Capítulo 52
Unos días más tarde
Jerónimo estaba sentado delante del escritorio victoriano con una taza de café en la mano, contemplando las vistas desde la ventana de su oficina en su nueva casa en el condado de Essex.
Era una mañana de otoño que se presentaba como una pintura en movimiento, un lienzo viviente de tonos cálidos y matices dorados.
Las aves, en pleno éxodo otoñal, cruzaban el cielo en formaciones caprichosas, dejando tras de sí un concierto de trinos y cantos.
La alborada había cubierto el paisaje con una fina capa de rocío que relucía con el primer rayo de sol, convirtiendo cada brizna de hierba en una joya centelleante.
Los majestuosos robles y castaños que salpicaban el terreno mostraban sus hojas en variadas gamas de ocres, amarillos y rojizos.
Algunas ya habían cedido a la llamada del cambio de estación y yacían en el suelo formando una mullida alfombra.
Jerónimo dio un trago al café y continuó leyendo el periódico, buscando un artículo en particular:
Mafia internacional explota el sistema sanitario del Reino Unido en escándalo de tráfico de órganos
Por Erik Vinterberg, periodista de investigación
Londres, Reino Unido.
En una revelación que ha dejado a la nación en shock , se ha descubierto una operación de tráfico de órganos en la capital del país.
El artículo hacía referencia a predecesores que investigaron el tráfico de órganos humanos en el mundo, como Ethan Gutmann en su libro The Slaughter , que estimaba que, por ejemplo, en China se habían realizado decenas de miles de trasplantes de órganos de prisioneros sin su consentimiento.
También mencionaba a la BBC, que presentó a Nancy Scheper-Hughes, una antropóloga que había investigado y denunciado el comercio ilegal de órganos.
El artículo igualmente hacía referencia a otros artículos publicados por el diario The Guardian , con un enfoque particular en países en desarrollo donde la pobreza y la corrupción fomentaban estos crímenes.
Jerónimo continuó leyendo con interés:
El esquema, meticulosamente orquestado, comenzaba con la intervención de un hacker altamente capacitado que se infiltraba en los sistemas de los hospitales para alterar informes médicos, declarando a pacientes perfectamente sanos como candidatos para cirugías innecesarias.
Una vez en el quirófano, bajo el manto de la confianza médica, un doctor corrupto inducía a los pacientes en un coma, facilitando la extracción de sus órganos sin consentimiento.
Estos órganos, según nuestras fuentes, eran vendidos en un mercado negro internacional, alcanzando precios exorbitantes, especialmente en regiones donde la lista de espera para trasplantes es extensa y los medios para obtener órganos de manera legal son limitados.
En un giro aún más oscuro, cuando la mafia se sintió acorralada por la investigación policial, tomó medidas drásticas para asegurarse de que su operación permaneciera en secreto.
Los miembros del grupo involucrados directamente en el escándalo, incluido el hacker y el doctor corrupto, fueron asesinados en un intento de silenciar cualquier confesión que pudieran proporcionar a la policía.
La comunidad médica del Reino Unido y el público en general están horrorizados y piden respuestas.
Se ha instado a los hospitales a revisar y fortalecer sus sistemas de seguridad informática y a establecer protocolos más rigurosos para garantizar la transparencia y el consentimiento informado en todos los procedimientos médicos.
Mientras la nación lucha por procesar la magnitud de esta traición, las autoridades continúan su búsqueda para llevar a todos los involucrados ante la justicia.
Para más detalles sobre esta historia en desarrollo, siga nuestras actualizaciones diarias.
Al principio, la policía trató el caso de Erik como un simple accidente de tráfico y, posteriormente, como un fallo administrativo del hospital que se resolvería internamente.
Sin embargo, una vez iniciada la investigación, la policía intervino y rescató a Jerónimo de las garras de la mafia.
Al llegar a esa antigua habitación, transformada en una sala de operaciones clandestina en el sótano del hospital, hallaron los cuerpos del doctor Jakob Schmitt y de Jamal Al-karim, el hacker , degollados y tirados en el suelo como muñecos de trapo.
La policía confirmó que la propia mafia, en un acto desesperado, optó por no dejar testigos de sus acciones.
Pero Jerónimo no comprendía por qué, tras eliminar a algunos de sus miembros, la mafia no lo asesinó a él también al descubrir que la policía estaba al acecho.
Solo recordaba sombras y ruidos, sintiéndose perdido en un mundo de neblinas.
En ese momento recordó a Elisa Vogel. La única noticia que tuvo de ella fue que su trasplante de riñón había sido un éxito y estaba en proceso de recuperación, cumpliendo así el último deseo de su difunto marido.
El doctor Schmitt había preparado todo en el hospital antes de capturar a Jerónimo.
No obstante, para Elisa, ese triunfo quirúrgico representaba también su mayor derrota: la imposibilidad de estar junto al hombre que amaba.
En cambio, la historia de Ljudmila fue todo lo contrario. Tras 786 días mendigando en las calles, ya no estaría sola. Finalmente, se reencontró con su marido, pero a costa de su propia vida.
