Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 8
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Capítulo 8

La moto de nieve estaba aparcada fuera de la agencia de viajes y tenía la presencia de un leopardo gigante con un chasis rojo intenso con perfectos círculos blancos de diferentes tamaños.

—La mayoría tiene un motor de dos tiempos —le explicó Rasmus—. Este modelo tiene cuatro tiempos y puede avanzar a través de diferentes tipos de nieve y también sobre el hielo con bastante facilidad.

—Si sabes llevarla —añadió Jerónimo pasando la mano por el chasis.

—Este modelo tiene una oruga ancha y dentada que garantiza una tracción excepcional.

—¿Una oruga? No conozco esa palabra en danés.

Rasmus lo miró con sonrisa divertida.

—Esto —dijo señalando la gran banda de rodadura de goma—, a esto se le llama oruga. Y aquí en la parte delantera tiene los esquís con los que guías la moto. Además, con cuatro tiempos, se reducen significativamente los gases contaminantes en comparación con los modelos de dos tiempos.

Jerónimo observó la moto de nieve.

—Creo que mi ignorancia ha dejado claro que nunca he montado en una de esas.

—Es parecido a ir en una moto acuática.

—Tampoco las he probado.

—Yo me pongo delante y tú detrás y te agarras a mí como cuando vas en moto. ¿Habrás ido en moto alguna vez?

Jerónimo no pudo ocultar una leve sonrisa burlona.

—Sí, he ido en moto antes —respondió.

Rasmus le pasó un casco y él se puso uno.

—¿Qué velocidad puede alcanzar?

—Varía de modelo a modelo. Este va bien entre los noventa y los ciento sesenta kilómetros por hora. Aunque yo he llegado a casi los doscientos con nieve compacta. ¿Te montas?

Jerónimo se abrió de piernas para acoplarse detrás. El asiento era acolchado con respaldo alto.

—Con ir a cincuenta me vale —respondió él.

—Agárrate.

Jerónimo hizo lo que se le ordenó y tuvo una mezcla de anticipación y vértigo.

Pronto dejaron a un lado cualquier signo de civilización y se adentraron en una nueva dimensión. El rugido del motor rompía el silencio casi sagrado del entorno. El sol derramaba una luz dorada sobre un manto blanco de nieve tan extenso como alcanzaba la vista, haciendo el blanco aún más intenso.

Jerónimo se agarró a Rasmus y experimentó una extraña excitación que le daba la velocidad y aquel lugar que solo conocía de los documentales que había visto en la tele. A pesar del frío que mordía su cuerpo, se sentía más vivo.

—¿Bien? —le gritó Rasmus sin dejar de mirar hacia delante.

—¡Bien! —respondió él.

Rasmus aumentó la velocidad y Jerónimo sintió vértigo en el estómago como cuando montaba en una montaña rusa y el vagón empezaba a descender, pero no quería que parase.

No sentía miedo. El flujo de adrenalina en el cuerpo le hacía sentir más vivo.

Por un momento olvidó los problemas. Olvidó la razón de su viaje.

Olvidó sentirse responsable. Era un pájaro que volaba libre.

A su alrededor, la topografía de Groenlandia se desplegaba en un espectáculo de contrastes: suaves colinas cubiertas de nieve que se alternaban con formaciones de hielo afiladas como cuchillas, y en la distancia, bastante lejos, pero suficientemente cerca, imponentes icebergs flotaban en un océano congelado que se extendía hasta el horizonte.

Era, sin duda, una imagen espectacular. Ni siquiera esos documentales de Animal Planet podían hacer justicia a aquella belleza natural. Si Philip pretendía impresionar a Christian, sin duda lo había logrado. Si quería aislarse de todo y todos, ese era el lugar perfecto.

La velocidad y la destreza con la que Rasmus navegaba por este terreno desconocido eran impresionantes.

Zigzagueaban alrededor de obstáculos naturales, subiendo pendientes empinadas con una facilidad que desafiaba la lógica, y descendían con una rapidez que rozaba lo temerario.

Jerónimo llevaba casco, pasamontañas y gafas de esquí que le cubrían media cara, pero seguía sintiendo la fuerza del viento azotarle el cuerpo y sentía un placer con ello.

Finalmente, en mitad de la nada, emergió la silueta de una cabaña de color verde claro, situada a pocos metros de un pequeño acantilado junto al océano Ártico.

La moto de nieve desaceleró y se detuvo frente a la cabaña.

Habían llegado al lugar donde Christian y Philip habían pasado varios días de vacaciones, aislados en este rincón remoto.

Rasmus se bajó de la moto de nieve.

—Aquí es —dijo mirando el reloj—. Veintiún kilómetros en ocho minutos y cuarenta y tres segundos.

—¿Hemos llegado a tiempo a la fiesta? —preguntó Jerónimo mientras bajaba de la moto de nieve con un ligero mareo placentero.

Le habían prestado un mono negro y naranja como el que llevaba Rasmus, pero de una talla un poco más grande que la suya y se veía torpe moviéndose dentro del mono de nieve.

Jerónimo accedió a la cabaña a través de una escalera de madera que conducía a una pequeña plataforma con barandilla. Perdió la mirada, imaginándose a Christian y a Philip sentados en la plataforma, disfrutando de las vastas vistas y el ocaso del atardecer.

—Creo que no hay nadie —dijo Rasmus.

Jerónimo tocó a la puerta, pero no hubo respuesta. Rodeó la cabaña y miró por la ventana. Tenía las cortinas corridas.

