Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6 Capítulo 1
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Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6

Serie Crímenes imperceptibles: libros 4-6

Por J. J. Fernandez

© inepub.com

Capítulo 1

Jerónimo estaba fregando los platos de la cena cuando sonó el móvil con la llamada de un número desconocido. Al otro lado de la línea, la voz de un policía con un inglés básico se presentó. Llamaba desde Ilulissat, un pueblo en Groenlandia y parte del Reino de Dinamarca.

—Puede hablarme en danés —solicitó Jerónimo.

El policía le informó que un tal Christian había dejado el número de teléfono de Jerónimo como contacto de emergencia en asuntos legales, decisiones médicas y accidentes.

Esto era lo que se denominaba en el Reino Unido como next of kin o «familiar más cercano».

Alguien de confianza, alguien que estaría ahí para Christian, alguien que cumplía lo que prometía o al menos, lo intentaba.

—Sí, soy yo —respondió Jerónimo, sin ocultar su sorpresa.

Notó cómo Erik, su pareja, se acercaba hasta el fregadero. Se quedó de pie con los brazos cruzados, copiando el rostro serio de Jerónimo que apretaba más fuerte el móvil mientras escuchaba con atención, abrumado y confundido.

El policía le explicó que su amigo Christian y Philip, la pareja de este, habían tenido un accidente.

El pequeño barco en el que daban un paseo nocturno por los fiordos de Ilulissat naufragó.

El equipo de rescate llegó a tiempo. Se les administraron los primeros auxilios y posteriormente fueron hospitalizados.

Sufrían hipotermia. Philip estaba en cuidados intensivos.

Christian seguía inconsciente en observación.

El policía terminó diciendo que le iría informando de cualquier novedad y que cuando su amigo despertara, se encargaría de que lo llamase.

Jerónimo tardó unos segundos en responder mientras organizaba la información. Su mente viajó brevemente al pasado, recordando los buenos momentos que había compartido con Christian durante su larga amistad. Habían sido amigos desde que Jerónimo se mudó a Londres hacía más de diez años.

—Estaré allí lo antes posible —respondió mientras el trapo de cocina caía al suelo y gotas de agua resbalaban de sus dedos mojando el antebrazo.

El policía trató de explicarle de nuevo la situación, pero Jerónimo le cortó.

—Gracias por llamar e informarme, pero insisto. Quiero estar allí lo antes posible. Le llamaré de vuelta cuando embarque en el avión a Groenlandia. —Y colgó.

Erik recogió el trapo de cocina y lo buscó con la mirada.

—¿Qué pasa?

Jerónimo sintió la boca seca mientras le contaba lo sucedido.

Erik le hizo preguntas que no supo responder. Al final, se echó a un lado y Jerónimo salió directo al dormitorio para preparar su mochila de viaje.

—Espera un momento —dijo Erik, siguiéndolo hasta el dormitorio—. Sé que estás preocupado por Christian, pero piensa un poco antes de salir corriendo. ¿Estás seguro de que es lo mejor? Quizás deberías esperar a tener más noticias.

Jerónimo se detuvo un momento y miró a Erik.

—Entiendo tu preocupación, pero no puedo quedarme aquí sin hacer nada mientras mi mejor amigo está en el hospital. Necesito estar a su lado, asegurarme de que esté bien.

Erik asintió.

—Prométeme que tendrás cuidado y me llamarás con cualquier novedad.

—Lo haré, te lo prometo —respondió Jerónimo, dándole un rápido abrazo a Erik antes de continuar con la preparación de su equipaje.

Los únicos vuelos con dirección a Groenlandia en Europa salían desde Dinamarca. Si se daba prisa, podría embarcar en el último vuelo de la noche desde el aeropuerto de Stansted con dirección a Copenhague y de ahí tomar el primer vuelo de la mañana rumbo a Groenlandia.

Abrió el armario y buscó la ropa de invierno. Haría frío, mucho frío. La pregunta era cuánto de frío era mucho frío. Mientras seleccionaba las prendas, no podía evitar sentir una mezcla de preocupación y ansiedad por lo que le esperaba en Groenlandia.

Erik lo observó mientras, nervioso, buscaba ropa de invierno en aquel armario nuevo y demasiado grande donde su ropa se mezclaba con la de su pareja.

Hacía tan solo unas semanas que se habían mudado fuera de Londres a su nueva casa en el condado de Essex.

