Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 5
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Capítulo 5

Jerónimo aterrizó en Kangerlussuaq sin retraso. Un vuelo que duró algo más de cuatro horas. Este aeropuerto, mucho más pequeño que otros europeos, era punto de conexión con ciudades en Groenlandia de vuelos regionales.

Avisaron por megafonía que su vuelo a Ilulissat podría tener retraso por motivos meteorológicos, algo habitual en esa parte del planeta. Aunque el cielo estaba raso. Primero lo comunicaron en groenlandés, luego en danés y finalmente en inglés.

Tenía hambre y estaba cansado. Se compró una bolsa de miniespirales de canela y se sentó a esperar.

Dieron el aviso y empezaron a embarcar a la hora prevista. Jerónimo fue el primero de la fila. Entró en el avión. Habría algo más de treinta asientos repartidos en ocho filas con una configuración de dos asientos a cada lado.

Durante el vuelo, Jerónimo ocupó la mente hojeando de nuevo las páginas de la revista de la compañía.

La ciudad de Ilulissat estaba situada en la costa oeste de Groenlandia, a tan solo trescientos cincuenta kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico, lo que le otorgaba veranos con sol de medianoche y largos inviernos oscuros, iluminados solamente por la aurora boreal.

Según el artículo, la ciudad era famosa por el fiordo, un fiordo lleno de icebergs y patrimonio de la humanidad de la UNESCO.

La ciudad atraía a turistas por el espectacular paisaje natural y las oportunidades de hacer senderismo, paseos en barco entre icebergs y otras actividades culturales como trineos tirados por perros y observaciones de ballenas.

Si la intención de Philip era sorprender a Christian, seguro que lo consiguió.

Cruzó los brazos como si se abrazara fuerte a sí mismo, reposó la cabeza sobre la ventanilla del avión y finalmente cerró los ojos. Pero no durmió.

Apenas había pasado media hora cuando el avión comenzó su descenso a la ciudad de Ilulissat.

Las luces de los cinturones se encendieron.

Atravesaban un manto de nubes grises que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, revelando un paisaje ártico.

Casitas de colores bordeaban la costa como piezas del tablero del juego de mesa del Monopoly.

Unas azules, otras verdes, otras amarillas y otras rojas.

En las aguas flotaban masas de hielo de tonos blancos y azulados que brillaban como diamantes.

Por último, el avión se alineó con la pista de aterrizaje y las ruedas tocaron suelo.

Acababa de llegar a su destino. Estaba a punto de encontrarse con Christian.

Salió del avión y un aire puro, cargado con el aroma salino del océano Ártico, le cortó la piel como un cuchillo.

Era finales de septiembre y estaban a dos grados centígrados.

Sus dientes castañetearon mientras su aliento se condensaba.

Relajó el cuerpo adaptándose a la temperatura.

Se subió el cuello del jersey, bajó las mangas para cubrirse las manos y las metió en los bolsillos.

Era como si hubiera aterrizado en otro planeta.

El sol parecía colgado bajo el horizonte, lanzando unos rayos de luz tan perpendiculares que bañaban las montañas áridas con una extraña luz que parecía atravesar el alma de Jerónimo.

Era un horizonte vacío de todo. Nunca había puesto un pie en un rincón tan remoto de la Tierra, donde el hielo y la nieve eran soberanos, y la naturaleza se mostraba en su forma más cruda y majestuosa.

Se preguntó por qué Christian y Philip tuvieron que viajar tan lejos.

Siguió al grupo de pasajeros. Atravesó las puertas y salió del pequeño aeropuerto de Ilulissat, un edificio que parecía más una nave industrial pintada de azul.

A pocos metros de la entrada, un policía apoyado en su coche lo observaba salir.

Se acercó a él. Sus ojos reflejaban la herencia ártica de un hombre joven, de pelo lacio y negro como la noche, que contrastaba con su piel curtida por el viento frío.

Llevaba un uniforme de policía local con una parka gruesa de color azul oscuro casi negro y unos pantalones del mismo material resistente.

Se quitó un guante y acercó la mano a Jerónimo.

—Hablamos por teléfono. Soy Aputsiaq Iversen —se presentó el policía en danés con tono humilde.

Jerónimo hizo un intento en quedarse con el nombre y el policía, al darse cuenta, repitió más despacio.

—A-put-siaq —dijo—. Aput.

—Jerónimo —respondió él—, pero puede llamarme Jero.

—Habla muy bien danés.

—Viví muchos años en Copenhague. Soy traductor. Usted también.

El joven policía asintió.

—Lo aprendemos en la escuela y con la televisión. Va por generaciones y partidos políticos.

Groenlandia era un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca. Aunque tenía parlamento propio, aún dependía de su país colonizador en temas de competencias de finanzas, seguridad y relaciones internacionales.

