Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 10
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Capítulo 10

Aquella mujer tenía una piel pálida, fina, casi rosada, que contrastaba con un pelo oscuro, cortado a la altura de los hombros. Sus marcados pómulos le daban un aspecto serio que se suavizó con una media sonrisa.

—¿Y quién eres tú? —preguntó aquella misteriosa mujer con acento inglés.

Jerónimo parpadeó varias veces.

—No sabía que Philip tuviera una hija —dijo, tratando de asimilar esta nueva información.

Nunca imaginó que Philip tuviera una familia. Tampoco se lo planteó y no era algo de lo que Christian y Jerónimo hablasen. Realmente no sabía mucho de la vida de Philip.

—Soy amigo de Christian, la pareja de Philip, tu padre. —Se sintió raro pronunciando esas dos últimas palabras.

—¿Y tienes nombre?

—Me llamo Jerónimo.

—No te quedes en la puerta. Pasa —dijo ella.

No solo se movía con elegancia, sino que también vestía con elegancia.

Era difícil adivinar su edad. Quizás acababa de cumplir los veinte o a lo mejor ya había pasado la barrera de los treinta.

Philip era un hombre alto y rubio, lo opuesto a aquella mujer que era más bien baja y de pelo oscuro, posiblemente herencia materna.

A pesar de sus diferencias físicas, padre e hija compartían una seguridad innata en sí mismos.

Llevaba un jersey de lana gris, bastante holgado y con mangas anchas, combinado con unas mallas negras.

Calzaba unas botas de piel de oveja hasta la rodilla y con una suela de tacos gruesos para un agarre perfecto en la nieve.

No destacaba por su altura, pero sí por una figura esculpida en el gimnasio.

Tenía el porte de una competidora atlética.

Natalia cerró la puerta de la habitación y se quedaron a solas.

—Siéntate —dijo ella acercando una silla.

Se ajustó la camiseta y obedeció. Natalia se quedó unos segundos estudiando a Jerónimo.

—Amigo de Christian —dijo ella.

Él asintió.

—¿Lo conoces?

—Claro que lo conozco.

Hubo un pequeño silencio.

—Se pondrá bien tu padre, ¿verdad? —preguntó Jerónimo con esperanza.

—Eso espero.

—Y que nos cuente qué es lo que pasó.

—¿Qué sabes tú? —preguntó Natalia.

—No creo que sepa mucho más de lo que te hayan contado ya a ti. —Respiró hondo—. Hubo una avería en el motor y cuando quisieron darse cuenta ya era demasiado tarde. El barco se hundió a unos doscientos metros mientras trataban de acercarse a la costa. Tu padre se salvó de milagro.

—¿Y Christian?

—Salió esta mañana. Espero que vuelva pronto.

Jerónimo miró a Philip, inconsciente en la cama del hospital.

La expresión pedante había desaparecido de su rostro o quizás Jerónimo lo miraba con otros ojos.

Por primera vez, vio a Philip como un hombre vulnerable, un hombre con una familia que se preocupaba por él.

Natalia se levantó y miró el océano Ártico a través de la ventana.

—Pareces una buena persona —dijo ella sin darse la vuelta.

—Gracias —respondió Jerónimo sin entender muy bien aquel comentario.

—¿Dónde te estás quedando? —le preguntó ella.

—El policía que me recogió del aeropuerto me recomendó el hostal Ilulissat. Es lo más barato de la zona.

—En esta aldea no hay nada barato.

—¿Dónde te estás quedando tú?

—En el hotel Arctic Ilulissat. Es el único sitio que tiene piscina y un gimnasio decente. Está a cinco minutos andando de aquí.

—¿Ya has estado en el hotel?

—Bueno, en cuanto aterricé dejé todas las cosas en la habitación y vine hasta el hospital.

—¿Hoy?

Natalia asintió despacio una vez.

—Claro.

—No te vi. ¿Volaste con Air Greenland?

—Es la única línea aérea que vuela desde Copenhague a Groenlandia —dijo ella—. Es probable que llegara en un vuelo más tarde que tú.

Pero antes de que pudiera preguntar más, un enfermero entró en la habitación.

—¿Qué hacen aquí? —dijo en inglés con tono molesto.

—Somos parientes.

—No deberían estar aquí.

—La enfermera me dejó pasar —justificó Natalia.

—El paciente tiene restringidas las visitas hasta que se recupere. Por favor, acompáñenme —dijo haciendo un gesto con la mano—. Si tienen cualquier pregunta me la pueden hacer a mí.

—No —respondió Natalia—. Nos ha quedado muy claro su estado. Ya nos vamos. —Se levantó y se puso un abrigo de invierno de color negro, largo hasta las rodillas, de la marca Moncler, y comenzó a caminar.

Jerónimo se frotó los ojos e intentó enfocar la vista.

