Capítulo 9
Jerónimo volvió al hospital, pero como ya lo sospechaba, Christian aún no había vuelto.
—¿Le dijo algo? —preguntó Jerónimo a la última enfermera que había estado hablando esa mañana con Christian—. No entiendo cómo puede desaparecer así sin más.
La enfermera negó con la cabeza, confundida como Jerónimo.
—Pidió agua —comenzó—. Cuando regresé, lo encontré de pie en el pasillo.
Le ordené que volviera a la cama. Me pidió ver a su pareja.
Así que lo acompañé hasta la habitación y se sentó ahí —dijo señalando la silla vacía al lado de la cama de Philip—.
Le aseguré que estaba fuera de peligro y le rogué que regresara a su habitación para evitar problemas.
Él asintió y se apoyó en mi brazo para volver.
Jerónimo se quedó con la mirada fija, observando a Philip postrado en la cama desde la puerta.
—¿Algo más?
—Me pidió agua y el favor de que le prestara mi móvil. Quería hacer una llamada —respondió la enfermera.
Los ojos de Jerónimo se abrieron aún más.
—¿Recuerda a qué hora fue eso?
—Cerca de las diez de la mañana. La policía ya había sido notificada y estaba en camino para entrevistarlo.
Jerónimo le mostró la pantalla de su móvil.
—Tengo una llamada perdida de este número.
La enfermera se acercó y asintió.
—Es el mío.
Jerónimo tenía ahora la confirmación de que Christian había intentado contactar con él esa mañana, pero no había dejado mensaje alguno. Una oleada de frustración y preocupación lo invadió.
—¿Mencionó por qué quería hablarme?
—Desconocía que fuera usted a quien buscaba. Solo dijo que necesitaba hacer una llamada urgente.
—Yo estaba en el avión en ese momento. —Jerónimo suspiró, abrumado por la situación.
Se desplomó en una silla en el pasillo del hospital, sintiendo el peso del agotamiento.
—Recuerdo que sonreía —continuó la enfermera—, pero yo no me lo creí. Era una sonrisa triste. Esa mirada la he visto antes en muchos pacientes aquí. Su amigo se sentía culpable, lo cual es común después de un accidente. Lo dejé para que descansara, pero al regresar, la habitación estaba vacía.
Jerónimo le dio las gracias y se quedó unos minutos sentado.
No tenía muy buena relación con los hospitales.
Unas semanas antes, había pasado por el peor momento de su vida cuando ingresaron a Erik en un hospital de Londres tras un accidente de tráfico.
Erik desapareció misteriosamente durante unos días, supuestamente por un error de comunicación entre hospitales.
Sin embargo, la realidad fue otra. En el curso de su trabajo como periodista de investigación, Erik había descubierto una mafia que traficaba con órganos humanos en Europa.
Tras acercarse demasiado a la verdad, la mafia fingió su muerte en un accidente de tráfico y trató de hacer desaparecer su cuerpo.
La obsesión de Jerónimo por encontrar a Erik puso nerviosa a esa mafia e intentaron eliminarlo a él también.
Jerónimo apareció en un viejo sótano, en una habitación improvisada como sala de operaciones, anestesiado encima de una camilla.
Iban a extirparle los órganos y comercializarlos en el mercado negro.
Alguien lo encontró, degolló a los integrantes de la mafia y lo salvó de una muerte segura.
Justo instantes después, apareció la Unidad de Operaciones Especiales y lo sacaron del sótano y de esa carnicería.
Las noticias se hicieron eco de este acontecimiento tan increíble como imposible en un país como el Reino Unido.
La mafia mató a sus propios integrantes como medida de supervivencia.
Cuando Jerónimo despertó completamente de la anestesia, tenía un vago recuerdo de lo que pasó allí, minutos antes de que lo rescataran.
Tenía la certeza de que hubo alguien más en ese sótano que se encargó de salvarlo de una muerte segura.
Jerónimo se incorporó y comenzó a deambular por el pasillo del hospital de un lado a otro cuando decidió llamar a su pareja.
—¿Cómo estás? —le preguntó Erik.
—Bien, aunque cansado. ¿Y tú?
—Me quedé dormido trabajando. Estuve toda la mañana ocupado con… —Erik paró—. Nada.
—¿Nada? —repitió—. ¿No me lo vas a contar?
—Es trabajo.
—Ah, vale. Lo de siempre. Yo no puedo saberlo.
—Claro que puedes saberlo —respondió Erik con tono de disculpa—. Estoy corroborando unos datos con uno de mis informantes. Nada serio, de verdad. ¿Te acuerdas de Marius?
Jerónimo se acordaba muy bien de Marius.
La primera y única vez que se encontró con ese personaje lo persiguió cuando salió huyendo de su casa.
Era un creyente ferviente de teorías de la conspiración y creía que había caído en las redes de una cuando Jerónimo pasó por su casa.
Marius era en ese momento su única posibilidad de encontrar a Erik cuando desapareció del hospital.
—Claro que me acuerdo de Marius.
—Tuviste el placer de conocerle hace unas semanas e intercambiaste los teléfonos.
—No fue exactamente así. Me metiste en un grupo de WhatsApp para compartir fotos de nuestra nueva casa.
—Me parece mucho más personal que publicar fotos en Facebook. ¿Dónde estás?
—En el hospital.
—¿Has hablado con Christian?
Jerónimo le contó que su amigo había despertado esa mañana, había pasado por la habitación de Philip para asegurarse de que estuviera bien y luego lo había llamado, aunque Jerónimo ya estaba en el avión para entonces.
