Capítulo 51
En las profundidades del antiguo Hospital St Mary, una vieja habitación olvidada se había convertido en una sala de operaciones clandestina.
Jerónimo yacía en una mesa de metal y el frío se filtraba a través de la delgada lámina; y sentía la rigidez de la camilla en su espalda. A pesar de la oscuridad que envolvía su mente, una chispa de consciencia persistía, similar a una tenue vela luchando contra un vendaval.
Luces y sombras danzaban ante sus ojos, dificultando el reconocimiento de las figuras que se movían a su alrededor.
Quedó atrapado en un estado semiconsciente, en el que la realidad se mezclaba con el sueño. Aunque su cuerpo estaba paralizado, su mente luchaba desesperadamente por aferrarse a la consciencia, permitiéndole percibir el peligro inminente.
Los primeros sonidos llegaban amortiguados a sus oídos.
—Eres un imbécil —dijo la voz del doctor Schmitt—. Le has dado una dosis insuficiente. Átalo, tengo que preparar el instrumental primero.
—Te he dicho que no me des órdenes —respondió la otra voz—. Tú eres el médico, no yo. Yo solo me encargo del sistema informático.
Con un esfuerzo titánico, Jerónimo logró levantar ligeramente la cabeza, tratando de comprender lo que sucedía a su alrededor, pero estaba atado a la mesa de operaciones.
A un lado, Jerónimo pudo ver, aunque de forma borrosa, una estación con todos los instrumentos quirúrgicos meticulosamente ordenados en bandejas estériles: bisturíes, pinzas, tijeras y retractores.
En otro rincón de la sala, identificó una máquina de anestesia.
Junto a ella, había un carrito con medicamentos de emergencia y otro con suturas y vendajes.
La pesadez volvía a invadir las extremidades de Jerónimo y una bruma nublaba su mente.
Lo que sucedió a continuación fue cuestión de segundos.
Distinguió figuras moviéndose como sombras. De repente, vio un forcejeo entre esas siluetas borrosas, escuchó jadeos y el sonido de algo metálico cayendo al suelo.
Sus párpados se volvieron pesados y cerró los ojos. Al abrirlos, notó que las baldosas del suelo, algunas rotas, estaban manchadas con charcos de sangre fresca, pero no vio ningún cuerpo.
Una de las figuras se acercó y le puso la máscara de anestesia otra vez.
Pensó que no saldría de esa situación. Sin embargo, algo cambió.
La opresiva sensación de estar sumergido en agua comenzó a ceder.
Notó la ausencia de presión en su antebrazo y dejó de sentir el aire frío en sus pulmones.
Se le formó un nudo en el estómago y supo que su cuerpo empezaba a reaccionar.
Un hormigueo, parecido a una efervescencia, comenzó a recorrer sus extremidades y, poco a poco, sintió movimiento en ellas.
Aunque su mente estaba aún nublada, comenzó a despejarse lentamente.
Pero la oscuridad lo envolvió de nuevo, llevándolo a un sueño profundo e inalterable.
La siguiente vez que despertó, se encontró en una cama de hospital, con Christian sosteniéndole la mano firmemente.
—Jovencito, la policía te sacó de ese sótano y ahora quiere hablar contigo. —Se inclinó y besó su frente—. Esta vez pensé que te perdía de verdad.
Jerónimo intentó responder, pero su garganta estaba reseca y su voz no era más que un susurro.