Todavía seguían esperando un sofá cama, el aparador y algunos muebles más que llegarían en los próximos días.

Era un pueblo demasiado tranquilo en mitad de la campiña inglesa, donde el sonido del tráfico era tan solo un murmullo lejano comparado con el bullicio de Londres.

A Erik le recordaba a su infancia en la Dinamarca rural.

A Jerónimo no le recordaba a nada en particular.

Al final encontró el suéter que estaba buscando.

Erik lo observaba apoyado en el marco de la puerta.

—¿Quieres que te acompañe?

Jerónimo negó con la cabeza mientras seguía escarbando en el armario.

—Tú no puedes dejar tu trabajo.

En cambio, él sí. Hacía más de una semana que no había recibido ningún encargo de ninguna de las compañías para las que trabajaba como traductor freelance .

Sería cuestión de tiempo hasta que movieran los proyectos de traducción a otro país con mano de obra más barata y él se quedase en paro.

Tampoco había recibido ningún encargo de sus clientes particulares para los que ya había trabajado.

Era inevitable que si la situación no mejoraba tendría que empezar a pensar en otras opciones o buscar otra profesión, aunque habiendo pasado ya los cuarenta no sabría qué dirección tomar en su vida laboral.

Así que tenía todo el tiempo del mundo. Nadie le echaría en falta en su trabajo.

La voz de Erik lo despertó de sus pensamientos.

—¿No podrías esperar a que volvieran? Seguro que tienen la mejor atención médica.

Jerónimo clavó la mirada en Erik.

—Christian es mi amigo.

Erik se quedó callado un rato. Jerónimo continuó preparando el equipaje. El policía le informó de la situación, pero no le pidió que volara hasta el lugar del accidente.

Al final, Erik se acercó hasta Jerónimo.

—Tengo unos pantalones térmicos de montaña —le dijo—. Creo que están en el cuarto cajón. ¿Te los llevas?

—Me vendrán estrechos.

—Los compré cuando estaba más gordo. Toma, llévate estas botas también.

—Gracias. —El tono de voz de Jerónimo se suavizó.

Acto seguido, entró en el baño y guardó su cepillo de dientes y algunas cosas más.

—Llévate crema protectora. Allí la luz del sol es intensa y te puedes quemar. Eres un español blanquito —le dijo, pero Jerónimo no sonrió.

Erik se echó a un lado y él dejó la mochila de viaje en el suelo y entró en la oficina.

En esos días, Erik se había encargado literalmente de empapelar las paredes con libros en varios idiomas y temas diversos de actualidad y arte.

Abrió el cajón del escritorio de época que le regaló y buscó su pasaporte.

Encima reposaba la tarjeta que Christian y Philip les habían regalado para felicitarles por su nueva casa.

Fue la última vez que estuvo con él y la primera vez que se preguntó si alguna vez había conocido a su amigo de verdad.

Giró la cabeza. Estaba solo. Erik estaba terminando de fregar los platos en la cocina.

Jerónimo tiró del falso cajón y sacó una pequeña tarjeta amarillenta por los años con su nombre escrito en letras mayúsculas.

Colocó cada tarjeta una al lado de la otra, cada una separada por veinte años en el tiempo.

Metió la pequeña tarjeta dentro de la grande y las guardó en su mochila.

Erik llegó con una taza de café y una torta de mazapán y chocolate.

—¿Quieres algo de postre antes de irte?

Jerónimo se metió en la boca un trozo de torta y dio un largo trago al café.

Masticó con energía. Le devolvió la taza a Erik, que negó con desaprobación el gesto vulgar de comer de esa manera de Jerónimo.

Esa noche no habría torta y café sentados en el sofá viendo una peli como hacían muchos daneses.

Erik le dio un sobre con dinero.

—Coronas danesas.

Llegó el taxi.

—¿Estás seguro de que te dará tiempo a tomar el último vuelo de la noche a Copenhague?

—No me puedo quedar aquí de brazos cruzados.

Erik dejó de insistir. Antes de salir por la puerta lo agarró por los hombros y sus miradas se encontraron.

—Llámame cuando aterrices —le pidió.

Jerónimo asintió despacio.

—Volveré lo antes posible. Te lo prometo.

Y se despidió de Erik con un beso en los labios.

—Cuídate —le dijo él.

Acto seguido, Jerónimo se metió en el taxi y se perdió por una carretera local con dirección al aeropuerto de Stansted en Londres. Había empezado su viaje.