Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 53
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Capítulo 53

La última cena

Durante la cena, Jerónimo y Erik tuvieron la oportunidad de conocer mejor a Philip.

Sin embargo, Jerónimo no terminaba de entender el humor de este, quien mostraba una actitud entre presumida y de sabelotodo.

Parecía que quería caer bien a los amigos de Christian de manera forzada, pero también era evidente el profundo cariño que sentía por su viejo amigo.

—Es un viaje sorpresa —dijo Philip colocando su mano sobre la de Christian—. No puedo decir más.

—Y tú sabes cuánto me gustan las sorpresas —respondió él, guiñándole un ojo.

—Sí —añadió Jerónimo con ironía—, creo que esta noche estará llena de sorpresas.

Christian sacó un sobre de color oro del tamaño de un folio y lo puso encima de la mesa.

—Mira, es para vosotros. Así podréis añadir un toque personal a vuestro nuevo hogar.

Jerónimo abrió el sobre mientras Erik lo observaba con curiosidad.

Dentro encontró una tarjeta de la famosa tienda Fortnum & Mason, situada cerca de la estación de metro de Piccadilly Circus en Londres.

La tarjeta, bellamente ilustrada a mano, mostraba un invernadero lleno de flores exóticas en acuarela.

Además, contenía un vale de regalo por valor de cinco mil libras para esa tienda.

Erik abrió la boca, pero no emitió sonido alguno.

Jerónimo sostuvo la tarjeta y leyó el mensaje escrito en danés. La primera frase era una cita del célebre escritor danés H. C. Andersen:

« Livet er den dejligste eventyr ».

«La vida es la aventura más hermosa».

Y debajo, una nota personal escrita por Christian:

« Må jeres livs eventyr være fyldt med kærlighed og lykke ».

«Que la aventura de vuestra vida esté llena de amor y felicidad».

La tarjeta estaba firmada por Christian y Philip.

Jerónimo deslizó la mirada por las palabras y, de repente, las letras parecieron cobrar vida y danzar ante sus ojos, provocándole un ligero vértigo que le robó la sonrisa.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Erik.

—Oh, parece que no está acostumbrado a ver cantidades así de dinero —bromeó Philip.

Jerónimo tardó unos segundos en despegar su vista de la tarjeta.

—Creo que he tomado demasiado vino. Voy un momento al baño —fingió.

—Pues date prisa que nos vamos —respondió Philip lanzando una sonrisa cómplice a Christian.

Con la tarjeta en la mano, Jerónimo se desvió no hacia el baño, sino hacia la habitación de huéspedes.

Allí, solo, releyó la tarjeta y su corazón palpitó con movimientos arrítmicos. Una sensación de amenaza lo envolvió como una niebla densa y fría. Una idea le cruzó la mente, algo tan descabellado que le costaba creerlo.

Absurdo.

Imposible.

Abrió uno de los cajones del escritorio victoriano y escarbó en su pasado. Entre los papeles, halló una carpeta de plástico. La abrió y extrajo una pequeña cartulina, amarillenta con el paso de los años, del tamaño de una tarjeta de visita.

Su corazón se detuvo durante un segundo que pareció una eternidad y las imágenes del pasado se proyectaron en su mente como el tráiler de una película de asesinos.

Un torrente de memorias lo sumergió en una Valencia de hacía veinte años, en esa última noche que huyó con las manos manchadas de sangre.

Aquella madrugada, un hombre con un gorro de lana y una bufanda que ocultaba su rostro abordó a su amigo Marcos en el bar donde trabajaba. Solo pudo ver sus ojos azules.

El misterioso hombre no pronunció palabra alguna, se comunicaba a través de gestos.

Apuntó a Marcos con un arma, entregándole una suma de dinero y una tarjeta con el nombre de Jerónimo inscrito en ella.

Las instrucciones eran claras: entregar el dinero a Jerónimo, quien minutos después aparecería corriendo desesperado por las callejuelas del Barrio del Carmen, en Valencia, bajo la fría madrugada de un domingo, trece de diciembre de 1998.

La pesadilla se desvaneció como el humo y volvió al presente. Colocó la vieja cartulina sobre el escritorio, al lado de la tarjeta de felicitaciones, y las aproximó como si uniera dos piezas de un puzle. Con cierta cautela, pasó el dedo índice por la tarjeta.

«JERONIMO».

Faltaba la tilde en la primera «O», detalle que su amigo Marcos había señalado meses atrás cuando le entregó la tarjeta. En ese momento, no comprendió su relevancia, pero ahora sí. La tarjeta fue escrita por alguien que no sabía que su nombre llevaba acento. Alguien que no hablaba español.

Comparando la caligrafía, el parecido era innegable. Cada trazo, cada curva, le decía que era la misma persona quien había escrito en ambas tarjetas.

La voz de Erik rompió su trance y un sobresalto lo sacudió.

—¿Vienes a despedirte? —le preguntó, pero Jerónimo no pudo moverse—. ¿Te pasa algo? —insistió Erik.

Negando con la cabeza, logró articular una respuesta mientras se levantaba con lentitud.

—Ya voy —musitó.

—Has bebido demasiado —comentó Erik mientras se daba la vuelta y caminaba apoyado en su bastón.

La urgencia golpeó a Jerónimo y con pasos apresurados salió de la habitación en busca de Christian. Al llegar a la puerta de entrada, su amigo arrancaba el motor de su Porsche y Philip se despedía a través de la ventanilla. Intentó acercarse, pero Erik lo detuvo con un abrazo cálido por detrás.

—Creo que quizás no hará falta pasar por IKEA —bromeó.

Jerónimo alzó la mano haciendo señas a Christian, quien respondió con una sonrisa y tocó el claxon en señal de despedida.

—Y también creo que ya no necesito el bastón para moverme con agilidad —continuó Erik hablando con tono pícaro.

—Ya lo noto —respondió Jerónimo, distraído, con la mirada fija en su amigo Christian, que sacaba el Porsche de la entrada para incorporarse a la carretera.

Solo habían pasado unos días y las imágenes borrosas de aquel sótano en el Hospital St Mary, convertido en sala de operaciones clandestina, volvieron a su mente: jadeos y charcos de sangre en el suelo.

Alguien dentro de la mafia había eliminado a sus miembros para acallar cualquier confesión que pudieran hacer a la policía. Sin embargo, con una certeza gélida, Jerónimo estaba convencido de que no había sido un acto de la mafia.

No lo hubieran dejado con vida a él tampoco.

El Porsche azul metalizado se perdió en el horizonte.

Su azul se hacía más intenso al atardecer.

Cuando Christian regresara, tendría muchas explicaciones que dar.

Porque aunque revelar la verdad de una historia para sacarla a la luz era tarea de titanes, Jerónimo sabía que era lo suficientemente cabezota para firmar la victoria.