Capítulo 13
Después de ver a Philip y comprobar que estaba en estado estable y su recuperación seguía el curso normal, Jerónimo bajó a la cafetería del hospital para encontrarse con Natalia.
El lugar estaba vacío. Tenía grandes ventanales con vistas al océano Ártico.
De las paredes colgaban fotografías en blanco y negro de la impresionante naturaleza.
Jerónimo se sentó mirando al comedor de la cafetería. Natalia se sentó de espaldas a la cafetería, mirando la pared. Estaban solos en aquella pequeña sala. Jerónimo se acercó al mostrador de servicio y pidió un café y un bollo para él y un té verde para Natalia.
—Toma.
Natalia jugaba con su reloj deportivo de diseño moderno.
—Gracias —le dijo mientras cogía la taza de té.
Jerónimo se sentó. Comprobó el móvil. Tenía muy mala conexión.
—¿No hay noticias? —preguntó Natalia lo que parecía evidente.
Jerónimo negó con la cabeza.
—Se llevan el barco al desguace.
Natalia sopló suavemente sobre el té verde antes de tomar un sorbo, apreciando el aroma y el calor.
—¿A qué te dedicas? —le preguntó ella.
—Soy traductor de danés, inglés y español.
—Curioso —comentó ella con un brillo de interés en los ojos—. Un español que habla danés. ¿De dónde?
—Valencia.
—Oh, vaya —dijo Natalia, sacando del bolsillo un llavero con dos alpargatas valencianas en miniatura—. Mi padre me lo regaló en uno de sus viajes.
Jerónimo intentó restarle importancia al asunto.
—Yo lo llamaría circunstancias de la vida. ¿Y tú?
—Tengo mi propio negocio.
—¿Ciberseguridad como tu padre?
Ella se tomó un momento antes de responder, como si sopesara cómo presentar su carrera.
—No. Tengo una consultoría de fitness de lujo.
—¿ Fitness de lujo? —Jerónimo elevó una ceja, intrigado.
—Sí, es un poco más nicho —explicó Natalia—.
Ofrezco programas personalizados de entrenamiento físico y nutrición para clientes muy específicos.
Actores que necesitan prepararse para papeles que exigen un alto nivel de condición física, políticos que buscan mejorar su salud de manera integral o ejecutivos que, tras años de descuidar su bienestar por el estrés laboral, desean una transformación rápida y eficaz.
Jerónimo se ajustó la camiseta.
—Muy interesante —dijo dejando el bollo a un lado.
—Supongo —respondió ella con cierto tono apático—.
Primero estuve en el ejército unos años, pero no era lo mío.
Así que salí y monté mi propia empresa —dijo jugando un momento con el borde de su taza de té—.
Cada paso en mi camino me ha enseñado algo valioso, ya sea la resistencia, la determinación o la importancia del bienestar físico y mental.
Ayudar a otros a descubrir su potencial es, para mí, increíblemente gratificante.
Aquellas últimas frases sonaron ensayadas en los oídos de Jerónimo, pero no por ello estaba menos fascinado por el trabajo de Natalia.
—¿Y esa pasión por el deporte?
—Mi padre y yo practicábamos mucho cuando era joven. Me solía llevar a competiciones locales y me enseñó muchas cosas de las que sé.
—No me imaginaba que Philip practicara deporte a ese nivel.
—Supongo que la gente cambia —dijo ajustándose el reloj—. Mi padre empezó a ausentarse más por trabajo y esas ausencias se volvieron prolongadas.
—No sabía que Philip había estado casado.
Natalia cruzó los brazos como si se arropara en sí misma y perdió la mirada volcándola a su pasado.
—Recuerdo esa noche como si fuera ayer. Mi madre y yo habíamos terminado de cenar cuando mi padre llegó a casa.
Dijo que tuvo una avería con el coche y lo dejó en el taller, pero incluso yo sabía que mentía.
Un compañero de trabajo lo llevó a casa.
El coche seguía aparcado fuera. Mi padre estaba muy nervioso.
Mi madre no. Él me dio un beso y me dijo que subiera a mi cuarto.
Quería hablar con ella. Cuando terminase, subiría para leerme una historia de buenas noches.
Yo me quedé en las escaleras esperando una pelea que nunca llegó.
No hubo gritos ni platos rotos. Ni siquiera hubo una conversación.
Le dijo a mi madre que necesitaba un tiempo para estar solo.
Ella asintió como si hubiera esperado esa noticia durante un tiempo y continuó fregando los platos.
Yo entré en mi cuarto a esperarle. Entonces, subió al suyo y cogió algo de ropa.
Se detuvo delante del mío. Vi su sombra quieta durante unos segundos a través de la puerta entrecerrada.
Sabía que yo estaba despierta esperándolo para que me leyera una historia, pero no entró a despedirse.
Desde la ventana, vi cómo se metía en el coche de aquel compañero de trabajo.
Un día entré en el dormitorio de mis padres, pero ya no había rastro de sus cosas.
Le pregunté a mi madre que cuándo volvería papá y me dijo que mi padre había muerto y que me acostumbrara a la idea de que nunca volvería a casa.
Lloré y ella me consoló diciendo que allá donde estuviera mi padre, era un hombre feliz, y que nosotras también teníamos que serlo.
Mi madre se sumergió en su trabajo, en cualquier cosa para no enfrentar el vacío que la ausencia de mi padre nos había dejado.
Destrozó nuestras vidas en busca de su felicidad.
