Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 11
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Capítulo 11

Jerónimo despertó con un rayo de sol rebelde que se colaba a través de las gruesas cortinas y se paseaba por su cara mientras amanecía en Ilulissat.

Eran las seis y treinta y dos minutos de la mañana.

Corrió las cortinas. La intensa luz del sol se abría paso y bañaba el paisaje en tonos dorados y plateados, creando un juego de luces y sombras que realzaba la textura del agua y el hielo.

Estaban en otoño, un otoño que hubiera ganado la partida si hubiera competido con el día más frío de Londres en invierno.

Allá donde estuviera Christian, esperaba que su amigo hubiera pasado la noche resguardado del frío, o resguardado de lo que fuera que se estaba resguardando.

No lo había llamado.

La única opción que le quedaba era ir a la comisaría y hablar con Aputsiaq para hacer la desaparición oficial. Olió la camiseta con la que había dormido. Había tenido otra pesadilla. Afortunadamente no se acordaba.

Al salir de su habitación y entrar en los baños comunitarios, su ánimo cambió drásticamente.

El suelo estaba cubierto de marcas de botas embarradas de fango y nieve, y un olor a tabaco llenaba el aire.

Había huéspedes muy desconsiderados. Podría haber cogido una habitación con baño propio o un hotel mejor acondicionado, pero el presupuesto no le llegaba y tenía que conformarse con lo que había.

Arrugó la nariz, molesto por el desorden y la falta de respeto hacia el espacio compartido.

Rodeó de puntillas el suelo y abrió un pequeño respiradero para que entrara aire fresco. Luego entró en la ducha.

Al salir, se quedó parado observando aquellas botas de suelas gruesas y negras y de color verde como la extensión de un traje militar de camuflaje. No quiso darle más importancia y volvió a su habitación. Se vistió y cogió su mochila.

Cuando llegó a recepción, esta vez el recepcionista era un chico tan joven que Jerónimo pensó que se había saltado las clases del colegio.

Observó el bufet libre de desayuno y no tuvo muchas ganas de comer.

Los productos locales como la carne y el pescado eran sin duda de una calidad muy superior a la que podría encontrar en Europa, pero los productos lácteos, el pan o los huevos eran productos importados en grandes frigoríficos.

Jerónimo cogió dos rebanadas de pan de rugbrød danés y puso encima dos piezas de pescado ahumado, aunque no estaba seguro de qué tipo de pescado era.

Llenó una taza de café aguado, tan aguado que parecía agua sucia, y se sentó en una pequeña mesa a desayunar.

Después de comer, le preguntó al recepcionista, que tenía la vista pegada a la pantalla de su móvil:

—¿Tienes algo de repostería?

El joven groenlandés negó con la cabeza.

—Hay un supermercado al final de la calle.

Jerónimo cogió su mochila y salió del hostal con dirección a la comisaría. Llevaba la parka que le había prestado el policía, los pantalones térmicos que le dejó Erik y unos guantes tan gruesos que le hacían perder toda sensación en las manos.

En el pueblo no había calles, había carreteras donde los coches y la gente circulaban en armonía. Incluso llegó a ver un par de paradas de autobús y un autobús haciendo su ruta. Una ruta circular y pequeña, pensó Jerónimo.

Si había un factor común en Ilulissat no eran solo las casas de colores, eran los perros dispersos por todo el pueblo y atados con una cadena clavada al suelo de unos dos metros, la distancia suficiente para moverse sin llegar a enfrentarse con sus otros vecinos perros en las mismas condiciones.

Perros grises, perros blancos, perros más grises que blancos y otros más blancos que grises.

También había perros de pelaje marrón. La mayoría tenía unos ojos azules como el océano Ártico.

Se movían inquietos o dormían plácidamente.

Algunos le ladraban a la nada, otros observaban a Jerónimo aburridos.

Un poco más adelante, se encontró con un grupo de cachorros juguetones, revolcándose en la nieve con desenfrenada alegría dentro de una cerca de alambres improvisados, y pensó que a la vuelta de Londres sería dueño de un perro.

No sabía ni la raza, ni el nombre que le pondría. Eso se lo dejaría a Erik.

Llegó a la comisaría de policía de Ilulissat, un edificio con la planta baja de ladrillo marrón claro y la planta alta en rojo. Jerónimo se acercó hasta la puerta verde oliva, y antes de abrirla, alguien la empujó desde dentro y casi se da de morros.

—¿Rasmus? —dijo sorprendido.

El danés aventurero de barba lampiña tenía una expresión de irritación. Jerónimo le dio los buenos días, pero él, en cambio, no tenía esa sonrisa fácil que había mostrado el día anterior.

—Me dijeron que era un pueblo pequeño, pero no tan pequeño —comentó Jerónimo.

Rasmus torció una sonrisa. Tenía una expresión irritada.

—No lo suficientemente pequeño para pillar al ladrón.

Jerónimo no entendió el comentario.

—¿Sabes si Christian ha vuelto a la cabaña?

—No —respondió en seco.

—¿No lo sabes o Christian no ha vuelto?

Jerónimo observó que Rasmus estaba muy serio, demasiado serio para conversar con él.

—No he tenido tiempo —respondió—. Pasaré más tarde.

—¿Pasa algo? —preguntó Jerónimo.

—Pasa que la policía está aquí de adorno —dijo levantando un papel—.

Esta es la tercera denuncia que pongo este año por robo.

Han entrado en el garaje y se han llevado una Ski-Doo Expedition Xtreme.