—Todo me parece surreal. ¿Qué quería decirme si luego no se quedó en el hospital a esperarme? Ni siquiera dejó un mensaje de voz. Me hubiera quedado más tranquilo. ¿Y por qué se alejaría de Philip después de haber estado juntos estos meses? Y ahora, ¿dónde está?
—Cálmate, Jero. Seguro que todo tiene una explicación. ¿Cuándo dejó Christian el hospital?
—Hace unas horas.
—No es mucho.
—Tenía que seguir en observación.
—¿Cuál era su estado?
—Le hubieran dado el alta cuando el doctor hubiera pasado más tarde.
—Pero decidió irse —concluyó Erik.
Jerónimo suspiró.
—Exacto, Sherlock.
—Quizás haya vuelto a la cabaña donde se estaban quedando.
—La cabaña está varios kilómetros fuera del pueblo. He pasado por allí, pero solo están sus cosas.
—Solo digo que no ha pasado mucho tiempo. Mira, imagina que bajas a la cafetería del hospital, te tomas un café y, en un par de horas, Christian vuelve como si nada hubiera pasado y te lo explica todo.
—¿Tú te lo crees? Christian no dejaría a Philip solo —insistió Jerónimo.
—¿Te dejaron verlo a ti? —preguntó Erik.
—Sí, pero desde fuera. No dejan entrar a nadie en la habitación hasta que esta tarde pase el doctor y dé el visto bueno. Está muy débil y los doctores no quieren que se exponga a ningún virus —admitió Jerónimo.
—Entonces, a Christian tampoco. Solo te estoy mostrando otras perspectivas. Además, quizás no era necesario que volaras hasta Groenlandia.
Jerónimo sintió un calor creciente en las mejillas.
—No necesito que me digas qué debo hacer.
—Lo sé, tienes toda la razón. Aunque lo intentara, ya te encargarías tú de cambiar el curso de las cosas —dijo Erik con un matiz de resignación.
—¿De qué estás hablando?
—Te llamé, pero no cogías el móvil, así que llamé a la comisaría de Ilulissat. No te pidieron explícitamente que vinieras. —Hizo una pausa—. Además, estuve a tu lado. En ningún momento el policía te pidió que salieras corriendo y te metieras en un avión para acabar en la otra punta del mundo.
—Vine porque quise, sí. ¿Cuál es el problema?
—El problema es que no confías en mí. —Erik finalmente reveló el núcleo de su frustración.
—¿Para pedirte permiso para venir hasta Groenlandia?
—No, para contarme qué te pasa.
Jerónimo apretó más fuerte el móvil.
—¿Es que no es obvio lo que me pasa?
—Jero, llevas días raro. Ausente. Comenzó la noche en la que Christian y Philip cenaron con nosotros.
Jerónimo permaneció callado, reflexionando sobre las palabras de Erik. Tenía razón. Aquella cena había despertado algo en él, recuerdos y preguntas que había enterrado hace mucho tiempo.
—Sea lo que sea —continuó Erik con voz preocupada—, no te ha dejado dormir. ¿O crees que soy tan estúpido que no me he dado cuenta de que te levantabas a mitad de noche para encerrarte en la oficina?
—Sabes que nunca pensaría eso de ti.
—Mira, se te oye cansado.
—Estoy cansado.
—No duermes.
—Dormiré cuando vuelva.
—¿No estás contento aquí, con la casa?
—Mucho.
—¿Y conmigo?
—Aún más.
—¿Entonces?
Jerónimo respiró tan hondo que sintió dolor en el pecho. Erik conocía detalles sobre su familia, sus hermanos, cuñadas y sobrinos, pero había terrenos en su historia pasada por los que evitaba andar. Caminó por el pasillo de vuelta a la habitación de Philip.
—Se me pasará —afirmó Jerónimo, intentando convencerse a sí mismo tanto como a Erik.
—Eso es lo peor que puedes hacer, mentirte —replicó y Jerónimo guardó silencio—. Solo espero que, sea lo que sea, algún día puedas confiar por completo en mí.
A Jerónimo se le formó un nudo en la garganta. Sabía que Erik tenía razón. Tenía que empezar a ser más abierto, a dejarle entrar en esas partes de su vida que había mantenido cerradas durante tanto tiempo.
—Supongo que es hora de cambiar algunas cosas —admitió.
Se formó un silencio entre ellos hasta que Erik cambió de tema abruptamente.
—Creo que voy a adoptar un perro.
Jerónimo soltó una risa nerviosa. La habilidad de Erik para aligerar el ambiente, incluso en los momentos más tensos, era una de las cosas que más amaba de él.
—¿Y me lo tienes que contar ahora?
—Lo he pensado, pero no estaba seguro de cómo te lo tomarías.
—Los perros ensucian.
—Pero hacen buena compañía.
—Hay que sacarlos a pasear.
—Aun así, son buena compañía.
—Y hay que cuidarlos.
—Pero…
—Ya lo has dicho —concluyó Jerónimo—, son una buena compañía. ¿Lo hablamos cuando vuelva?
—Creo que ya es un poco tarde para eso. Llamé esta mañana y lo recojo en estos días.
—Erik, deberías haberlo preguntado. —Suspiró—. Está bien. Soy el menos indicado para consultar las cosas. ¿De qué raza es?
—Hm… ¿Sabes guardar un secreto?
—He guardado unos cuantos.
—Yo también —respondió Erik entre risas.
Cuando Jerónimo colgó, vio la figura de una mujer sentada en la silla donde la enfermera le había dicho que Christian había estado sentado esa mañana. Supuestamente, Philip no podía recibir visitas.
—Perdón, ¿quién eres tú? —preguntó.
—Soy Natalia —se presentó la mujer con un acento inglés—. La hija de Philip.
Jerónimo se quedó inmóvil por un momento, procesando esta nueva información.