Jerónimo escuchó con atención la historia de Natalia, sintiendo una mezcla de empatía y sorpresa.
No podía imaginar cómo debió haber sido para ella, siendo tan joven, perder a su padre de esa manera.
Le dio un momento para que volviera al presente.
Había una mezcla de tristeza y resentimiento en su mirada.
—¿Tú tienes hijos? —preguntó ella.
—No.
—¿Y nunca has pensado en ser padre?
Jerónimo pensó en su padre y un cuchillo le atravesó el estómago.
—Es complicado.
Natalia asintió y le dio otro sorbo al té. Tenía unos rasgos duros sobre una piel blanca.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Depende de lo personal que sea.
—Tengo curiosidad por saber cuándo lo supiste.
—¿Saber qué?
—Que eras gay.
Jerónimo se tocó la barbilla. Luego se rascó la barba.
—No es algo que lo supiera de un día para otro. Fue algo que evolucionó en la adolescencia. Simplemente, cuando entré en la pubertad, empecé a sentirme atraído por los chicos.
—¿Así?
—¿Cómo que así? No fue un día determinado, fue más una evolución. Digamos que una evolución hormonal.
Natalia parpadeó mientras inclinaba la cabeza, pero Jerónimo no estaba convencido de que ella lo estuviera entendiendo.
—No se te nota.
—Tampoco lo oculto.
—¿Y por qué mi padre no supo antes que le atraían los hombres?
Jerónimo pensó en Philip.
—Eso será algo que le tendrás que preguntar a él cuando despierte.
Natalia miró a Jerónimo y le hizo sentir como si de alguna forma invadiera su mente.
Jerónimo se inclinó más.
—¿Cuándo volviste a ver a tu padre después de eso?
Natalia se tomó unos segundos en responder.
—Pasó un tiempo hasta volver a ver a mi padre. Más tarde supe quién estaba dentro de ese coche.
—¿El compañero de trabajo que lo llevó a tu casa esa noche?
Natalia asintió muy lentamente. Cuando habló, marcó cada palabra.
—Sí. Su amante. Christian.
El rostro de Jerónimo no podía ocultar la sorpresa.
Sus ojos se abrieron tanto que parecían querer abarcar toda la complejidad de la noticia.
Sus labios se separaron en un intento mudo de articular palabras y su respiración se detuvo, suspendida en el tiempo mientras asimilaba la inesperada revelación.
—Entonces, ¿Philip y Christian...? —Jerónimo no pudo terminar la pregunta, su mente trabajaba a mil por hora intentando conectar los puntos.
—Mi padre y Christian tenían una historia juntos. Una historia que mi madre decidió enterrar con el silencio y que yo, por accidente, desenterré años después. —Hizo una pausa. Dio un último sorbo al té—. Mi padre dejó a mi madre para irse a la cama con Christian.
Jerónimo cogió la taza de café, pero se había quedado frío.
Natalia continuó como si no escuchara a Jerónimo.
—Siempre pensé que conocía a mi padre. Tenía la sensación de que era un libro abierto.
Pero ahora sé que era lo que yo siempre quise creer.
Nunca estuve tan equivocada. —Torció la sonrisa—.
Nunca llegamos a conocer a nuestros padres realmente.
Vivimos en una ilusión. Vivimos una mentira.
La mentira que ellos quieren que creamos.
Me pregunto si alguna vez lo conocí de verdad.
Si los momentos que compartimos, los recuerdos que creí que eran reales, eran solo parte de esa mentira.
Me sentí traicionada, no solo por lo que ocultó, sino por cómo nos abandonó.
A veces me pregunto qué hubiera pasado si mi padre nunca hubiera conocido a Christian.
—Eso da igual ahora. Tu padre hubiera salido del armario tarde o temprano. O en el peor de los casos, nunca hubiera salido y hubiera sido un hombre muy infeliz consigo mismo y con todos los que estuvieran a su lado. Ahora es un hombre feliz.
—¿Ahora es un hombre feliz? —repitió Natalia.
—Yo creo que sí.
—De niña me preguntaba qué hice mal.
—Aquí no hay culpables.
Los pómulos de Natalia se marcaron aún más.
—Pues yo siento aún que sí. Mi madre perdió a su marido y yo perdí a mi padre. En fin, hace mucho tiempo de eso.
Jerónimo se acercó más a Natalia.
—Philip despertará pronto.
Natalia apretó los labios y puso su mano sobre el antebrazo de Jerónimo. Quizás lo agarró algo más fuerte de lo que Jerónimo hubiera esperado, pero no se movió. En los lugares más remotos del mundo podías encontrar el calor en la compañía de un extraño.
—Tú también pareces una buena persona —le dijo él.
El ruido del golpe de una bandeja con unos vasos rotos los sacaron de su conversación.
Jerónimo giró la cabeza. El personal de limpieza, un joven de pelo azabache, estaba agachado recogiendo los vasos rotos y colocándolos de vuelta en la bandeja.
Natalia se puso de pie.
—Bueno, creo que es hora de irnos —dijo con voz nerviosa—. Quiero pasar a ver a mi padre.
Jerónimo giró la cabeza de vuelta para ver a Natalia colocándose el abrigo. Se puso también de pie apartándose para que otra joven camarera ayudase a su compañero a recoger los vasos rotos.
Mientras salían de la cafetería, la mente de Jerónimo seguía dando vueltas a todo lo que había aprendido. Dejó a Natalia en el hospital y volvió al hostal.