Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 3
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Capítulo 3

El vuelo a Copenhague llegó con una hora de retraso y aterrizó de madrugada en la capital.

Jerónimo cayó en la cuenta de que no había reservado alojamiento y era demasiado tarde para buscar uno.

Se sentó en un banco mirando a la nada. Su vuelo a Groenlandia salía a las nueve de la mañana.

Tenía que estar una hora antes para pasar el control de pasaportes y embarcar.

Se inclinó y finalmente se acurrucó sobre tres asientos en el área de facturación de maletas, abrazando su mochila y tapando sus ojos con un antifaz.

Intentó dormir unas horas, pero solo quedó en un intento.

Se acurrucó más en sí mismo buscando una postura más cómoda.

No lograba conciliar el sueño por completo.

Se encontraba en un estado de duermevela.

Entre todas las razones por las que le era imposible dormir, había una primaria: necesitaba ir al baño.

Miró la hora. Las dos de la madrugada. Las luces tenues iluminaban un aeropuerto casi vacío de pasajeros.

En la misma fila de asientos, al final, una pareja joven dormía apoyando la cabeza el uno sobre el otro.

Unos pocos estaban desperdigados por los asientos del aeropuerto o reclinados contra la pared en el suelo en algún rincón.

Era el momento más tranquilo del lugar. Las pantallas marcaban los primeros vuelos de la mañana. Faltaban varias horas para el primero.

Cuando volvió del baño, se dejó caer en el mismo banco y elevó la mirada hacia el techo. El cansancio ganó la batalla y Jerónimo cayó en un profundo sueño. El mismo sueño que había tenido desde que vio a Christian por última vez. Cinco noches consecutivas.

Soñó que estaba atado de pies y manos a una camilla de hospital en un viejo sótano.

Podía oler la humedad del lugar y palpar la tela áspera de la camilla.

Su cuerpo estaba inmóvil aunque su conciencia quería despertar de esa pesadilla.

No estaba solo en ese sótano. Podía escuchar el tintineo metálico del instrumental de operaciones dentro del cuenco estéril de acero: bisturí, pinzas, tijeras, retractores.

Alguien preparaba el instrumental para la operación.

Aquella figura se acercó y con suma precisión posicionó un bisturí sobre el abdomen de Jerónimo, en la parte derecha, justo encima del hígado, y presionó suavemente haciendo una incisión, rajando la piel en carne viva.

Jerónimo seguía inmóvil, atrapado en su propio cuerpo, prisionero de esa pesadilla.

Quiso gritar, pero no pudo. Quiso moverse para despertar.

Imposible. Era curioso. Jerónimo no sintió dolor, aunque claro, todo aquello era fruto de su mente.

Como todas las pesadillas, su mente estaba jugando con él.

Sus recuerdos también jugaban con él. Aquella figura también jugaba con él.

Levantó la mirada para verle la cara y su corazón se aceleró aún más. Una mezcla de horror y sorpresa oprimía su pecho y dejó de respirar por momentos. Ese alguien le hacía una larga y profunda herida de la que manaba su sangre.

Despertó desorientado con la camiseta interior mojada en sudor.

Se frotó los ojos y miró a su alrededor.

Estaba en el aeropuerto de Kastrup en Copenhague.

Se quitó el antifaz para dormir. Percibió un ligero zumbido de fondo que no pudo identificar, quizás de alguna máquina expendedora.

Un sutil aroma a café flotaba en el aire.

Encogió las piernas para que pasara un limpiador que empujaba el carro de la limpieza mientras escuchaba música por los auriculares.

La pesadilla había dejado a Jerónimo con una sensación de angustia y desasosiego.

Aunque sabía que era solo un sueño, no podía evitar sentir que había algo más, algo que su subconsciente trataba de decirle.

Sacudió la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos perturbadores.

Tenía que centrarse en el presente, en llegar a Groenlandia y asegurarse de que Christian estuviera bien.

Pero la inquietud persistía, como un peso en su estómago.

Eran casi las seis de la mañana y el aeropuerto de Kastrup se llenaba de pasajeros que deambulaban buscando el control de seguridad o facturando sus maletas. Olía a repostería danesa, a wienerbrød recién sacado del horno.

Buscó un baño. Se lavó la cara y pasó una toalla húmeda por el torso desnudo. Algunas canas rebeldes aparecían en el pecho y hacían juego con una barba gris oscura. Se puso una camiseta interior limpia y un jersey negro de cuello alto.

Al salir del baño, casi chocó con una mujer mayor que arrastraba una maleta enorme. Se disculpó con una sonrisa cansada y ella le devolvió una mirada comprensiva.

—Estos vuelos de madrugada son agotadores, ¿verdad? —comentó la mujer.

Jerónimo asintió.

—Sí, lo son. Que tenga un buen viaje —respondió, antes de seguir su camino.

Guiado por el olor a repostería, se dirigió al café. Seguía afectado por aquella pesadilla que se había repetido cada noche, afectado por volver a vivir aquel día que fue raptado y su vida corría peligro. Pero todavía más afectado por la persona que rajaba su piel con un bisturí.

La persona que aparecía cada noche repitiendo la misma operación era su amigo Christian.

Se compró un par de bollos daneses y un café con leche, y se sentó a esperar.

Allí se encontraría con Mikkel, el dueño de una tienda sex shop en la calle Istedgade.

Jerónimo fue a la tienda de parte de Christian la última vez que estuvo en Copenhague buscando desesperadamente a Erik.

Mikkel le entregó un spray de pimienta como arma de defensa.

Aquella situación fue extraña, pero más extraño fue que Mikkel y Christian se conocieran.