Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 2
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Capítulo 2

Desde el asiento trasero del taxi, Jerónimo solo veía oscuridad en el exterior, como si se deslizaran a través de un túnel negro salpicado ocasionalmente por las luces distantes de una granja solitaria o un coche perdido en el campo.

Se reclinó en el asiento del taxi y bajó un poco la ventanilla.

El frescor se coló, combinando el aroma de la tierra húmeda de una noche inglesa de otoño con el olor más áspero de la gasolina y el metal.

—¿Hemos tomado un atajo? —le preguntó al taxista.

Este asintió. Jerónimo miró su reloj. Disponía de una hora y dieciocho minutos para llegar al aeropuerto de Stansted, comprar el vuelo, pasar por el control y embarcar.

—¿Podría ir más rápido? —le preguntó al taxista.

No hubo respuesta. Jerónimo respiró hondo, tratando de calmar los nervios que le atenazaban el estómago.

La noche que Christian y Philip estuvieron cenando en su casa, Philip anunció que tenía un viaje sorpresa para Christian.

Salieron directamente al aeropuerto. Su amigo no sabía a dónde, pero estaba tan entusiasmado como un niño pequeño con un balón nuevo.

Jerónimo pensó que Philip había planeado una escapada a alguna ciudad romántica, como hacen todos los enamorados.

Pero Philip sabía, como Jerónimo también sabía, que posiblemente Christian ya había visitado muchas de las ciudades consideradas como destino romántico.

Así que Philip aceptó el reto de llevarse a Christian a uno de los lugares más remotos de este planeta: Ilulissat, la tercera ciudad más poblada de Groenlandia, con casi cinco mil habitantes.

Más de una vez se preguntó por qué tenían que irse tan lejos.

Durante el tiempo que la pareja de enamorados estuvo de viaje, Jerónimo respondió a los mensajes de su amigo con el mismo tono alegre con el que él le escribía.

No quería que Christian notase su malestar, que no percibiese nada mientras disfrutaba de sus vacaciones.

Hablaría con él cuando volvieran a Londres.

De la última noche que estuvieron en su casa cenando.

De lo que descubrió.

De su pasado.

A solas.

Jerónimo miró la hora de nuevo.

—¿Falta mucho? —le preguntó al taxista.

—Veinte minutos.

—Veinte minutos —repitió Jerónimo para sí mismo—. Voy a perder el avión. ¿No podría ir un poco más rápido?

—¿Y me pagas tú la multa?

Jerónimo se mordió el labio. No le daría tiempo a llegar. Si perdía el avión, tendría que volver a casa y esperar al día siguiente. Se tomó unos segundos para reflexionar. La oscuridad afuera parecía la garganta de un lobo.

Se le ocurrió una idea. A continuación, sacó su móvil. Hizo una búsqueda por internet y luego se dirigió al taxista de nuevo.

—Cambio de planes. Dé la vuelta. Lléveme al aeropuerto de Gatwick.

El taxista miró a Jerónimo desde el retrovisor.

—Eso está a más de una hora de aquí.

—Lo sé. Allí podré coger un vuelo más tarde.

—Le costará más caro.

—También lo sé. ¿Sería un problema?

El taxista no respondió. Volvió la vista a la carretera, aminoró la marcha hasta que paró en el arcén y dio la vuelta.

Siguió en sentido contrario. Minutos más tarde se incorporaron a la autopista M25 con dirección al sur, al aeropuerto de Gatwick.

Durante el trayecto, Jerónimo entró en la aplicación de EasyJet y compró un vuelo para Copenhague a un precio exorbitante.

El último de la noche. Pagó con la tarjeta de crédito American Express.

Vivía a crédito y esa situación no le gustaba.

El pago le llegaría el mes que viene. Aún estaba lejos en el tiempo.

Una hora más tarde, el macroaeropuerto de Gatwick emergía como una isla en medio de la nada. El taxi se unió a la cola de vehículos que entraban al aeropuerto y dejaban pasajeros.

Jerónimo bajó del taxi, sorteó familias, maletas y amigos y llegó hasta el control de seguridad. Buscó la puerta de embarque, pasó el control de pasaporte y entró en el avión.

Ya sentado y a pocos minutos de despegar, hizo dos llamadas.

La primera a Erik para decirle que hubo un cambio de planes y que ahora estaba en un avión en Gatwick camino a Copenhague.

Erik le dijo que tuviera cuidado y lo llamara cuando aterrizase.

Luego buscó en internet el teléfono de una tienda en la que había estado hacía unas semanas.

Esa tienda no cerraba hasta tarde. Probó y consiguió hablar con esa persona.

Le dijo que tomaba un vuelo de Copenhague a Groenlandia.

Le dijo que Christian había tenido un accidente.

Le dijo que tenía que hablar con él y que era urgente.

Después de un largo silencio, aquella persona aceptó verlo.

Jerónimo pasaría la noche en Copenhague y tomaría temprano por la mañana otro vuelo a su destino final, Groenlandia. Mientras el avión despegaba, miró por la ventanilla, perdido en sus pensamientos.