Capítulo 48
Una de las extensiones de Hyde Park era Kensington Gardens, a solo veinte minutos a pie del Hospital St Mary.
Y dentro de esta parte del parque, se encontraban los Italian Gardens, inspirados en los jardines renacentistas italianos, de ahí su nombre.
Era una tarde tranquila y menos concurrida de lo habitual.
Jerónimo cruzó los cuatro grandes estanques rectangulares, decorados con elaboradas fuentes y esculturas de mármol, hasta que detuvo su marcha.
Entre los innumerables atractivos de Kensington Gardens, se alzaba al oeste del lago Serpentine una estatua particular: una figura de bronce que representaba a Peter Pan, el niño que nunca creció, tocando una flauta y rodeado de hadas y animales.
Según la historia, en ese mismo parque fue donde Peter Pan aterrizó después de volar fuera de su habitación.
Allí encontró a la persona que buscaba: Elisa Vogel.
Estaba sentada frente a la estatua con un pincel en una mano y una paleta de acuarelas en la otra.
Aunque su cuerpo mostraba signos evidentes de enfermedad y su piel era más pálida, su mano se mantenía firme mientras pintaba la estatua en un lienzo apoyado en un caballete.
Era la misma imagen de la portada del libro que Elisa tenía en su regazo el día que se encontraron por primera vez: un libro sobre pintura de acuarela con la imagen de la famosa estatua de Peter Pan.
Jerónimo había visitado tantas veces esos jardines que, al recordar la portada de aquel libro y las palabras de Elisa: todos tenemos sueños que cumplir antes de morir , supo dónde encontrarla.
Y no se equivocó. Se situó frente a la estatua con la intención de anunciar su presencia.
Sin embargo, ella siguió pintando como si no hubiera notado nada.
—Vaya —dijo con esa voz frágil y enfermiza—. Qué sorpresa. Me ha encontrado. Es un hombre muy observador.
—También soy bastante terco —respondió Jerónimo con los ojos clavados en ella—. Seguro que sabe bien por qué estoy aquí.
Elisa dejó de pintar y, levantando la mirada, sus intensos ojos azules analizaron la expresión angustiada de Jerónimo.
—Mi marido accedió a mi último deseo antes de la operación esta tarde: retratar en acuarela la estatua de Peter Pan —explicó con ese leve acento germano que le daba un aire distinguido—.
Desde pequeña, me fascinó siempre su historia.
Ese niño que jamás quiso crecer, que vivía en un mundo donde la aventura era la norma y el tiempo simplemente no existía.
Y aquí estoy, sin saber muy bien en qué mundo estaré mañana: en el de los vivos o en el de los muertos.
—En busca de la eterna juventud —añadió Jerónimo cruzando los brazos.
—Así es. Tratamos de aferrarnos a momentos, recuerdos o personas. Y en ese intento, a veces cometemos actos inimaginables, como los que ha hecho mi marido.
—Siempre lo supo, ¿no es así?
—No se equivoque. Jakob es un buen hombre que ha intentado protegerme.
Sin embargo, me pregunto: ¿está intentando salvarme a mí o a sí mismo del dolor de perderme?
A veces, crecer significa enfrentarse a verdades dolorosas, tomar decisiones difíciles y dejar ir.
Es curioso, al estar al borde del fin, sentí el impulso de retratar a Peter Pan por última vez.
Quizás es porque, en el fondo, todos llevamos un Peter Pan dentro: no queremos aceptar que todo tiene un final.
Pero he aprendido, especialmente ahora, que aceptar no es rendirse.
Aceptar es entender que la vida es una serie de momentos buenos y otros no tanto.
Y en lugar de aferrarnos al pasado o temer el futuro, debemos vivir el presente.
Negar la realidad no hace que desaparezcan los problemas; es enfrentándose a ellos que encontramos la paz.
Jerónimo se acercó más a Elisa.
—Déjese de filosofía barata y dígame dónde está Erik.
Ella observó la ropa que llevaba Jerónimo y lo miró a los ojos como si pudiera leer los secretos de su alma.
—No tiene buen aspecto. ¿Realmente quiere saberlo?
—preguntó mientras dejaba la paleta y el pincel en el suelo—.
Dígame: ¿sabe cuánto tiempo puede vivir un órgano fuera del cuerpo?
Unas pocas horas. Esa es la complejidad de las donaciones.
Los órganos caducan en cuestión de horas, incluso cuando se conservan adecuadamente no duran mucho.
Por ejemplo, el corazón y los pulmones generalmente deben trasplantarse dentro de las primeras cuatro a seis horas después de la extracción.
Los riñones tienen un margen más amplio y pueden permanecer viables hasta veinticuatro horas o más con la preservación adecuada.
—Elisa jugueteó con el fleco de su chal—.
Es prácticamente imposible realizar esos procedimientos en Europa de manera privada.
Por eso, son tan lucrativos. Debes tener al receptor preparado para la cirugía inmediatamente.
La táctica más efectiva es provocar un accidente y sumir al paciente en un coma inducido.
Jerónimo cogió el pincel y lo partió en dos.
—¿DÓNDE. ESTÁ. ERIK? —volvió a preguntar marcando cada palabra cargada de furia.
Elisa parpadeó, pero su expresión no cambió.
—Debe querer mucho a Erik.
—No he venido a hablar de mi relación con mi pareja. He venido porque quiero saber dónde está.
Elisa se ajustó el chal, como si fuese un escudo que la protegiese.
—Aquí no—respondió con un tono desafiante.
—Déjese de adivinanzas y dígame dónde está Erik o la mando al otro mundo antes de su maldita operación. —Jerónimo notó que varias personas se habían detenido para observar la escena con desaprobación.
—¿Cómo está tan seguro de que Erik aún vive? —preguntó Elisa con una calma exasperante.
Jerónimo desvió la mirada involuntariamente y tocó el anillo con runas colgado de su pecho. Cuando volvió a mirar a la mujer, su voz había perdido el coraje.
—No lo sé. Pero no descansaré hasta descubrir la verdad de la desaparición de Erik.
—¿Aunque le cueste su propia vida? —preguntó levantando la mano como si pidiera el turno para hablar.
Jerónimo no dudó en su respuesta.
—Mi vida sin Erik no es vida.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió un pinchazo en el gemelo. Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas frente a la estatua de Peter Pan. Recordó las advertencias de Christian y, sobre todo, el correo de Erik de no regresar al hospital.
Alguien lo levantó del suelo y lo sentó.
Todo se volvió oscuro. Sintió la brisa en su cara y un ligero tambaleo, como si lo estuvieran empujando en una silla de ruedas.
Intentó gritar, pero no pudo. Estaba paralizado como si el veneno de una araña recorriera su cuerpo.
Y justo en ese momento, en ese mismo instante, entendió algo, algo muy importante.
Lo que entendió fue que, a menudo, adoptamos la figura de Peter Pan, no solo para negarnos a crecer, sino también para evadir la realidad.
Y así, en medio de tanta oscuridad, vislumbró una luz al final del túnel.