Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 12
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Capítulo 12

Aputsiaq conducía el coche por una carretera estrecha que bordeaba la costa de Ilulissat. Jerónimo contempló el vasto océano Ártico desde la ventanilla. Relajó el cuello. Fue un pequeño momento de paz en medio del caos que rodeaba la desaparición de Christian.

—¿Qué pretende encontrar? —preguntó el policía sacándolo de su contemplación.

Sin levantar la vista de los enormes bloques de hielo, respondió:

—No lo sé. La verdad es que no lo sé. Lo que sí sé es que no me puedo quedar de brazos cruzados.

La carretera se curvó y ascendió levemente, ofreciendo una nueva perspectiva del horizonte. Desde esa altura, el océano se fundía con el cielo en un abrazo.

—¿Son comunes los naufragios en esta zona? —preguntó Jerónimo.

—Lo que no es común es dar paseos en barco por la noche. Ahora toca recuperar el barco de las aguas y evaluar el impacto medioambiental.

Jerónimo lo miró sin comprender.

El policía se explicó:

—Es posible encontrar manchas de aceite en la superficie, pero supongo que el impacto será mínimo. —Aputsiaq desaceleró y aparcó el coche—. Hemos llegado. Ahora mismo están recogiendo el barco.

Jerónimo respiró hondo y se quitó el cinturón despacio.

Salió del coche y la brisa salada del océano acarició su rostro.

Subió un montículo y divisó el vasto horizonte.

Estaban a unos veinte metros de distancia de la costa y, como si de un náufrago se tratase, allí estaban los restos del barco que aún parecía entero, tumbado de lado en tierra como un náufrago.

Aputsiaq y Jerónimo bajaron el montículo y se acercaron hasta la costa.

Un camión equipado con una grúa que a su vez contaba con un brazo extensible y un gancho estaba posicionado al lado del barco, y un grupo de profesionales conectaban unos cables de acero para sujetarlo de manera segura al gancho de la grúa.

Era un barco pesquero pequeño con capacidad para cuatro o cinco pescadores.

La proa, la popa y los lados estaban decorados con ribetes rojos y con letras en blanco como los colores de la bandera de Groenlandia.

Le llamó la atención un hombre de unos setenta años de origen caucásico que hablaba con el equipo de rescate y tomaba notas. Andaba de un lado para otro arrastrando una cojera mientras se apoyaba en un bastón que parecía una extensión de su mano.

—¿Quién es ese hombre? —le preguntó a Aputsiaq.

—El comandante John McCabe. Llegó esta mañana. Viene de la base militar de Thule.

Durante el vuelo a Groenlandia, Jerónimo había leído un artículo sobre esta base americana situada en la zona más remota del país en la costa noroeste, en pleno entorno ártico.

Construida originalmente como base militar durante la Segunda Guerra Mundial para mantener a Groenlandia libre de la ocupación alemana, se convirtió en un importante enclave estratégico para Estados Unidos durante la Guerra Fría en los años cincuenta y sesenta.

Hoy en día, la base militar de Thule tenía la función de detectar y rastrear misiles balísticos contra Estados Unidos, además de ser punto de investigación científica sobre el cambio climático y exploración espacial.

Jerónimo se rascó la barba.

—¿Qué tiene que ver la base militar estadounidense de Thule con el naufragio de un barco en Ilulissat?

—Nuestra Guardia Costera patrulla las extensas aguas alrededor del país y, dada nuestra ubicación estratégica y falta de personal, otros países nórdicos o Canadá colaboran con nosotros a menudo.

—Y Estados Unidos —añadió Jerónimo.

Aputsiaq asintió.

—Tenemos un programa de cooperación con ellos.

Somos una población pequeña. La base de Thule tiene peso histórico.

Recuerdo visitar el aeropuerto de Pituffik y comprar un montón de productos americanos que traían a la base.

¿Ha probado las chocolatinas con mantequilla de cacahuete de la marca Reese's Peanut Butter Cup?

Jerónimo, por extraño que pareciese, no estaba pensando en comer. Caminó varios metros más.

El comandante John McCabe era un hombre alto y delgado que, a pesar de su cojera, se movía con una energía propia de alguien más joven que él.

No llevaba gorro y tenía un pelo literalmente blanco y de una cantidad envidiable para su edad.

Aunque el comandante vestía de paisano con un abrigo largo azul oscuro y unas botas robustas negras, tenía la expresión y los movimientos de un viejo soldado sacado de alguna película americana sobre la guerra de Vietnam.

—¿Un militar americano en Ilulissat?

—Militar retirado. Como ya le he dicho, el comandante McCabe, bueno, excomandante, está aquí en función civil de asesoramiento y cooperación.

—¿Y qué hace aquí exactamente?

—John McCabe tiene experiencia y conocimientos en seguridad y protocolos de respuesta a emergencias. Está cotejando la situación y redactando un informe sobre el accidente. Llegará a la misma conclusión a la que ha llegado el equipo de rescate local.

—¿Y es?

—Un accidente como otro cualquiera.

Jerónimo se acercó hasta el comandante John McCabe. Su rostro estaba marcado por arrugas que parecían un mapa de guerra.

