Capítulo 4
Jerónimo estaba sentado en una de las cafeterías de la terminal de pasajeros, cerca de una de las pantallas, esperando el vuelo de conexión con destino a Kangerlussuaq, Groenlandia.
Salía a las nueve en punto de la mañana.
Casi cinco horas de vuelo con destino a un lugar en el que nunca había estado.
La isla más grande del mundo. Desde Kangerlussuaq tomaría un vuelo local a la ciudad de Ilulissat.
Mordió el primer bollo y bebió un largo sorbo de café. Estaba cargado, como le gustaba.
Reflexionó sobre los últimos doce meses, un periodo que había estado lleno de altibajos, desafíos que casi lo habían roto, pero de alguna forma, logró salir adelante.
Su vida se había complicado más de una vez.
Había estado a punto de perder a Erik. A punto de perder su propia vida.
Pero esas experiencias le habían hecho más fuerte, sin duda.
Lo habían marcado, dejando cicatrices invisibles que lo habían cambiado de maneras que aún estaba tratando de entender.
Buscaba respuestas. Respuestas de su pasado que solo su amigo Christian le podía dar.
Le dio otro bocado al bollo. A su alrededor, los pasajeros iban y venían. Algunos con prisa por pasar el control de seguridad, otros con tiempo para disfrutar de un desayuno tranquilo. Alguien se acercó hasta la mesa donde Jerónimo se tomaba su segundo café de la mañana.
—¿Cómo sabías que respondería a tu llamada?
Jerónimo se giró por sorpresa. Levantó la mano y le invitó a sentarse, pero Mikkel se quedó de pie observándolo de arriba abajo con ojos saltones, barriga prominente y aire de diva ofendida.
—No lo sabía —le respondió él—. Pensé que un sex shop cerraría de madrugada y no me equivoqué cuando te llamé por teléfono.
Mikkel se quitó la bufanda con cierta teatralidad y se sentó despacio. Algunos pasajeros en las mesas cercanas les lanzaron miradas curiosas, pero pronto volvieron a sus propios asuntos.
—He venido porque quiero saber qué le ha pasado a Christian. Nada más.
Jerónimo asintió.
—¿Café…? ¿Té?
Mikkel negó con la cabeza. Se encendió un cigarrillo y aspiró hondo.
—Cerré la tienda y vine directamente aquí antes de volver a casa. Habla.
Jerónimo tragó saliva y le contó sobre el viaje a Groenlandia, el naufragio y la posterior hospitalización de Christian.
—La policía me dijo que me llamará en cuanto despierte —le dijo y carraspeó antes de continuar—. ¿De qué conoces a Christian?
Mikkel resopló con indiferencia.
—De por ahí.
—¿De dónde exactamente?
—De copas.
—¿En Copenhague?
—Sí. Nos encontramos una noche en el pub Centralhjørnet.
Jerónimo cruzó los brazos, inclinando ligeramente el cuerpo hacia delante. Cada respuesta de Mikkel parecía abrir más interrogantes en lugar de resolverlos.
—Dices que «nos encontramos»… ¿Os conocíais antes?
Mikkel entrecerró los ojos estudiando a Jerónimo.
—Eres muy curioso. —Levantó el cuello y le dio otra calada al cigarrillo—. Mi madre limpiaba la casa de los abuelos de Christian y yo me quedaba jugando en el jardín con él. Un día, mi madre dejó de ir y yo dejé de jugar con Christian. Se lo habían llevado a Londres.
—¿Y? —preguntó Jerónimo.
—Te lo acabo de decir. Una noche nos encontramos en el pub Centralhjørnet. Nos tomamos unas copas, nos echamos unas risas y a partir de ahí, cuando Christian volaba hasta aquí por trabajo, solíamos vernos. Se quedaba en el hotel D’Angleterre. ¿Lo conoces?
Jerónimo asintió.
—Es el hotel de fachada victoriana que está en la plaza de Kongens Nytorv. Uno de los hoteles más antiguos y lujosos de Copenhague. No sabía que los salarios de los tripulantes de cabina fueran tan altos.
En el rostro cansado de Mikkel se formó una sonrisa burlona.
—Tienen uno de los mejores restaurantes de la ciudad.
Christian me invitaba a cenar cuando estaba por aquí.
La mayoría de las veces pagaba él. Bueno, quizás todas.
—Dio otra calada al cigarrillo—. Que sepas que yo no quedaba con él para aprovecharme.
Y si lo hubiera hecho, Christian es de esos que enseguida se da cuenta.
Total, un día pasó por la tienda. Quería pedirme un favor.
—¿Qué favor?
Mikkel paseó una mirada por el rostro de Jerónimo.
—¿Nunca te han dicho que tienes una barba muy atractiva?
—Sí. Erik, mi pareja. ¿Qué favor? —insistió.
Este torció una sonrisa.
—De vez en cuando, alguien entraba en la tienda, me daba la contraseña y yo le entregaba un paquete o, a veces, un sobre con documentos.
—¿Y no sabías qué había dentro?
—No, no lo sabía y sigo sin saberlo. No me interesa lo más mínimo. Lo importante era que en cada envío había un pequeño sobre con dinero para mí. Digamos que era una forma de darme las gracias.
Jerónimo frunció el ceño, tratando de encajar esta nueva información en el rompecabezas que era el pasado de Christian.
—Una forma de darte las gracias. ¿Y el spray de pimienta?
Mikkel soltó una carcajada llena de dientes amarillos por la nicotina como si le hubieran contado un chiste.
— Poppers . Qué inocente. Creías que te estaba ofreciendo poppers . —Miró más de cerca a Jerónimo—. Tienes unos ojos verdes preciosos. Si tuviera veinte años menos…
—Nada —le cortó Jerónimo—. Si tuvieras veinte años menos, no pasaría nada.