Natalia lo observó.

—Pensaba preguntarte si querías tomar algo, pero pareces cansado. ¿Podemos quedar mañana si prefieres?

Jerónimo estaba tan agotado que tenía un fuerte dolor de cabeza. El viaje, las emociones y las revelaciones del día le estaban pasando factura.

—Quizás mejor mañana.

—Claro que sí. Estaré por aquí en el hospital y nos tomamos un café juntos. Mi móvil no funciona. Compré uno de prepago en el aeropuerto. Apunta el número. Llámame cuando Christian te contacte o si necesitas cualquier cosa. Estaré por aquí.

Jerónimo le dio las gracias y se sintió menos solo.

Quince minutos más tarde, Jerónimo subía un par de escaleras y entraba en la recepción del hostal Ilulissat.

Era una enorme casa de techo perpendicular pintada de un azul profundo y con figuras humanas en forma de grafiti adornándola.

Era ya de noche y las lámparas emitían una luz suave en la entrada, dándole al lugar un aire cálido y acogedor.

Fotografías de paisajes de Groenlandia y arte local adornaban las paredes, sumergiéndolo aún más en la atmósfera única del lugar.

La joven recepcionista, una groenlandesa de trenzas negras a los lados, le preguntó cuántas noches se iba a quedar.

Esa era la pregunta del millón, pensó Jerónimo.

—Aún no lo sé —respondió con cierto tono de frustración en la voz. No podía dar una respuesta clara cuando todo era tan incierto.

El hostal Ilulissat era lo más barato que pudo encontrar, con un descuento especial por ir de parte del joven policía Aputsiaq.

Pagó la primera noche y le hicieron el favor de confirmar las siguientes día por día, ya que quería volver a Londres lo antes posible cuando encontrara a Christian y Philip despertara.

La recepcionista le dio la llave y subió a la planta de arriba.

La habitación era pequeña y funcional, y el bajo techo la hacía todavía más pequeña.

Paredes color crema. Cortinas marrones y gruesas para bloquear la luz durante los veranos árticos.

Una cama individual literalmente encajada entre las paredes y pegada a la ventana con un grueso edredón y un armario sacado de la sección de dormitorios para niños en Ikea, cuyas puertas eran lo único que daba color a esa habitación.

Se tumbó en la cama con el móvil en el pecho, la caja de antibióticos encima de la mesita de noche y la vista perdida en el techo. En la penumbra, el sonido de los perros quebraba el silencio con sus aullidos largos y melancólicos como si conversaran con la luna.

La preocupación de que algo le hubiera pasado a su amigo no le dejaba dormir. Christian llamó a Jerónimo cuando este estaba volando y luego desapareció como el humo.

Recibió un mensaje de Erik. Eran más de las diez en Ilulissat y pasada la media noche en Londres.

El mensaje solo tenía una palabra:

« Christian? ».

Jerónimo respondió con una negativa en danés.

« Nej… ».

No había novedades, no había respuestas.

Recibió otro mensaje:

« Har du lyst til at tale? ».

No. Jerónimo no tenía ganas de hablar. Además, Erik estaría muy cansado a esas horas de la noche y él no tenía mucho más que añadir.

« Nej ».

Erik le respondió:

« Jeg elsker dig ».

Jerónimo sonrió y su corazón se sintió más acompañado cuando le dijo que lo quería.

Le respondió en español:

«Te quie…», pero no terminó la frase. La borró y le respondió en danés que también lo quería.

« Jeg elsker dig også ».

Erik le regaló un emoji con forma de corazón.

Aquellos aullidos parecían hacerse más intensos en la noche y le recordaban que estaba muy lejos de casa. Lejos de Erik, lejos de la comodidad y la seguridad de su vida en Londres.

La inquietud crecía dentro de él. Una sensación de que había algo más en juego. Algo que había pasado por alto. Christian tuvo urgencia por irse, pero no volvió a la cabaña.

Su mente empezaba a tejer una historia que no había anticipado.

¿Y si la desaparición de Christian estuviera de alguna manera relacionada con el accidente en sí?

¿Y si hubiera descubierto algo durante o después del incidente que lo obligara a huir o, peor aún, que lo pusiera en peligro?

¿Y si Christian quería avisarle de que no viniera a Ilulissat? Un poco tarde para eso…

Era ya la madrugada, así que Jerónimo llegó a la conclusión de que, estuviera donde estuviera Christian, no podría hacer nada hasta el día siguiente.

Cerró los ojos. Los apretó fuerte y luego los relajó buscando el sueño.

Buscando un descanso que no llegaba. Y se repitió a sí mismo que la verdad tiene un precio y que los cabezones firman la victoria.

Ahora tenía que dormir, pero los aullidos en la noche lo mantenían alerta.