Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 14
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Capítulo 14

Jerónimo caminó por la costa de Ilulissat hasta llegar frente a la Iglesia Zion, una construcción de madera oscura con techos inclinados y una puerta principal arqueada, pintada de blanco al igual que los marcos de sus ventanas.

Mientras Jerónimo se detenía a contemplar la iglesia, una pareja se le acercó para pedirle que les tomara una foto.

Él accedió aunque no les devolvió la sonrisa.

Al lado había un banco que miraba al horizonte.

Se sentó. El sonido de las olas rompía contra los icebergs y el suave crujido del hielo flotante se desplazaba caprichosamente por las corrientes heladas del Ártico.

El aire estaba cargado con el salitre del océano como en las playas de Valencia, pero era tan fresco y limpio que si respiraba muy rápido sentía cómo el frío podía sesgar los pulmones como una daga.

Se secó la nariz de un continuo goteo. Tenía los labios resecos y con los dientes mordía la piel muerta que se desprendía mientras las palabras de Natalia resquebrajaban algo dentro de él.

Escuchar su historia hizo que Jerónimo reflexionara sobre su amigo y cómo las personas que creíamos conocer y amar podían ser tan desconocidas como un extraño en la calle.

—¿Dónde estás, Christian?

Hacía algo más de diez años, se conocieron en la misa danesa que se celebraba todos los domingos cerca de Camden Town.

Jerónimo andaba desorientado en Londres.

Deseaba retomar contacto con Dinamarca, su país de acogida, así que buscó algún evento social con el que poder reencontrarse con el país en el que vivió durante muchos años.

Ir a la misa danesa de los domingos le pareció una buena opción.

No es que fuese religioso y ni mucho menos protestante, pero podía ser una buena oportunidad para socializar con otros daneses después del evento.

Además, era el único sitio en Londres, que supiera Jerónimo, donde una comunidad de daneses se reunía.

Después de la misa había un encuentro en el jardín detrás de aquella iglesia protestante vacía de vírgenes y santos.

Llegó tarde. Hubo retraso en la línea de metro.

Se sentó en el primer banco vacío en la última fila.

Un danés con porte de aristócrata inglés jugaba aburrido con un pañuelo de seda mientras escuchaba el sermón del sacerdote.

Le sonrió y se hizo a un lado para que Jerónimo se sentara. Él le devolvió la sonrisa.

El sacerdote seguía con su monótono sermón intercalando el canto de salmos por parte de los congregados. Sin apartar la mirada de la tribuna, aquel vikingo de porte aristocrático le susurró a Jerónimo:

—No te he visto antes por aquí.

—Es mi primera vez.

—¿Tu primera vez? —preguntó con tono burlón—. ¿Y ese acento?

—Soy español, pero viví unos años en Copenhague.

—Interesante.

Alguien giró la cabeza y les echó una mirada de desaprobación. Se quedaron callados durante un rato mientras el cura hablaba de la Pascua. Aquel danés volvió a susurrarle al oído.

—¿Cómo te llamas?

—Jerónimo.

—Yo, Christian —le dijo sin apartar la vista de la tribuna donde el cura daba el sermón—. Te invito a almorzar.

Jerónimo tomó distancia.

—No busco citas.

Una sonrisa pícara se dibujó en la cara de aquel danés refinado.

—Yo tampoco.

—Y tampoco sexo.

—Yo sí. Pero no contigo. ¿Tienes hambre?

—Yo siempre tengo hambre.

La persona que antes había girado la cabeza con mirada de desaprobación les pidió que se callaran. Christian lo ignoró. Comprobó la hora en un Rolex que brillaba como un diamante y abandonó la iglesia. Jerónimo lo siguió.

Christian se dio la vuelta.

—¿Jerónimo? —repitió asegurándose de pronunciar el nombre correctamente.

—Puedes llamarme Jero. Es más fácil.

—Jero… Suena a hero en inglés. Tu nombre es nombre de héroe. ¿Nunca lo habías pensado?

Jerónimo se encogió de hombros.

Christian le lanzó una sonrisa. Era una sonrisa encantadora, de esas que iluminaban una habitación.

Con su pelo rubio perfectamente peinado, su traje a medida y su porte elegante, Christian parecía salido de las páginas de una revista de moda.

Pero había algo más en él, una chispa de picardía en sus ojos azules y una calidez en su presencia que lo hacía instantáneamente simpático.

Aunque aún no lo sabía, Jerónimo acababa de conocer a alguien con quien compartiría paseos y risas por Londres. Alguien en quien confiar. Alguien en quien apoyarse. Con esa química instantánea que tienen las largas amistades. Como si por alguna extraña razón, ya se conocieran.

El sonido del móvil lo despertó como si hubiera sentido una carga eléctrica en el cuerpo, sacándolo de golpe de sus recuerdos. Se quitó el guante y lo buscó nervioso dentro de la parka. Era un número desconocido.

—¿Christian?

La voz al otro lado del teléfono no era Christian. Era la voz de una mujer. Una mujer que hablaba danés con acento groenlandés.

—Soy Naja Rasmussen, le llamo del hospital.

Jerónimo se levantó y su corazón empezó a acelerarse.

—¿Qué pasa?

—Me gustaría hablar con usted.

—¿Alguna novedad?

—Sí.

—Usted dirá.

—Mi turno termina en media hora. Hay algo que me gustaría que supiera. ¿Podría pasar por el hostal donde se está quedando?

—Por supuesto. La estaré esperando.

Con una última mirada a los imponentes icebergs y a la solitaria iglesia Zion, Jerónimo emprendió el camino de vuelta al hostal.