— Jeg taler ikke dansk —le dijo el comandante sin levantar la vista del informe que llevaba en su mano.

—También hablo inglés —le respondió Jerónimo en su idioma.

El comandante levantó la vista y observó a Jerónimo.

—¿Británico?

—Español. Traductor. Soy amigo de uno de los pasajeros.

—¿Cómo se llama, muchacho?

—Jerónimo.

— Heronimou … —repitió el militar americano—. Tengo mucho trabajo. Ahora, si me lo permite.

Jerónimo se quedó parado con la palabra en la boca mientras aquel comandante americano con expresión de pocos amigos se alejaba con una carpeta en una mano y con la otra se apoyaba en un bastón. Había algo desagradable en ese hombre.

Jerónimo lo siguió.

—¿Qué provocó el hundimiento?

—La mala suerte —respondió el militar sin dejar de caminar con esa peculiar cojera.

—Eso no me vale. He viajado desde Londres hasta esta punta del mundo y quiero saber qué le pasó exactamente a Christian.

El comandante paró.

—Mire, muchacho. Estoy aquí en calidad de asesor de seguridad marítima.

Siento mucho lo que le pasó a su amigo y al amigo de su amigo, pero tengo un trabajo que hacer.

Cuando termine el informe, se lo mandaré a la guardia costera local.

Serán ellos los que le informen y se pongan en contacto con la compañía de seguros.

Jerónimo se tomó unos segundos antes de responder.

—El amigo de Christian se llama Philip y son pareja. —Aunque no supo bien por qué tenía que añadir esa información de más.

El comandante John McCabe no se inmutó.

—A mí eso me da igual.

—A mí no. He tomado tres vuelos para llegar hasta aquí y encontrarme con Christian, pero ha desaparecido.

—Yo no tengo nada que ver con la desaparición de su amigo.

—No, pero no me voy hasta que no me diga algo más del accidente.

—Es usted muy cabezón.

Jerónimo clavó la mirada en el comandante.

—Quiero encontrar a Christian.

Las arrugas del comandante se acentuaron más, como si sonriese con cierto desprecio.

—Hubo un fallo en el motor —dijo el militar—.

Se sobrecalentó, explotó y provocó una fuga de agua y el posterior hundimiento.

Cuando se dieron cuenta, ya era demasiado tarde.

Seguramente intentaron volver a tierra, pero estarían demasiado alejados de la costa y no llegaron a tiempo.

Si hubieran navegado con el dueño del barco u otro profesional, lo más seguro es que hubieran llegado a la costa antes del hundimiento.

—Hizo una pausa—. Ahora, si me lo permite, tengo mucho trabajo que hacer.

El comandante comenzó a caminar apoyado en su bastón.

—¿Eso es común? —le preguntó Jerónimo.

—¿El qué?

—La fuga en el motor y el incendio.

El comandante se detuvo en seco, pero no se dio la vuelta.

—¿Qué quiere que le diga? ¿Que sí o que no?

—La verdad.

John McCabe apretó más fuerte el bastón.

—La verdad es que supongo que sí. —Y continuó caminando.

Jerónimo no lo siguió esta vez. Se quedó parado observando cómo el operador de la grúa levantaba el barco del suelo con cuidado.

Tenía una cubierta abierta y en el centro, justo detrás, se encontraba una cabina, lo suficientemente espaciosa para acomodar a los pescadores durante las pausas para comer y descansar.

En la parte delantera de la cabina, cerca del timón, se hallaban los controles de navegación del barco y al otro lado había bancos para sentarse y descansar.

Jerónimo se imaginó a Christian y a Philip dentro de esa cabina, sentados uno enfrente del otro compartiendo una cena y alzando las copas en un brindis, ajenos a su fatal destino. Un puño apretó su estómago y terminó en un escalofrío.

—¿Sigue teniendo frío? —le preguntó Aputsiaq, que se acercó por detrás.

Jerónimo giró la cabeza.

—No es frío lo que tengo.

Ambos levantaron la mirada observando cómo el barco quedaba suspendido en el aire mientras drenaba el agua. Colgado como un ahorcado al que le habían cortado las venas.

—¿Y ahora qué? —se preguntó Jerónimo en voz alta.

—Se llevan el barco al desguace —respondió Aputsiaq.

—No me refería a eso —le dijo Jerónimo con tono amargo en la voz.

La grúa fue bajando el barco despacio hasta colocarlo encima del camión. Jerónimo no tenía mucho más que hacer allí. Había llegado al lugar del accidente, había hablado con el comandante McCabe, pero aún no estaba más cerca de encontrar a Christian.

—Me gustaría ir al hospital y ver a Philip —dijo finalmente.

Con un último vistazo al barco destrozado, Jerónimo siguió a Aputsiaq de vuelta al coche.

Se puso en contacto con el hospital y mandó un mensaje a la agencia de viajes, que también le respondieron con una negativa.

Christian no había vuelto al hospital, ni a la cabaña donde seguían todas sus cosas.

Porque Christian estaba vivo. Tenía que estar vivo.

No se iba a permitir pensar que la desaparición de Christian se debía a eso.

Ni siquiera se atrevía a pronunciar la palabra «muerte».