—Ya le dije que no tenía que venir. Le hubiéramos informado de todo.

—Tenía que venir.

—Bueno, ahora que está aquí, creo que ha hecho lo mejor —le dijo mientras cogía su mochila de viaje—. Entre en el coche. Le llevaré al hospital y se lo explicaré por el camino.

Jerónimo le dio las gracias y entró en el coche.

Salieron del aeropuerto situado a pocos kilómetros al noroeste del centro de la ciudad.

Desvió la mirada al exterior para absorber y contemplar aquel terreno árido de pequeñas colinas irregulares y hierba marchita por el frío.

La carretera, estrecha, serpenteaba a través de un terreno marcado por la tundra ártica, rocas y formaciones de hielo ofreciendo vistas panorámicas del impresionante fiordo de Ilulissat.

El único signo de vida humana era un cementerio a un lado de la carretera.

Tumbas, marcadas con cruces blancas de madera, miraban hacia el horizonte infinito, donde el cielo y el océano de hielo se encontraban.

Mientras conducía, Aputsiaq le explicó a Jerónimo lo sucedido.

—El equipo de rescate recibió una alerta de un marinero en el embarcadero.

Este marinero dio la voz de alarma al avistar fuego a lo lejos, aproximadamente a tres kilómetros de distancia, en plena noche.

Tras recibir el aviso, el equipo de rescate se desplazó de inmediato al lugar del accidente. Hubieran podido llegar antes, pero…

—¿Pero?

—Pero nadie hace viajes en barco por la noche.

Cuando la guardia costera llegó, el barco apenas flotaba.

Pensaron que quienquiera que hubiera estado en ese barco había perecido en sus aguas.

Rastrearon la zona y encontraron a dos hombres inconscientes y con claros signos de hipotermia.

Parecía un milagro que hubieran sobrevivido.

Jerónimo sintió un cosquilleo en el estómago.

Diez minutos más tarde, atravesaron un puente y entraron en la ciudad de Ilulissat.

A la derecha pasaron junto a un embarcadero.

Aunque, para Jerónimo, más que una ciudad, parecía un pueblo costero con casas de colores esparcidas por colinas que se asomaban al vasto horizonte del océano Ártico, un paisaje dominado por icebergs gigantescos.

Continuaron su trayecto hasta el hospital de Ilulissat, situado a las puertas de la ciudad.

Eran las dos de la tarde, las cuatro en Londres. Llamó a Erik para contárselo, pero no le dio señal. Lo apagó y lo volvió a encender. Nada.

—Pasa a veces —le dijo Aputsiaq—. La cobertura aquí no es tan buena como en Dinamarca.

Jerónimo lo siguió intentando, cada vez con menos paciencia. Aputsiaq aparcó el coche delante de un edificio rojo de estructura similar a las demás casas de techos perpendiculares, pero de mayor tamaño.

—Tome el mío.

Jerónimo le dio las gracias de nuevo y llamó a Erik.

Le contó lo que sabía y este le preguntó cómo le había ido el vuelo y cómo se encontraba.

Estaba un poco nervioso respondió él, más de lo que quería admitir, y Erik lo conocía bien para darse cuenta de ello.

Cuidaría de Christian y esperaría a que Philip se recuperase para volver los tres juntos a Londres.

—Estoy bien —respondió Jerónimo—. Sí, te he dicho que estoy bien. De verdad, estoy bien. Te llamo luego más tarde cuando hable con Christian.

Y colgó.

—Antes tiene que saber algo —le dijo el policía—. He estado esperando a que me llamaran del hospital para que me dieran noticias de su amigo.

—Cuando hablé con usted ayer, me dijo que estaban fuera de peligro.

—Y lo están. Han recibido el mejor cuidado que les podemos dar. Philip está en cuidados intensivos, pero se recuperará en los próximos días, y Christian despertó esta mañana.

—¿Cuál es el problema?

—Su amigo despertó —hizo una pausa— y dejó el hospital.

El estómago de Jerónimo se contrajo en una décima de segundo.

—¿Le dieron el alta? —confirmó más que preguntó, tratando de mantener la calma.

—No exactamente.

—¿Entonces?

Aputsiaq carraspeó.

—Se lo acabo de decir. Dejó el hospital.

Jerónimo tragó saliva, pero tenía la garganta seca.

—¿Cuándo dejó el hospital?

—Hace unas horas.

—Pero, ¿está bien?

—Estaba en observación. Débil, pero fuera de peligro.

—¿Y por qué se fue?

—¿Quiere hablar con la enfermera que estuvo a su cuidado?

Jerónimo miró el móvil que tenía Aputsiaq en la mano para llamar de nuevo a Erik y contarle que Christian no estaba en el hospital, pero no le dijo nada. Asintió en respuesta y abrió la puerta del coche. Mejor enterarse de lo que estaba pasando antes de preocupar a Erik.