Capítulo 6
Jerónimo salió del coche y levantó la vista al hospital de Ilulissat.
Se encontraba ubicado en una elevación de terreno justo en la costa, ofreciendo unas vistas espectaculares al inmenso océano Ártico.
Un escalofrío le recorrió la espalda hasta provocarle un apretón involuntario de los puños.
Todo tendría una explicación. Una explicación fácil y simple.
Tan simple como que quizás Christian habría vuelto a la cabaña para preparar el equipaje de regreso a Londres.
Jerónimo tiritó de nuevo.
Aputsiaq abrió el maletero del coche y sacó una parka y unos guantes.
—Tome. Póngase esto. Le protegerá de las bajas temperaturas y el viento. Quizás tengamos tormenta en estos días. Ya me lo devolverá cuando regrese a Londres.
Jerónimo le dio las gracias y se puso la parka y los guantes mientras miraba a un cielo raso. Era una parka azul oscuro y le llegaba hasta las rodillas. Gruesa y dura, pero también ligera. Los guantes eran negros, forrados con un tejido suave y aislante. La sensación de calidez fue inmediata.
—¿Me presta su móvil otra vez?
—Tome, pero no creo que su amigo lo coja.
—¿Por qué?
—Lo perdería en el naufragio.
Jerónimo apretó los ojos.
—Idiota de mí. Claro…
—¿Necesita alguna cosa más? —le preguntó Aputsiaq.
—No, gracias. Has sido muy amable al recogerme del aeropuerto.
El policía lo observó unos segundos.
—Aún no me ha dicho dónde se va a quedar esta noche —le preguntó—. Ilulissat no es un lugar barato, pero le puedo dar la dirección de un hostal que conozco y puede decir que va de mi parte. Es lo más económico que va a encontrar por aquí. ¿Cuántos días se va a quedar?
Jerónimo respiró hondo y el aire frío le pinchó los pulmones como agujas.
—Hasta que encuentre a Christian —dijo decidido.
Le dio las gracias y acto seguido, dio un paso hacia delante y entró en el hospital.
Una enfermera lo acompañó hasta la habitación donde se encontraba Philip.
El sonido de los pasos y el ocasional murmullo de voces en danés y groenlandés llenaba el aire que tenía un aroma a café y antiséptico.
Llegaron a una habitación de paredes color azul pastel, pero no podía pasar.
La doctora vendría en los próximos minutos.
Jerónimo se quedó en la puerta contemplando a Philip, que yacía sumido en un profundo sueño.
Estaba envuelto en mantas térmicas y su respiración era asistida por un aparato de oxígeno cuyos tubos transparentes se curvaban alrededor de sus orejas, terminando en la nariz.
Junto a la cama, un monitor parpadeaba rítmicamente.
Philip era lo que se consideraba en Londres un hombre de negocios con éxito en la vida.
Había crecido en el condado de Windsor, uno de los más ricos de Inglaterra, y había establecido uno de los negocios de ciberseguridad más exitosos de Europa.
Esta riqueza se reflejaba en su forma de vestir, hablar y en un sentido del humor esnob.
Inteligente, refinado, aunque para Jerónimo, un pedante.
Se preguntó por qué no había podido elegir una ciudad europea para pasar unos días románticos si era eso lo que buscaba.
Pero claro, Philip tenía que impresionar a Christian.
Y qué mejor manera que llevarlo al lugar más remoto del mundo.
Apoyó su puño contra el marco de la habitación y presionó fuerte.
No estaba ahí para buscar culpables de aquella tragedia.
Aquel hombre postrado en esa cama de hospital había conseguido algo digno de admiración: hacer feliz a su amigo Christian y por ello le debía todo su respeto.
Al otro lado de la cama, había una silla para los visitantes, aunque por el momento permanecía vacía, como esperando la llegada de alguien querido.
Fruto de su cansancio le pareció ver a Christian sentado allí y su corazón se encogió.
El recuerdo de la pesadilla que vivió en el hospital de Londres semanas antes inundó su mente.
Estuvo a punto de morir, pero alguien lo salvó. O eso quería creer.
Jerónimo sintió un nudo en la garganta al ver a Philip en ese estado, sabiendo lo mucho que significaba para Christian.
A pesar de sus diferencias, no podía evitar sentir empatía por la pareja de su amigo.
Nadie merecía pasar por algo así. Deseó que Philip se recuperara pronto, por el bien de Christian y por el suyo propio.