Llegó el mes pasado. La más nueva que tenía.

Mía, privada, no para el negocio. Forzaron la cerradura y se la llevaron —dijo irritado levantando la voz.

—¿Y no hacen nada?

—Nada, pero como yo pille al malnacido, le voy a regalar una silla de ruedas si es que le gusta dar paseos.

La frustración de Rasmus era palpable y Jerónimo no pudo evitar sentir empatía por él. En un pueblo tan pequeño, un robo así debía ser un duro golpe. Pero también le hizo preguntarse si la policía local estaba preparada para manejar la desaparición de su amigo.

—Bueno, estaré por aquí si Christian te contactara u oyeras algo.

Entró decidido a poner la denuncia y esperaba que la policía comenzara a buscar a Christian de forma oficial.

Lo que encontró no era el típico ambiente policial que esperaba, sino una pequeña oficina que más bien parecía una agencia de viajes especializada en expediciones al Ártico.

Las paredes estaban adornadas con mapas de la región, carteles con información sobre la seguridad pública y algunas fotografías de la comunidad local.

En el propio mostrador, había una cafetera, un microondas y un frigorífico detrás.

A su derecha, un pequeño pasillo conducía a un par de puertas contiguas, que Jerónimo asumió eran oficinas de trabajo.

Detrás del mostrador, una mujer a pocas semanas de dar a luz lo observaba sentada en una silla giratoria de oficina.

La silla, por su voluminosidad, parecía más bien adecuada para un adolescente que pasaba horas jugando a videojuegos.

La mujer llevaba una blusa holgada y un chaleco reflectante que no tenía mucho sentido dentro de una oficina.

Junto a ella, detrás del mostrador, había una estantería repleta de formularios y lo que parecía ser documentación legal.

En un pueblo tan pequeño, era improbable que alguien pudiera desaparecer sin dejar rastro, pero la apariencia no convencional de la estación de policía lo llevó a preguntarse cómo sería el proceso de búsqueda en este lugar tan peculiar.

Aquella mujer le dio los buenos días en groenlandés con ojos atentos y nariz pequeña y respingona.

—Perdone, ¿es esto la comisaría de policía? —preguntó Jerónimo en danés.

—¿En qué puedo ayudarle? —dijo ella levantándose despacio de la silla.

—Quisiera hablar con Aputsiaq Iversen.

Su pequeña nariz se movió en un tic.

—¿Por lo del naufragio?

—El mismo.

—Pues siéntese. Yo soy Aviaja Iversen, tendrá que rellenar este formulario.

Jerónimo pensó en Rasmus y decidió no irritarse con la mujer policía, ser paciente y hablar con Aputsiaq cuando llegase.

—¿Alguna novedad? —preguntó.

—Mi marido está a punto de volver. El hospital quería hablar con él.

El corazón de Jerónimo empezó a latir más rápido. Se puso de pie.

—¿Ha aparecido Christian?

—Creo que no.

—¿No será Philip? —preguntó preocupado.

—De verdad que no lo sé. Viene ahora y le contará cualquier novedad.

Jerónimo se volvió a sentar.

—Perdone, ¿ha dicho su marido?

Ella sonrió acariciando el vientre.

—Enhorabuena, ¿es el primero? —preguntó Jerónimo.

—Y espero que no sea el último. Aput y yo ya nos conocíamos de niños y llevamos varios años trabajando juntos.

Aviaja le entretuvo contándole sobre el pueblo y su vida tranquila, aunque Jerónimo solo fingió que le prestaba atención.

Minutos más tarde, Aputsiaq entró por la puerta.

—Buenos días —dijo Jerónimo poniéndose de pie.

—¿Qué tal el hostal?

—Muy cómodo, gracias. Bueno, pequeño pero cómodo.

—¿Le dijo que iba de mi parte?

—Me hicieron un descuento especial.

—Mi prima lleva el negocio. Siempre hacen un descuento especial a todos los huéspedes.

—Ah, vaya. Creía que conmigo habían tenido un trato especial. Le daré recuerdos a su prima cuando la vea.

—Sé por qué está aquí. Aún no sabemos nada de su amigo Christian.

—Necesito su ayuda.

Aputsiaq asintió.

—¿Rellenó el formulario? —preguntó mirando la mano de Jerónimo con el documento y el bolígrafo.

—Lo puedo hacer más tarde.

—Hágalo ahora y lo mandaremos a la central en Nuuk.

Jerónimo hizo como le pidió el policía. Puso el documento encima del mostrador para que la mujer lo cogiera.

—Esta es una copia para usted.

Jerónimo la cogió y se acercó hasta Aputsiaq.

—¿Dónde fue el naufragio?

—A unos cuantos kilómetros de aquí. El equipo de rescate está haciendo el peritaje del accidente. Me llamarán durante la mañana.

Jerónimo tenía la opción de volver al hotel, de dar un paseo, de quedarse en el hospital, de tomarse un café con Natalia, que por cierto aún no la había llamado, o de llamar a Erik y desahogarse. Pero nada de esto iba a hacer que Christian volviera.

—Lléveme al lugar del accidente.

—¿Para?

—No sé quedarme quieto.

—¿No nos va a dejar hacer nuestro trabajo?

—Ya me ha dicho el plan que tiene: sentarse a esperar a recibir noticias de Nuuk.

Aputsiaq lo miró durante unos segundos y finalmente asintió.

—Está bien. Tengo que ir de todas maneras.

Jerónimo se ajustó la mochila y acompañó al policía hasta el lugar del accidente.