otra alternativa que tener fe. Fe en que Christian estaba ahí fuera, en alguna parte. Fe en que encontraría la manera de llegar a él.
Jerónimo agradeció a Naja por compartir esta información con él. Cada pista, cada detalle, por pequeño que fuera, podía ser crucial para resolver este misterio.
—Hay algo más —dijo ella, mirando a Jerónimo con una intensidad que lo sorprendió—. Usted tiene miedo de que la gente que quiere se aleje si comparte sus sentimientos con ellos, pero lo que no sabe es que, al no abrirse y compartir sus miedos, se quedará solo.
Jerónimo se quedó sin palabras por un momento.
—Lo tendré en cuenta —dijo finalmente, sin saber bien qué más decir.
—Christian tiene suerte de tenerle como amigo.
Jerónimo parpadeó varias veces.
—Y yo… supongo.
Naja le dedicó una última sonrisa antes de irse, dejando a Jerónimo con sus pensamientos y el misterioso número de teléfono. Miró el papel en su mano, como si pudiera revelarle todos los secretos si lo miraba lo suficiente.
Con un suspiro, guardó el número en su bolsillo.