El día anterior, Jerónimo había dejado un ramo con veintiséis rosas blancas junto al café Costa en memoria de Ljudmila. Una por cada mes de espera, como la flor que llevaba ella en el pelo cuando se encontraron por primera vez, buscando desesperados a sus respectivas parejas.
De repente, alguien tocó a la puerta.
—¿Puedo pasar? —preguntó Erik, con una sonrisa apenas visible detrás de la puerta entreabierta. Entró despacio, apoyándose en un bastón, y se acercó a Jerónimo.
—¿Necesitas permiso? —dijo, levantando la cabeza para darle un beso—. ¿Cómo te sientes?
—Cansado, pero mejor —respondió él.
Cuando la mafia descubrió que Erik estaba investigando sus actividades, decidió provocarle un accidente de tráfico.
Aunque el daño real al vehículo fue mínimo, con la complicidad del doctor Schmitt y el hacker , simularon lesiones graves para inducir a Erik en un coma.
Con el fin de mantenerlo inconsciente durante un período prolongado, el doctor le suministró medicamentos que inhibían su actividad cerebral, complicando su despertar.
Erik le explicó a Jerónimo que un celador del hospital, quien era su informante, estaba al tanto de la situación.
Sin embargo, este colaborador desconocía la identidad de otros implicados en el hospital, lo que le impedía confiar en nadie.
Tampoco podía acudir a la policía, ya que vivía en el país con una identidad falsa y corría el riesgo de ser deportado.
Por ello, optó por cuidar de Erik hasta que este despertara y pudiera alertar a las autoridades, pero eso nunca sucedió.
—¿No vas a decirme quién es ese ángel de la guarda? —preguntó Jerónimo.
—No puedo. Es un secreto profesional, por el bien de todos —respondió Erik.
Jerónimo puso los ojos en blanco.
—Cuéntame algo que no sepamos.
—Mi informante me cuidó hasta que intervino la policía.
—¿Y yo no se lo puedo agradecer?
—La mejor manera de hacerlo es manteniendo su nombre en el anonimato —dijo con tono cansado.
El misterioso celador, que antes había ejercido como enfermero especializado en su país natal, trasladó a Erik a un ala antigua y deshabilitada del hospital.
Allí, utilizando los recursos disponibles, mantuvo a Erik hidratado con la esperanza de que despertara en las próximas horas, pero eso no sucedió.
Pasados varios días, Erik no mostraba signos de recuperación.
El celador sabía que cada paciente reaccionaba de forma distinta al salir de un coma, pero era evidente que la potente dosis administrada por el doctor Jakob Schmitt complicó el proceso.
Los doctores le explicaron a Erik que si no hubiera recibido el tratamiento adecuado a tiempo, habría fallecido.
Algo provocó un cambio radical en la decisión del celador de mantenerse anónimo, impulsándolo a llamar a la policía. Aquella acción salvó la vida de Erik.
El celador compartió con él, entre susurros, su epifanía.
Le dijo que perdió el miedo después de años viviendo con una identidad falsa, desconfiando de todos y el temor constante a ser descubierto, procesado y deportado a su país natal, devastado por la guerra y sin futuro.
Sus últimas palabras, antes de despedirse de Erik cuando este recuperó la consciencia en la habitación del hospital, fueron que revelar la verdad de una historia para sacarla a la luz era tarea de titanes, y solo los cabezones firmaban la victoria.
Esas palabras resonaron con una extrañeza desconcertante en Erik.
Debilitado y confundido, intentó encontrar en su memoria alguna conversación con el celador sobre aquel profesor excéntrico de universidad que solía inventar citas para inspirar a sus estudiantes.
Pero Erik, que nunca mezclaba su vida privada con el trabajo, no recordaba haber tenido ninguna conversación de ese tipo con su informante.
Lo único que comprendió con claridad fue que esas palabras, ese mensaje, esa nueva perspectiva de ver la vida, fueron lo que motivó al celador a actuar como lo hizo.
Su llamada a la policía desató una cadena de eventos que nadie pudo prever: los médicos pudieron despertar a Erik de un coma que le hubiera causado la muerte, y la policía pudo acelerar la investigación y encontrar a Jerónimo en aquel sótano olvidado, lleno de instrumental de operaciones y charcos de sangre.
Ahora, el celador había desaparecido y la policía había perdido su rastro.
—¿Crees que es inteligente poner tu nombre real en el artículo? —le preguntó Jerónimo.
—¿Y a quién pongo, si no? ¿Un seudónimo? —Erik se encogió de hombros y cogió el periódico—. Creo que ya es un poco tarde para eso. Christian y…
—Philip —completó Jerónimo la frase—. Parece que aún tienes algunos lapsos de memoria.
Erik asintió, regalándole una sonrisa a Jerónimo.
—El doctor me aseguró que es normal durante las primeras semanas después de despertar.
—Está bien —dijo Jerónimo, aunque aún seguía preocupado—. Pensaba bajar al pueblo a comprar algo para cenar.
—No hace falta. Christian y Philip vienen esta tarde, traen sushi para la cena y una sorpresa para nosotros.
—¿Qué es?
—No seas bobo. No me lo quisieron decir. Supongo que quieren que sea una sorpresa para los dos.
—¿Estás completamente seguro de eso? —preguntó Jerónimo, con un tono burlón en su voz.