Capítulo 7
Jerónimo comprobó que la señal del móvil había vuelto. Revisó sus mensajes hasta que dio con la dirección que estaba buscando: la agencia de viajes que Philip contrató. La pantalla marcó un punto en el mapa. Once minutos andando si no se resbalaba en la nieve.
Jerónimo comenzó su camino adentrándose por primera vez en las calles de Ilulissat.
Aquel lugar le parecía más una aldea que una ciudad.
Las casas estaban dispersas sobre un manto de nieve, barro y charcos en un mapa de pequeñas colinas rocosas que rodeaban la costa.
Casas diseñadas para resistir condiciones extremas.
Sus tejados de dos aguas se elevaban sobre pilotes para protegerlas de la humedad, permitiendo que el aire circulase por debajo y evitando así el deshielo.
Aunque las viviendas en Ilulissat compartían un diseño similar, variaban en tamaño y destacaban en el paisaje ártico por una vibrante paleta de colores.
Unas casas eran verdes, otras amarillas, otras rojas y también azules, y añadían un toque de color y calor al entorno.
No había aceras; los edificios se asentaban directamente sobre la carretera y la gente abrigada, como exploradores polares, caminaba por los arcenes.
Jerónimo llegó hasta una casa pintada de azul cielo con el techo bajo ligeramente inclinado.
En la punta la bandera de Groenlandia se agitaba nerviosa por la brisa del océano.
Aquella bandera tenía la mitad superior blanca con un semicírculo rojo y la mitad inferior roja con un semicírculo blanco, creando un círculo completo en rojo y blanco.
La fachada contenía una pequeña terraza con sillas de jardín, unos trineos apoyados en la pared y equipos de pesca a un lado de la puerta.
Jerónimo subió un par de escalones y dejó pasar a una pareja de montañistas cargados con mochila, gorro, gafas de sol, botas y hasta binoculares que salía de la tienda.
Entró. Una pared azul y las otras blancas.
Una percha con camisetas negras estampadas con el logo de la agencia de viajes en grande.
El logo era un groenlandés saludando en diferentes tonos azules.
Jerónimo se dirigió a la dependienta en danés al entrar a la agencia.
Ella estaba de espaldas organizando una pirámide de termos de colores y guías de viaje.
Al girarse, vio que en su camiseta estaba escrito el nombre «Freya».
Era una mujer joven de pelo rubio claro y un tatuaje con una brújula en su muñeca izquierda.
Jerónimo le explicó que había llegado desde Londres esa mañana porque su amigo Christian y su pareja Philip habían tenido un accidente en un barco que naufragó.
—Sí, nuestra agencia está informada —dijo ella—. La policía nos contactó anoche. Gestionamos cabañas, excursiones y actividades al aire libre. Pedimos a nuestros huéspedes que rellenen un formulario de contacto de emergencia, que luego compartimos con la policía. ¿Cómo están ellos?
—Por eso he venido hasta aquí. Sufrieron hipotermia y Philip está en cuidados intensivos, pero fuera de peligro.
Christian salió esta mañana antes de que yo llegara al hospital.
Nadie sabe dónde está, así que pensé que quizás hubiera vuelto a la cabaña donde se alojaba.
¿Me puede dar la dirección y paso a echar un vistazo?
—No sé cómo —dijo ella.
—Andando supongo —respondió Jerónimo.
—Eso es imposible.
—En algún sitio tiene que estar Christian y no se me ocurre otro.
Ella miró la hora y cogió su móvil.
—No puedo dejar la tienda, pero llamo a mi compañero y lo acompaña.
—No se moleste. Deme la dirección y paso yo ahora.
Antes de terminar la frase, la dependienta llamó por teléfono. Habló con su compañero y colgó.
—Rasmus está de camino.
—No tienen por qué molestarse. El pueblo no es tan grande. Puedo ir yo mismo si me da la dirección.
Ella sonrió.
—¿Ha estado alguna vez en Groenlandia?
—Me recuerda a Suiza, pero sin árboles.
—Es imposible ir andando. La cabaña está cerca de Oqaatsut, una aldea de veintisiete habitantes, a veinte kilómetros de aquí.
Los ojos de Jerónimo se abrieron más.
—¿Veintisiete?
—El año pasado eran veintinueve.
—¿Cómo ha dicho que se llama el lugar?
—Oqaatsut, a veinte kilómetros de Ilulissat. Puede ir en barco, en trineo o en moto de nieve.
Jerónimo se pasó las manos por la cara.
—¿Y tenían que irse tan lejos?
—Tiene unas vistas espectaculares.
—Las tendrá, pero no entiendo que tuvieran que irse tan lejos.
—Es justo lo que su amigo le dijo a su pareja. Se llama Philip, ¿no?
Jerónimo asintió.
—Fue él quien organizó el viaje.
Ella levantó una ceja en duda.
—Pues no me lo parecía.
—¿A qué se refiere?
—Su amigo le insistió en por qué tenían que irse tan lejos. Philip también parecía un poco confuso. Yo les expliqué que era una oportunidad única para experimentar Groenlandia en su estado más salvaje.
—Pare un momento —dijo Jerónimo levantando las manos—. ¿Cómo que Philip no sabía nada?
—Porque creo que fue un regalo.
—Sí. De Philip a Christian.
Ella negó con la cabeza.
—Philip le explicó a Christian que era un regalo de uno de sus clientes que quería compartir con él.
—¿Cómo dice?
—Ahora que lo pregunta no estoy segura. Creo que era eso lo que estuvieron hablando.
Su amigo Christian compró un par de camisetas, dos termos color rosa y me dijo con una sonrisa que le hacía mucha ilusión experimentar el lado salvaje de Groenlandia.
Era muy simpático y supongo que no quería disgustar a su pareja.
Jerónimo se imaginó el lado encantador de Christian.
—¿Y?
—Mi compañero los llevó al supermercado antes de llevarlos al puerto donde tomaron un barco y de ahí fueron hasta la cabaña, y ya no los he vuelto a ver hasta que nos llamó la policía anoche.
Jerónimo se quitó la parka. Tenía calor.
—¿Tiene el nombre de la persona que les regaló la estancia en la cabaña?
—Sí.
—¿Podría decírmelo?
—Eh…
—Por favor.
—Está bien. —Miró en el ordenador—. El paquete fue comprado a nombre de una compañía que se llama AN Financial Solutions.
Alguien entró en la tienda.
—Este es Rasmus —le presentó Freya.
Un hombre alto, con barba rubia lampiña y sonrisa afable, con un mono negro y naranja que parecía sacado de algún cómic de superhéroes, le saludó haciendo un gesto con la cabeza.
Jerónimo le devolvió el saludo mientras intentaba encajar la nueva información. La idea de que la escapada a Groenlandia no había sido una sorpresa romántica planeada por Philip, sino el regalo de un cliente, le resultaba difícil de asimilar.