—¿Podemos entrar?

Rasmus se acercó hasta la puerta.

—No hay nadie.

Él también miró por las ventanas.

—¡Christian! —gritó Jerónimo y luego se acercó a Rasmus—. ¿Los trajiste tú?

—Los llevé a comprar comida para toda la semana y luego los acompañé hasta el embarcadero. Allí alquilaron un barco.

—¿Quién los trajo?

—Vinieron solos. No es difícil manejar el barco. Tenían que rodear la costa hasta que vieran aparecer la cabaña y, allí a pocos metros, anclaban el barco.

Eso le sorprendió a Jerónimo.

—Tendrás que saber cómo hacerlo.

—Es como una lancha y con dinero, en este pueblo puedes alquilar lo que quieras.

La cara de sorpresa aún no se había borrado del rostro de Jerónimo. Otra cualidad de Philip que desconocía.

—Verás —continuó Rasmus—, esta cabaña es solo de verano. La cerramos al público a finales de septiembre.

—¿Y nadie se preocupó de las medidas de seguridad?

—Parecían bastante seguros de sí mismos.

—Pues ya ves que no…

Jerónimo rodeó la cabaña por tercera vez, como si así apareciera Christian.

—¿Hay alguna otra forma de llegar hasta aquí?

Rasmus se rascó la barba rubia.

—Helicóptero.

—Tomaré tu respuesta como una negativa. Es decir, o bien en barco o en moto de nieve.

—También puedes venir en trineo —dijo quitándose un guante—. Mira ahí. No hay señales en la nieve. Nadie ha estado aquí. Al menos durante las últimas horas. Su amigo Christian tiene que seguir en el pueblo. Quizás haya vuelto al hospital.

Jerónimo miró su móvil. No había señal ninguna.

—¿Cómo se comunicarían en caso de emergencia?

—Yo volví esa tarde para asegurarme de que todo estaba en orden. Además, pasamos todos los días un par de veces para comprobar que los huéspedes están bien. El barco tiene bengalas y dentro de la cabaña hay una caja con un dispositivo beacon y un extintor.

—¡Christian! —Su voz se perdió en el eco del silencio.

No hubo respuesta.

—¿Podría entrar un momento? Quizás me ayudaría a saber dónde se ha metido mi amigo.

Rasmus finalmente aceptó y abrió la puerta. Jerónimo se detuvo un momento para sacudir el barro y la nieve y se quitó las botas antes de pasar. Había suficiente luz natural.

Al entrar en la cabaña, sintió inmediatamente la presencia de Christian.

El olor a su perfume favorito: Christian’s No.

1. Sintió una ligera punzada en el estómago que subió hacia arriba.

La cama estaba cubierta con dos gruesos edredones blancos mirando hacia el océano Ártico.

Desde esa posición, las vistas de los icebergs y hielo marino eran espectaculares.

Las paredes tenían un suave tono beige que contrastaba con los muebles de madera oscura.

En una esquina opuesta, se encontraba una pequeña área de comedor con una mesa y sillas con cojines.

Jerónimo pasó la mano por uno de ellos. Era piel de foca.

La mesa estaba decorada con figuras de renos esculpidas a mano.

Junto a la ventana, había un pequeño escritorio con una silla y una lámpara de lectura.

El cuarto de baño estaba equipado con una ducha con efecto lluvia.

En un rincón de la habitación estaban las maletas de Philip y Christian, una al lado de la otra, ambas de cuero.

La más oscura era la de Christian y la de Philip estaba adornada con herrajes de metal pulido.

Jerónimo reconoció la maleta de Christian, tenía un aire más vintage , había sido usada durante años y todavía parecía nueva.

Jerónimo sintió una opresión en el pecho al ver las pertenencias de Christian, al sentir su presencia en la cabaña.

Encima de la maleta de su amigo encontró un objeto del tamaño y la forma de un cepillo de dientes eléctrico.

Aquel extraño objeto parecía sacado del laboratorio de un nigromante.

Su tamaño era de unos quince centímetros de largo que terminaba en punta y tenía tallado un monstruo que mezclaba características humanas y animales en una forma grotesca y amenazante.

Sus ojos eran pequeñas piedras negras que brillaban con una intensidad penetrante, casi como si albergaran vida propia.

La boca, exageradamente grande en comparación con el tamaño del objeto, estaba llena de dientes afilados tallados con precisión.

La figura estaba erguida sobre dos patas torcidas que se parecían más a garras de ave que a extremidades humanas y los brazos, desproporcionadamente largos, terminaban en manos de dedos curvados y puntiagudos.

—Es un tupilak —explicó Rasmus—, lo puedes comprar como souvenir en cualquier tienda en Ilulissat. Invoca a los malos espíritus para dañar a los enemigos.

Jerónimo tragó saliva.

Debajo de aquella grotesca figura, había un pequeño papel plegado que, para su sorpresa, tenía su nombre escrito y el de Erik.

Pensó que Christian y Philip habían estado haciendo las compras y decidieron adquirir algunos regalos.

Jerónimo fue incapaz de dejar aquel objeto horripilante donde lo encontró y terminó guardándolo en el bolsillo sin entender muy bien por qué hizo eso.

Echó un último vistazo a la cabaña.

—Creo que nos podemos ir —dijo con tono decepcionado.

—Le puedo llevar de vuelta al hospital.

—Sí, será lo mejor.

Era también hora de llamar a Erik y contarle lo sucedido.