Mikkel dio un chasquido con la lengua y aplastó el cigarrillo directamente sobre la mesa.
Jerónimo se dio cuenta de que había un cartel de prohibido fumar.
—No me has visto con veinte años menos —dijo Mikkel.
—Pero tú a mí sí que me has visto con veinte años menos —respondió Jerónimo con una voz tan afilada que podía arañar el aire.
La sonrisa burlona de Mikkel se borró de un zarpazo. Sus ojos se endurecieron y su postura se volvió más rígida.
—Bueno, ya sé cómo está Christian —dijo poniéndose de pie—. Tengo que irme.
Jerónimo lo agarró de la muñeca.
—Por favor, necesito hablar contigo. Necesito entender qué está pasando.
Mikkel parpadeó varias veces. Luego pasó su mirada por el antebrazo de Jerónimo y una sonrisa lasciva se dibujó en sus labios.
—Eres muy peludo. —Y acarició el vello con el dedo.
Jerónimo lo soltó y Mikkel se volvió a sentar, cruzando las piernas con un aire de suficiencia.
—Está bien. Cuando pasaste por la tienda y venías de parte de Christian, no me sorprendió. Sí, Christian ya te conocía.
A Jerónimo se le heló la sangre. Reclinó todo el peso de su cuerpo hacia Mikkel y le clavó la mirada. Cuando habló, marcó cada palabra.
—Pero yo a él no. ¿De qué me conocía Christian?
—No lo sé —respondió Mikkel bajando la mirada—.
De verdad que no lo sé. Como tampoco sé si te conocía de antes.
Es decir, conocía de tu existencia. Eras como ese vecino joven de al lado que está muy bueno y al que le prestas atención siempre que pasa, pero nunca hablas con él.
Lo entiendes, ¿no? Él no sabe que tú existes, pero tú sí que sabes hasta el número de zapatos que él calza.
—Paró un segundo—. No tenías barba cuando eras más joven. Te queda muy bien.
—Ya me lo has dicho. Pero me diste a entender…
—Sí, Christian y yo habíamos hablado de ti en más de una ocasión. Un joven muy guapo. Ya sabes. Como te he dicho, ves a un jovencito atractivo y no le puedes quitar los ojos de encima. —Levantó la mano para contar con los dedos—. Siete u ocho veces coincidimos. Sí, exacto.
—¿A qué te refieres?
—Que ahí estabas tú.
—¿Yo dónde?
—Cuando Christian estaba por aquí, dábamos un paseo y allí estabas tú. Íbamos a un restaurante y ahí estabas tú. Incluso una vez, quedé con Christian fuera del supermercado y entramos para comprar una botella de whisky y allí estabas tú, esperando en la cola.
A Jerónimo le parecía absurdo lo que le estaba contando. Su mente empezó a dar vueltas, tratando de recordar aquellos momentos, buscando alguna señal de que Christian lo hubiera estado observando. Pero no encontró nada. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta?
—Hablábamos de lo atractivo que eras.
—¿Christian te decía eso?
Mikkel se quedó pensando.
—Sí. Bueno, no. Se quedaba observándote, así que supuse que le gustabas. Yo le decía que estabas para comerte con los ojos. Christian se reía de mis comentarios.
Para Jerónimo, en cambio, sus comentarios eran desagradables y de mal gusto. Sintió un calor en las mejillas, una mezcla de vergüenza y rabia ante la idea de que Christian y Mikkel hubieran estado hablando de él de esa manera.
—¿Y qué más?
—Ya está. No decía nada. Era como si… No sé. Ahora que lo pienso, era extraño.
—¿Extraño?
—Que coincidiéramos contigo tantas veces. Ese restaurante, ese paseo e incluso ese supermercado en el barrio de Valby. Allí estabas tú.
—No eran coincidencias.
Hubo un silencio incómodo entre ellos.
Mikkel se puso de pie, alisándose la ropa con gestos afectados.
—Hace tiempo que Christian no pasa a verme. Dile que vaya a la tienda cuando esté por Copenhague. Tenemos mucho de lo que hablar. Bueno, supongo que él más que yo.
Jerónimo no respondió, todavía tratando de asimilar lo que acababa de escuchar.
Mikkel pasó la palma de su mano por el rostro de Jerónimo como si estuviera ciego, pero no hubo reacción.
Luego, se dio la vuelta y caminó despacio hacia la salida del aeropuerto, confundiéndose entre la gente y con un aire de diva que se pavoneaba por el escenario consciente de que los espectadores la contemplaban.
Jerónimo volvió al presente, su mente aún dando vueltas a todo lo que Mikkel le había contado. La pantalla parpadeó con la puerta del embarque 15B con destino a Kangerlussuaq.
Se puso de pie y se dirigió a la zona de salidas. Pasó el control de pasaportes y entró en el avión. Los asientos eran mucho más cómodos que los que estaba acostumbrado en otras compañías aéreas europeas.
Jerónimo llegó a la conclusión de que Mikkel traficaba con paquetes y documentos y Christian, como tripulante de cabina, se encargaba de que llegasen a sus manos.
Eso podría explicar el alto nivel económico de su amigo Christian, pero no los encuentros repentinos en Copenhague, ni aquella misteriosa vieja tarjeta, ni mucho menos qué pasó en el sótano del Hospital St Mary en Londres, cuando la policía lo rescató de una muerte segura a manos de una mafia que traficaba con órganos humanos.
Se abrochó el cinturón y llamó al policía que le comunicó el accidente de Christian para confirmarle que estaba de camino, a punto de despegar con destino a Groenlandia.