Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 49
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Capítulo 49

La intensidad de las luces fluorescentes del techo hizo que Jerónimo recuperara parcialmente la consciencia.

Se encontraba en una camilla, inmovilizado.

Aunque el ambiente parecía tener la temperatura ideal, Jerónimo no podía sentir ni un músculo.

Estaba atrapado en su propio cuerpo. En la periferia de su visión, percibió el reflejo de las luces indicadoras que señalaban las salidas de emergencia.

A pesar de sus intentos, sus párpados se volvían a cerrar.

El eco de pasos apresurados llenó el ambiente. Entre las luces, pudo distinguir pequeñas placas rectangulares de ventilación por donde se colaba el sonido del sistema de climatización.

La camilla se detuvo por segunda vez antes de llegar al final del pasillo para entrar en el ascensor.

—¿Qué tenemos aquí? —preguntó una voz de mujer.

—Accidente de tráfico —respondió una voz que le resultaba familiar—. Lo hemos sedado con midazolam y fentanilo. Está estable, pero queremos hacerle una tomografía computarizada para evaluar posibles lesiones craneales.

Reconoció aquella voz y tuvo miedo. Era la voz del doctor Jakob Schmitt.

—No veo heridas externas —continuó la voz de mujer que no reconocía— ¿Qué indica su evaluación preliminar?

—Aún no lo sabemos con certeza. La radiografía inicial no mostró ninguna fractura evidente.

No obstante, los síntomas que presenta el paciente son preocupantes —respondió el doctor Schmitt—.

Podría tratarse de una conmoción o algo más grave.

Por eso, lo enviaremos a Neurología para un TAC de urgencia.

—Entiendo. Háganme saber si necesitan alguna consulta o asistencia adicional.

Segundos más tarde escuchó una tercera voz más grave.

—Hablas muy bien —dijo esa voz con tono burlón.

—Cállate, imbécil, y sigue empujando —respondió el doctor Schmitt.

Aunque Jerónimo quería gritar, sus labios no se movían, sus ojos no parpadeaban. Se retorció en su interior incapaz de conseguir que su cuerpo le hiciera caso y una lágrima rodó por su mejilla.

La consciencia de Jerónimo flaqueó y se sumió nuevamente en la oscuridad.

Al despertar, el ambiente había cambiado. Solo pudo entreabrir un ojo y el techo que veía no era el mismo.

Las bombillas, suspendidas por gruesos cables, parpadeaban intermitentemente, creando una atmósfera inquietante con sus sombras fluctuantes. A los lados, tuberías expuestas serpenteaban a lo largo del techo. Estaba claro: se encontraba en un sótano.

Perdió la noción del tiempo, y su mente se desplazaba entre la consciencia y la inconsciencia, como el movimiento de las olas del mar en una playa en Valencia.

Una luz cegadora atravesó los párpados y le insufló algo de consciencia. Sintió el calor de unos focos sobre él y supo que estaba en una mesa de operaciones, en ese siniestro sótano. Y tuvo la respuesta que tanto ansiaba saber: lo que le había pasado a Erik hacía una semana.

De pronto, una máscara liberó gases anestésicos sobre su rostro y una inyección fría penetró su brazo.

Sus sentidos se agudizaron momentáneamente.

Podía oír el rozar de las batas, máquinas en la distancia y conversaciones susurradas.

Intentó moverse, resistir, pero su cuerpo no respondía.

Con cada latido, el sedante avanzaba, sumiéndolo en una neblina mental.

En su lucha desesperada por mantenerse consciente, trató de centrarse en las luces, en los sonidos, en cualquier estímulo.

Las imágenes en su mente se tornaron borrosas, mezclándose con sueños y miedos. Su resistencia menguaba y el sedante ganaba terreno. Con un esfuerzo sobrehumano intentó pronunciar «ayuda», pero sus labios permanecieron inmóviles.

Entendió que iban a extraerle los órganos. Pero, en medio de ese terror, encontró un consuelo: pronto se reuniría con Erik.