El cansancio del viaje y las emociones de las últimas horas empezaban a pasarle factura. Sintió un peso en los hombros y una sensación de agotamiento que se extendía por todo el cuerpo. Pero no podía rendirse ahora. Había que ser fuerte, por Christian, por Philip y por sí mismo.
La voz de una mujer a sus espaldas lo despertó de sus pensamientos.
—El paciente fue muy afortunado.
Jerónimo se giró y vio a una doctora con un moño negro recogido, dejando un rostro marcado por la genética ártica.
—Sufre de hipotermia severa —le explicó ella con un danés claro y profesional—. Las temperaturas de las aguas por aquí oscilan entre cero y cuatro grados.
—¿Se pondrá bien? —preguntó él.
—Es probable que a Philip y…
—Christian.
—Les diera tiempo a nadar unos doscientos metros antes de sufrir hipotermia, una distancia suficiente para alcanzar la costa.
Jerónimo no se había dado cuenta de que había estado manteniendo la respiración y se le escapó un suspiro.
La doctora continuó.
—Tuvieron mucha suerte. Christian se encontraba en un estado medio de hipotermia y Philip, bueno, él estaba en un estado más grave. ¿Ha hablado con el equipo de rescate?
—Acabo de aterrizar.
—Los encontraron en la parte norte de Ilulissat —continuó ella—. Philip está fuera de peligro —aseguró la doctora, mirándolo directamente a los ojos.
Hacía escasamente veinticuatro horas que habían luchado por su vida. Imaginar aquel trauma le ponía la piel de gallina.
—¿Puedo pasar?
La doctora de rostro amable negó con la cabeza.
—Mejor que pase cuando despierte el paciente. Aún es pronto para que reciba visitas.
—Entiendo —dijo Jerónimo sin levantar la vista de Philip.
—Calculamos que estuvo en las aguas no más de veinte minutos.
La hipotermia se produciría a los doce o quince minutos después de la inmersión.
Ha tenido mucha suerte. Sus funciones corporales vitales, como la frecuencia cardíaca y la respiración, se ralentizaron significativamente, pero Philip está fuera de peligro.
Ahora necesita reposo. En su estado, despertará en un par de días como muy tarde.
—¿Y Christian?
—Él también llegó inconsciente, pero mejor. Estuvo en observación.
—¿Y se fue así sin más?
—Nos dimos cuenta esta mañana cuando la enfermera encontró la cama de Christian vacía y el pijama de hospital en el baño. Mi compañero me dijo que faltaba ropa en la sala de descanso del personal del hospital.
—¿Me está contando que mi amigo despertó esta mañana, se cambió de ropa y desapareció como el humo sin ser visto? —La sorpresa se instaló en Jerónimo.
—No tenemos otra explicación mejor. Estuvo toda la noche en observación. Como ya le he dicho, sufría hipotermia y podría desarrollar cualquier enfermedad respiratoria.
—Es decir, que Christian no debía haber abandonado el hospital bajo ningún concepto.
—Correcto —respondió ella.
Jerónimo se rascó la barbilla.
—¿Qué medicación estaba tomando?
—Principalmente antibióticos por vía intravenosa para prevenir infecciones bacterianas. Cuando una persona se expone al frío extremo del agua, su sistema inmunológico puede debilitarse, lo que aumenta el riesgo de contraer infecciones bacterianas.
—¿Los tiene en comprimidos?
Ella asintió y desapareció unos minutos para volver con una caja de medicamentos en la mano.
—Aquí tiene. Su amigo debe descansar en un lugar cálido y sin humedad. También tiene que mantenerse hidratado, pero sobre todo, debería volver al hospital para seguir en observación y hacerle un chequeo general. ¿Tiene idea de por qué se fue sin que le diéramos el alta?
—No. Tendrá que contármelo él cuando lo vea y lo traiga de vuelta. —Cogió la caja, sintiendo el peso de la responsabilidad en sus manos.
—¿A dónde va?
Él hizo un barrido con la mirada. Tenía la sensación de estar en una casa grande más que en un hospital propiamente dicho, como los que había en Londres o cualquier otra ciudad europea.
Además, Christian era un danés como el veinte por ciento de la población de Ilulissat.
Podría haber sido confundido con un doctor, enfermero o cualquier otro personal del hospital.
Con la caja de medicamentos en una mano, respondió a la doctora:
—Al único sitio posible que se me ocurre que haya podido ir.
Jerónimo salió del hospital con paso decidido y el frío aire de Ilulissat golpeándole el rostro. Con la parka abrigándolo y la caja de medicamentos en la mano, se encaminó hacia el único lugar donde creía que podría estar su amigo.